martes, 10 de septiembre de 2019

Ojos


Los ojos brotan de la pared, salen por la grietas para derramarse sobre el suelo. Los ojos me miran a los ojos, me recuerdan que las cosas son pasajeras y que nada detiene las manecillas de relojes oxidados. Dos lágrimas mueren en el polvo. Mañana las cosas tendrán otra consistencia.

Imagen: Joaquin Garcia Quintana

martes, 3 de septiembre de 2019

Trova versus poesía



No me gustan la música de trova
ni las rarezas incomprensibles que propone Ricardo.
Prefiero el rock, la balada o el reguetón.
El camino no es bien visto por los amigos,
me dicen que la trova es poesía y lo demás, basura.
No necesito el discurso del trovador.
Es suficiente la sucesión caótica de sonidos,
el desequilibrio emocional en el pecho,
el resplandor en los ojos.
Cuando busco consumirme
por el incendio inexplicable en la lengua de la poesía,
me basta abrir algún libro de Octavio, Vicente,
un libro de Elsa o de Rosario.

martes, 14 de mayo de 2019

Las alas negras de Juana Aura



Cuando su prima le dijo que quería meterse en la cama con él, Jorge Aura quiso que se lo tragara la tierra. El hombre sintió que todos en su familia observaban la escena con el filo de las espadas para reclamarle la mala intención que no tenía. Le pareció verse en medio de todos mientras alzaban el dedo índice para incrustarlo en el centro de su pecho con el afán de castigarlo por un delito que no había cometido. Las piernas le temblaron de manera incontrolable, pero no de miedo ni de frío; más bien, de rabia ante el descaro de la prima Juana Aura. Se le petrificaron las mandíbulas al grado de sentir la proximidad de la asfixia. No supo ni qué decirle; como por arte de magia la prima se había encargado de ahuyentarle las palabras. Miró a la mujer de arriba abajo, con esas miradas que echan en cara la poca madre que tienen las personas que se atreven a manchar las vidas de aquéllos que las rodean. La mujer no titubeó ni sintió vergüenza en ningún momento al ofrecerle el cuerpo a su primo; Jorge Aura pensó en aquellas mujeres de rostros marchitos que ofrecían sus cuerpos como carne por kilos en la central de abastos, en las esquinas más oscuras pero concurridas del centro de la ciudad. León Aura, su amante en turno, pasaba los días en retiro presidiario obligatorio desde cuatro meses atrás por actividades que tenían que ver con el tráfico ilegal de cristianos, así que la mujer pensaba que ya era tiempo de encontrar a un suplente.

Sin decirle ni una sola palabra, Jorge Aura se retiró con el rostro verde por la náusea. El malestar llegó sin anunciarse. La sangre se le subió como espuma al cuello para transformarse en líquido amargo sobre la lengua; sintió que todos los malos momentos de su vida se le venían como recua de bestias por la boca. Buscó escondite detrás de los árboles en la parte posterior de su casa, un espacio donde nadie presenciara la revolución que provocaba tambaleos en su cuerpo. No quería ser visto en ese estado deplorable a causa de las palabras que le habían desatado tempestades en su estómago. Todo indicaba que su prima no tenía ningún remordimiento por los desórdenes conductuales que la habían llevado a lanzar semejante oferta. ¿Dónde quedaba el recato? ¿Dónde, la delicadeza? ¿Dónde la iniciativa del hombre para tomar la palabra? Los tiempos habían cambiado con rapidez vertiginosa. 

La liviandad de Juana Aura no era nada nuevo para él, pero sí novedad el hecho de que hubiera encontrado en el primo mayor el candidato perfecto para satisfacer los desórdenes de la carne. A Jorge Aura no le fue difícil creer la confesión de la mujer, aunque no tenía la menor sospecha; los antecedentes dentro de la familia hablaban por sí solos. Algunos meses atrás, Juana Aura había seducido al primo León Aura, hermano menor de Jorge. La verdad es que ella no era la única culpable, sino también el hermano que se dejó querer sin importarle la polvareda en los caminos de la familia. Ahora que el primo-amante estaba en la cárcel de San Juan, la mujer acudía con puntualidad a las visitas conyugales, aunque no fuera la esposa, a pesar de la crítica y las discusiones con la madre de los dos hombres. Doña Margarita la amenazaba con hacerle un escándalo en la empresa maquiladora donde ambas trabajaban como obreras. Desde la perspectiva conservadora de la señora, las conductas livianas debían denunciarse como advertencia para los demás. Nunca se te quitará lo pajuela, lo puta que has sido desde siempre, le dijo la tía, con los ojos irritados por una furia poco frecuente, la tarde en que Juana Aura le confesó el romance con su hijo menor. La señora les había prohibido, tanto al hijo como a la sobrina, que sostuvieran esa relación incestuosa, castigada no sólo por el señalamiento de los hombres sino por la mano implacable de Dios.

