jueves, 1 de noviembre de 2018

Día de muertos



El Día de Muertos no es un día que provoca miedo. No es el día de la angustia o del terror, como podría pensar la gente de otros países. Es más bien una forma de acercarse con aquellos que se han anticipado en el camino hacia la eternidad. 

Mi madre va con frecuencia a visitar las tumbas de los deudos en Sabinas Hidalgo. No sólo es costumbre esperar los primeros días de noviembre en que el pueblo de México visita a sus muertos para recordar, para volver a vivir aquellos momentos que se fueron hace tiempo, sino que distintos espacios del año son buena ocasión para acompañarlos. 

En noviembre, el calor del ambiente cobra otra dimensión, como de abandono, como de soledad de quienes se fueron. La estampa verde de follajes da paso a una tonalidad ambarina, como ritual de salutación al invierno que se encuentra por llegar. Las calles del pueblo se visten de hojarasca. Pero los cementerios presentan contradicción al iluminarse con el cromatismo de flores diversas en las tumbas de los muertos. Familias completas llegan al camposanto con una carga de azadones, palas, cubetas y franelas, para arreglar la tierra y los monumentos que guardan restos humanos. Algunos perfeccionan la apariencia de las lápidas con pintura nueva, a raíz del deterioro por la inclemencia del sol, el viento, la lluvia. Las aglomeraciones ocasionales que surgen por las inhumaciones durante el año, conducen a la destrucción parcial de jarrones o figuras divinas de tumbas aledañas a la de turno, de tal manera que los familiares inician labores de reparación y de remodelación, utilizando recursos propios. En ocasiones, algunas personas contratan a gente especializada que espera la oportunidad para ofrecer su mano de obra en las entradas del camposanto. Otras familias, cuya economía no les permite colocar una lápida sobre las tumbas, se inclinan a extraer raíces de hierbas que se multiplican con persistencia y rapidez. La limpieza que se despliega en abundancia es satisfactoria y la definición del bulto sobre la tumba llega a parecer casi perfecto. Las letanías se dejan escuchar como conversaciones ininteligibles, murmullo de hojas de árboles que se mueven por el soplo suave del viento. La petición prioritaria es el descanso del ser querido. La concurrencia en esta época del año me hace pensar que el cementerio abre sus puertas sólo los días 1 y 2 de noviembre. 

Los comerciantes del pueblo y rancherías cercanas aprovechan la ocasión para mejorar la economía familiar. La entrada principal del cementerio y las calles que conducen a la misma se convierten en mercado popular donde se vende una diversidad de productos. Hay puestos de ramos de flores naturales, artificiales y coronas; puestos de frutas como cañas de azúcar, mandarinas, naranjas, toronjas o pomelos y otras frutas de la temporada; dulces de calabaza, cacahuate, camote o coco, en diversos tamaños y texturas; algunos instalan puestos culinarios bajo techos improvisados con tallos de nogal, de aguacate y hojas de palma, adheridas con lienzos resistentes o con alambres delgados, donde ofrecen antojitos preparados con higiene, tales como gorditas, menudo, pozole, tostadas, enchiladas, mole en sus distintos colores y sazones y tacos de bistec o al pastor. 