Para Jorge Aura, la prima no era ni siquiera atractiva, no sólo por la desfachatez de sus acciones ni por su infortunio físico, sino por la altanería con que le confesaba lo que él consideraba una aberración sexual, una decisión reprochable. Con frecuencia, éste le cuestionaba al hermano menor su pésimo gusto para elegir pareja, además de reclamarle su conducta y sus malos ratos. Había tratado de hacerlo recapacitar sobre la equivocación de sus actos; le había pedido en reiteradas ocasiones que eligiera, entre tantas otras mujeres, a aquélla con la que pudiera tener una relación normal. Le pidió que pensara en la mortificación inmerecida de la madre al conocer sus acciones. Las noticias se dispersaban con rapidez inexplicable; ya la familia entera los criticaba con severidad de juez. Pero los incestuosos nunca escucharon los consejos ni las exigencias de Jorge ni de doña Margarita para terminar el controversial romance. Estaban contentos con ser quienes eran y orgullosos de hacer lo que hacían. La prohibición colectiva puede engendrar obsesión entre dos personas.

Cuando regresó de la coraza de árboles que habían resguardado su malestar físico, Jorge Aura se acercó a su prima para enfrentarla como nunca lo había hecho por respeto a su género, acaso por tolerancia al lazo sanguíneo que los unía. La miró con fijeza inusual, con un brillo sin precedente en los ojos al momento de dirigirle la palabra. La acusó de enferma mental, ligera al ofrecerse como lo había hecho, perversa en sus planes para desatar el escándalo dentro de la familia, entre otros epítetos similares. La corrió para siempre; le ordenó que nunca volviera a poner un pie en la casa.

—Si regresas, te sacaré de esta casa a golpes frente a todos, arrastrándote si es necesario, por puta —le dijo el primo, invadido por una ira hasta entonces contenida, con lágrimas a punto de derramársele por la rabieta que su prima había desencadenado sin importarle el rumbo de sus devaneos—. Y en tu conciencia quedará si, al salir mi hermano de la cárcel, regresa para matarme.

Desde la tarde en que Jorge Aura la enfrentó, sabiendo bien las consecuencias que podría traerle a la relación con su propio hermano, la prima no regresó más a la casa de doña Margarita, ni siquiera al penal donde su amante purgaba la condena dictada por el juez. Juana Aura sintió, entonces, que le crecían dos alas negras al retirarse de la casa de su primo, pero no mientras estuvieron frente a frente, sino al caminar por las calles de la ciudad como sombra abstracta rumbo a su casa. Las palabras del hombre oxidaron las puertas metálicas de su egocentrismo, su desfachatez y su liviandad. Juana Aura había experimentado el infierno en carne propia, la mordedura fatal de la vergüenza en la superficie de su rostro.




De Mala intención (ALJA Ediciones, 2018)

Imagen: Gloria Rodríguez 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Poemas



PARÁFRASIS


La                             memoria
                        es la memoria
de         la                 memoria



CAUCE


Las cosas toman su forma
cuando menos se le  f u e r z a
               al pensamiento



DIÁLOGO

A José Saramago

—No  e r e s 
la que fuiste —dijo Jesús
—Pero  s o y 
la que era —contestó
           María de Magdala



VOLUNTAD


El  e r r o r  es la caída
prevista e imprevista 
de
la
voluntad


De Minitatuajes (ALJA Ediciones, 2012)

jueves, 1 de noviembre de 2018

Día de muertos



El Día de Muertos no es un día que provoca miedo. No es el día de la angustia o del terror, como podría pensar la gente de otros países. Es más bien una forma de acercarse con aquellos que se han anticipado en el camino hacia la eternidad. 