Mi familia y yo llegamos al lugar con varios ramos de flores artificiales traídas desde Matamoros. Por lo general, mi madre las compra con anticipación ya que en esas fechas los precios se disparan. También adquirimos ramilletes de flores naturales en los puestos ubicados en la entrada del camposanto. Mamá nos pide opinión sobre cuáles comprar. “Miren, ¿qué les parecen estas gladiolas rojas? Aquéllas amarillas, qué hermosas están. Y las blancas qué lindas se ven, ¿verdad? Estos crisantemos, qué hermosos. Qué lindos los claveles y las margaritas. Mira nada más, cuánta belleza”, nos dice, chuleando las flores que llevará a las tumbas de Mamá María, tío Humberto y mis hermanitos. A mamá le apasionan las flores. Sabe identificarlas por su nombre. Yo desconozco cuáles pueden resultar más convenientes dado su precio, durabilidad o belleza. En realidad, opto por mantenerme ocupado en la lucha contra las mandarinas o las cañas de azúcar que me compran, dada mi insistencia y poder de convencimiento, antes de entrar al cementerio. Mamá también consulta las opiniones de Leticia o de Blanca, con quienes llegamos cada año. Después de escuchar las sugerencias de mis hermanas, al final mi madre compra las que a ella le gustan. Los ramos de flores artificiales son comprados en las tiendas de chinos en la ciudad de Brownsville. Leticia tiene talento. Confecciona una variedad de ramos y cruces que le quedan como si fuera profesional en este arte. Elabora aros con alambres metálicos que obtiene de la destrucción de ganchos para organizar el guardarropa. Para su fabricación necesita unas pinzas mecánicas con las que une extremos y alambre más delgado para reforzar las intersecciones de los alambres colocados en una especie de telaraña. Utiliza papel de aluminio para cubrir los alambres y evitar la oxidación ocasionada por la intemperie. Para terminar, enreda los tallos metálicos de ramas y flores en los aros elaborados con anticipación, de tal modo que parezca un singular ramillete de rosas o de claveles. En ocasiones, construye cruces con hielo seco para colocar ramas y flores artificiales a presión y obtener una cruz de rosas o girasoles. Estas últimas son de menor duración, debido a la fragilidad del material utilizado. Al año siguiente encontraremos los ramos del año anterior con la estructura metálica casi intacta, sin el menor daño. La única pérdida será el color de las flores artificiales. “Por esta razón prefiero las flores artificiales”, dirá mamá cuando regresemos a Sabinas Hidalgo el año próximo, “perdura durante largo tiempo su color, que es como el recuerdo de ellos en cada uno de nosotros”. Mientras termina de elegir las flores adicionales, mi madre comenta que, como no es posible venir con frecuencia al cementerio de su pueblo, es preferible llevarles flores artificiales para que las lápidas permanezcan arregladas durante más tiempo, de tal modo que sus muertos nunca se sientan solos. Sin embargo, siempre agrega algunos ramos naturales como para atenuar la ausencia de sus muertos a través del aroma y la frescura. “Todo el año piensa en ellos”, nos dice. 

Después de elegir con cuidado las flores naturales en la entrada del camposanto, de andar por veredas laberínticas enmarcadas por fechas y nombres múltiples, encontramos la tumba donde descansan los restos de Mamá María y tío Humberto. En acto solemne, como ritual religioso donde mi madre es una especie de sacerdotisa, se colocan los ramos sobre la lápida y cada quien da una oración en silencio. La costumbre del altar de muertos no tiene arraigo en este lugar de Nuevo León. La gente se limita a entregarles flores como ofrenda devota a su recuerdo. Después iniciamos la búsqueda de las tumbas de mis hermanos, muertos hace tantos años. Mamá encabeza la procesión. Sabe con exactitud hacia dónde dirigir sus pasos. Al encontrarlas, permanecemos un momento más prolongado. Mamá se reclina sobre las tumbas sin pronunciar palabra. Un silencio la invade por minutos; nosotros aceptamos su silencio como manifestación de empatía, de respeto hacia el amor materno. El recuerdo de sus hijos acaecidos en los años cincuenta es tan intenso que aún le duele no tenerlos. Para los padres, perder un hijo es un poco morir. 

Las tumbas de nuestros deudos adquieren una belleza singular después de los trabajos de limpieza y la colocación de flores para coronar su figura. Pronto se adhieren al colorido colectivo que invade al cementerio de Sabinas Hidalgo. Yo no conocí a mis hermanos. Mi madre me ha enseñado a quererlos cuando observo que son sustancia vital en sus recuerdos. 

Hace ya varios años que no visito el camposanto de Sabinas Hidalgo. Mamá tampoco. Un día tomó la decisión repentina de iniciar la búsqueda de sus hijos en otros espacios. 


De Inminencia del ayer (ALJA Ediciones, 2012)

domingo, 26 de agosto de 2018

Las gaviotas de Bagdad


Me gusta arrojarles pedazos de pan a las gaviotas. 

A Tío Beto también le gustaba hacerlo. Las visitas a Bagdad eran asunto de cada fin de semana. Además de Tía Lucrecia, lo acompañábamos mi madre, mi hermano mayor y yo. 

Tío Beto llegaba a casa sin anunciarse, temprano por la mañana, algún sábado o domingo. Además de la música, el mar siempre fue su pasión. Como todos en casa también teníamos afición por la arena, empezábamos la preparación de toallas y trajes de baño de inmediato. Mi hermano y yo saltábamos de la cama como chapulines. Salíamos a su encuentro al escuchar su voz y le dábamos un abrazo. Luego regresábamos a la habitación para terminar los preparativos. En menos de diez minutos estábamos listos en la camioneta. 

Tío Beto conducía hacia el oriente de la ciudad; Bagdad estaba a unos cuarenta kilómetros. Antes de salir a la carretera, hacía una parada en el centro comercial para comprar chucherías. Además del pan integral para los emparedados de jamón y queso, el tío compraba pan blanco, el pan más barato, pensando en los pájaros escandalosos de la playa. 

Al llegar a Bagdad, después de estacionar el coche frente al oleaje, mi hermano y yo corríamos hacia el agua como nunca lo hacíamos hacia la regadera, siempre supervisados por mi madre y la tía. Entonces veíamos a Tío Beto alzar algunas piezas de pan para llamar la atención de las gaviotas. La parvada no se hacía de rogar; pronto se formaba una nube agitada de alas y de picos que graznaban pidiendo el alimento. Tía Lucrecia tomaba muchas fotografías. Los ruidos caóticos de los pájaros eran como exclamaciones de niños invadidos por el júbilo. Cuidado con las mierdas voladoras, nos decía Tío Beto. Las palabras soeces eran un secreto entre él y nosotros, ya que tenía la precaución de no mencionarlas cuando mi madre y la tía estaban presentes. 

Después de unas horas, ellas preparaban emparedados, aunque sólo tuvieran jamón y queso. Nos parecían manjares exquisitos. El hambre provocada por el movimiento y el agua salada era de los doscientos demonios, para no sonar tan exagerado. 

Al caer la tarde, cuando los zancudos hacían su aparición, regresábamos a la ciudad. Ya en casa, después del baño obligatorio para quitarnos la arena, a mi hermano y a mí nos llegaba el espesor del sueño. 

Hoy las gaviotas vuelan sobre mi cabeza mientras les arrojo pedazos de pan al aire. Parecen las mismas de hace cuarenta años. También tomo mis precauciones para esquivar las mierdas voladoras que caen a veces. Entonces pienso en Tío Beto, cubierto de polvo en su tierra de origen, en su humorismo lingüístico y su afición para alimentar a los pájaros. 

lunes, 21 de mayo de 2018

El yo interior


A los artistas del Espacio Vacío. 

I

Alguna vez pensé
que el yo interior era una penumbra
poblada de luciérnagas,
instrumento de sonidos en la hora del orgasmo,
una intermitencia de ojos.
No era una versión aleatoria de mis ancestros,
no la sustancia que permanece al podrirse la materia,
no la vaciedad que se traduce en asfixia,
no las máscaras de la virtud
ni el miedo que oxida los elementos,
no el prejuicio que araña el territorio de la lengua
ni la cuerda que amenaza al cuello.
El yo interior era
la fusión de conciencias en la palabra,
la unidad de sombras que se rompe a contraluz,
la comunión abierta en el verbo,
la paridad de rostros en el mismo espejo,
el instante de fusión y confusión de cuerpos,
la penetración, la compenetración,
la oportunidad para sorprenderse en el discurso
de propósitos análogos,
la ruptura que desata del aislamiento.
El yo interior era la versión del yo en el universo,
materia palpable, criatura terrestre.


II

El yo interior
se funde como resplandor en la colectividad,
en hibridez de fuego, emoción sin extremidades,
en una retórica que se sacude en las manos,
triángulo de elementos en el sendero,
se anuncia se denuncia se pronuncia,
se vierte como trigo en el cáliz,
se distancia de sombras, de habitaciones vacías,
procesión que le permite verse sin tiempo,
disidencia que ata cabos en la luz
para palpar una convergencia de palabras,
vastedad de elementos que gravitan en el universo,
desinhibición de piedras.
El yo interior es columna vertebral en la página,
lírica nupcial en el proceso creativo,
cama donde los cuerpos
se incrustan para multiplicarse,
para repetirse como rostro en los espejos,
fragmentarse en el polvo,
enriquecerse con los minerales de la tierra.
El yo interior comparte el compromiso
aun en el caos, voluntad para fundar territorios,
la unción húmeda que otorga la palabra,
desinhibición en enjambres de luciérnagas
cuando se inicia el diálogo.


De Discurso del aislamiento (ALJA Ediciones, 2017)

viernes, 4 de mayo de 2018

La vaciedad de Venenosa


* * * 

Su afición era serpear por los rincones de recámaras teñidas de sombra. El silencio, cómplice. Su facilidad para la mimesis confundió a muchos hombres perdidos en la inocencia de sus actos, atrapados en la hojarasca húmeda de sus palabras. Venenosa era su nombre. 
     Para no quemarse la lengua, para no sentir el fuego anticipado del infierno que le aguardaba por ser como era, hoy le daba sorbos a la soledad. 


* * * 

Nunca supo por qué luchaba con tanta obstinación. Siempre llena de protestas, invadida por quejas absurdas, inundado el pecho de inconformidades. La terquedad era su segundo nombre, imprudencia para soltar palabras putrefactas, flechas inmundas de una estupidez crónica. Sentía que su lengua se quemaba si no arrojaba lejos de su cuerpo aquella sustancia espesa, amarga, de tintes amarillentos, sin importarle que manchara la imagen de terceras personas. 
     Cuando se asomó al espejo ante la necesidad de comprenderse un poco, de encontrar respuesta a sus diversas interrogantes y múltiples dudas, Venenosa lo encontró vacío. 