Mi madre va con frecuencia a visitar las tumbas de los deudos en Sabinas Hidalgo. No sólo es costumbre esperar los primeros días de noviembre en que el pueblo de México visita a sus muertos para recordar, para volver a vivir aquellos momentos que se fueron hace tiempo, sino que distintos espacios del año son buena ocasión para acompañarlos. 

En noviembre, el calor del ambiente cobra otra dimensión, como de abandono, como de soledad de quienes se fueron. La estampa verde de follajes da paso a una tonalidad ambarina, como ritual de salutación al invierno que se encuentra por llegar. Las calles del pueblo se visten de hojarasca. Pero los cementerios presentan contradicción al iluminarse con el cromatismo de flores diversas en las tumbas de los muertos. Familias completas llegan al camposanto con una carga de azadones, palas, cubetas y franelas, para arreglar la tierra y los monumentos que guardan restos humanos. Algunos perfeccionan la apariencia de las lápidas con pintura nueva, a raíz del deterioro por la inclemencia del sol, el viento, la lluvia. Las aglomeraciones ocasionales que surgen por las inhumaciones durante el año, conducen a la destrucción parcial de jarrones o figuras divinas de tumbas aledañas a la de turno, de tal manera que los familiares inician labores de reparación y de remodelación, utilizando recursos propios. En ocasiones, algunas personas contratan a gente especializada que espera la oportunidad para ofrecer su mano de obra en las entradas del camposanto. Otras familias, cuya economía no les permite colocar una lápida sobre las tumbas, se inclinan a extraer raíces de hierbas que se multiplican con persistencia y rapidez. La limpieza que se despliega en abundancia es satisfactoria y la definición del bulto sobre la tumba llega a parecer casi perfecto. Las letanías se dejan escuchar como conversaciones ininteligibles, murmullo de hojas de árboles que se mueven por el soplo suave del viento. La petición prioritaria es el descanso del ser querido. La concurrencia en esta época del año me hace pensar que el cementerio abre sus puertas sólo los días 1 y 2 de noviembre. 

Los comerciantes del pueblo y rancherías cercanas aprovechan la ocasión para mejorar la economía familiar. La entrada principal del cementerio y las calles que conducen a la misma se convierten en mercado popular donde se vende una diversidad de productos. Hay puestos de ramos de flores naturales, artificiales y coronas; puestos de frutas como cañas de azúcar, mandarinas, naranjas, toronjas o pomelos y otras frutas de la temporada; dulces de calabaza, cacahuate, camote o coco, en diversos tamaños y texturas; algunos instalan puestos culinarios bajo techos improvisados con tallos de nogal, de aguacate y hojas de palma, adheridas con lienzos resistentes o con alambres delgados, donde ofrecen antojitos preparados con higiene, tales como gorditas, menudo, pozole, tostadas, enchiladas, mole en sus distintos colores y sazones y tacos de bistec o al pastor. 