* * * 

Caminaba por aceras manchadas de nostalgia, con la prisa del delincuente descubierto, con la obsesión desequilibrada de la envidia. Su rostro padecía la invasión de manchas posteriores al parto sin haber concebido. Nunca ha-bía tenido el privilegio de ser madre ni de tenerla. No delinquía, pero una sombra de reiterada culpabilidad en su rostro le hacía aparentar diez años más. Venenosa había quedado desolada, pospuesta, por su descarada afición para desear lo que, por ley, no le correspondía.     
     Ahora estudiaba el lenguaje monótono que se les atribuye a las estatuas. 


* * * 

A unos cuantos meses de haberse casado, Venenosa fue abandonada por el marido, olvidada para siempre. Estaba sola, sin macho, sin hijos, sin raíces, seca. Por esta razón se hizo adicta a ofrecer lo que quedaba de su cuerpo por las calles oscuras de la ciudad. Como nadie quería darle un centavo por sus servicios, Venenosa tuvo que acostumbrarse a ser ella quien pagara, a ser ella quien insistiera para obtener un poco de fuego. 
     Pero seguía sola en su barca a la deriva, en su monólogo cotidiano. Sola. 


* * * 

Había descubierto una forma inédita de comunicación. Tantas horas de soledad le habían llevado a crear un código único para romper el silencio que gravitaba por encima de su cabeza. Venenosa aprendió a hablar con los muebles de su casa, a entender los sonidos dispersos que se desprendían de su boca, como en un monólogo sin público en un teatro de butacas desoladas, habitación sin espejo. 
     Pero la vaciedad se le salía a chorros por los ojos como estigma permanente, como sombra obstinada que la seguía de un lugar a otro. 


* * * 

Cuando despertó esa mañana, los espectros de siempre se ocultaron detrás de cortinas manchadas, guardaron silencio para pasar inadvertidos. Parecían entes fantásticos que no se animaban a atacarla por temor a disiparse como se disipaba todo cuando sus manos se involucraban. 
     Venenosa sintió un miedo terrible, padeció la ansiedad de pensar en las cosas que venían como amenaza a su vida, inquietud que vibraba dentro de su pecho, la desgraciada incertidumbre por acontecimientos indescriptibles. 
     Se levantó de su cama para hacer algo productivo, para preguntarle a los muebles si los problemas de su vida tenían remedio. Pero no hubo respuesta para sus preguntas. Se sintió más sola que una hoja seca en la calle. 


* * * 

Un día, la luminosidad del sol no se asomó por la ventana. Los sonidos perdieron su consistencia, su estructura natural para cortar los pliegues del aire. Venenosa quedó en su cama, su cuerpo cubierto de musgo, dormida para siempre, como una virgen caída en la suavidad del fango. 
     Fue asfixiada por ese alter ego llamado soledad. 


De Estropicio interior (Alja Ediciones, 2014)

viernes, 2 de marzo de 2018

Palabras



Metáfora en las planicies del verso,
las palabras se disipan en el aliento de la mañana,
se apalabran en el caos de la memoria,
se hilvanan en carámbanos de lunas agitadas.

Las palabras se desdoblan en el atrio del lenguaje,
se enmohecen bajo la lluvia,
se abandonan en el intento de vaciarse
sobre la lengua.

Palabras desahuciadas dentro del laberinto,
se adhieren a la devoción del hombre para consumarse,
en la falacia para consumirse.

Hoy se abre la puerta hacia la luz.
Mañana seremos otros.


Imagen: R. Rodríguez

lunes, 5 de febrero de 2018

Abuelos



Yo tuve una abuela
sensacional, sus manos de amor,
sus ojos de ternura en las ventanas.
Pude disfrutarla
durante mi infancia
como cuando los niños toman
un helado de nuez.
Se llamaba María Garza Cisneros.
También mi abuelo
fue el universo frente a mis ojos,
norteño de Nuevo León.
Se llamaba Enrique Martínez Santana.
Los amé con mucho corazón.
Aún los amo.
Los llevo en el núcleo de mi cuerpo,
en los ríos de mis venas,
en mis huesos. Qué enorme dicha
haberlos tenido.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Lascivia en Ciudad Victoria



El primero de diciembre, 2017, tendré el privilegio de presentar Lascivia (ALJA Ediciones, 2013) en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Mi agradecimiento a la escritora NoraIliana Esparza M por la coordinación de estas presentaciones, a la Universidad de Seguridad Pública y al SUTSPET. Todos invitados.