Mi familia y yo llegamos al lugar con varios ramos de flores artificiales traídas desde Matamoros. Por lo general, mi madre las compra con anticipación ya que en esas fechas los precios se disparan. También adquirimos ramilletes de flores naturales en los puestos ubicados en la entrada del camposanto. Mamá nos pide opinión sobre cuáles comprar. “Miren, ¿qué les parecen estas gladiolas rojas? Aquéllas amarillas, qué hermosas están. Y las blancas qué lindas se ven, ¿verdad? Estos crisantemos, qué hermosos. Qué lindos los claveles y las margaritas. Mira nada más, cuánta belleza”, nos dice, chuleando las flores que llevará a las tumbas de Mamá María, tío Humberto y mis hermanitos. A mamá le apasionan las flores. Sabe identificarlas por su nombre. Yo desconozco cuáles pueden resultar más convenientes dado su precio, durabilidad o belleza. En realidad, opto por mantenerme ocupado en la lucha contra las mandarinas o las cañas de azúcar que me compran, dada mi insistencia y poder de convencimiento, antes de entrar al cementerio. Mamá también consulta las opiniones de Leticia o de Blanca, con quienes llegamos cada año. Después de escuchar las sugerencias de mis hermanas, al final mi madre compra las que a ella le gustan. Los ramos de flores artificiales son comprados en las tiendas de chinos en la ciudad de Brownsville. Leticia tiene talento. Confecciona una variedad de ramos y cruces que le quedan como si fuera profesional en este arte. Elabora aros con alambres metálicos que obtiene de la destrucción de ganchos para organizar el guardarropa. Para su fabricación necesita unas pinzas mecánicas con las que une extremos y alambre más delgado para reforzar las intersecciones de los alambres colocados en una especie de telaraña. Utiliza papel de aluminio para cubrir los alambres y evitar la oxidación ocasionada por la intemperie. Para terminar, enreda los tallos metálicos de ramas y flores en los aros elaborados con anticipación, de tal modo que parezca un singular ramillete de rosas o de claveles. En ocasiones, construye cruces con hielo seco para colocar ramas y flores artificiales a presión y obtener una cruz de rosas o girasoles. Estas últimas son de menor duración, debido a la fragilidad del material utilizado. Al año siguiente encontraremos los ramos del año anterior con la estructura metálica casi intacta, sin el menor daño. La única pérdida será el color de las flores artificiales. “Por esta razón prefiero las flores artificiales”, dirá mamá cuando regresemos a Sabinas Hidalgo el año próximo, “perdura durante largo tiempo su color, que es como el recuerdo de ellos en cada uno de nosotros”. Mientras termina de elegir las flores adicionales, mi madre comenta que, como no es posible venir con frecuencia al cementerio de su pueblo, es preferible llevarles flores artificiales para que las lápidas permanezcan arregladas durante más tiempo, de tal modo que sus muertos nunca se sientan solos. Sin embargo, siempre agrega algunos ramos naturales como para atenuar la ausencia de sus muertos a través del aroma y la frescura. “Todo el año piensa en ellos”, nos dice. 

Después de elegir con cuidado las flores naturales en la entrada del camposanto, de andar por veredas laberínticas enmarcadas por fechas y nombres múltiples, encontramos la tumba donde descansan los restos de Mamá María y tío Humberto. En acto solemne, como ritual religioso donde mi madre es una especie de sacerdotisa, se colocan los ramos sobre la lápida y cada quien da una oración en silencio. La costumbre del altar de muertos no tiene arraigo en este lugar de Nuevo León. La gente se limita a entregarles flores como ofrenda devota a su recuerdo. Después iniciamos la búsqueda de las tumbas de mis hermanos, muertos hace tantos años. Mamá encabeza la procesión. Sabe con exactitud hacia dónde dirigir sus pasos. Al encontrarlas, permanecemos un momento más prolongado. Mamá se reclina sobre las tumbas sin pronunciar palabra. Un silencio la invade por minutos; nosotros aceptamos su silencio como manifestación de empatía, de respeto hacia el amor materno. El recuerdo de sus hijos acaecidos en los años cincuenta es tan intenso que aún le duele no tenerlos. Para los padres, perder un hijo es un poco morir. 

Las tumbas de nuestros deudos adquieren una belleza singular después de los trabajos de limpieza y la colocación de flores para coronar su figura. Pronto se adhieren al colorido colectivo que invade al cementerio de Sabinas Hidalgo. Yo no conocí a mis hermanos. Mi madre me ha enseñado a quererlos cuando observo que son sustancia vital en sus recuerdos. 

Hace ya varios años que no visito el camposanto de Sabinas Hidalgo. Mamá tampoco. Un día tomó la decisión repentina de iniciar la búsqueda de sus hijos en otros espacios. 


De Inminencia del ayer (ALJA Ediciones, 2012)

domingo, 26 de agosto de 2018

Las gaviotas de Bagdad


Me gusta arrojarles pedazos de pan a las gaviotas. 

A Tío Beto también le gustaba hacerlo. Las visitas a Bagdad eran asunto de cada fin de semana. Además de Tía Lucrecia, lo acompañábamos mi madre, mi hermano mayor y yo. 

Tío Beto llegaba a casa sin anunciarse, temprano por la mañana, algún sábado o domingo. Además de la música, el mar siempre fue su pasión. Como todos en casa también teníamos afición por la arena, empezábamos la preparación de toallas y trajes de baño de inmediato. Mi hermano y yo saltábamos de la cama como chapulines. Salíamos a su encuentro al escuchar su voz y le dábamos un abrazo. Luego regresábamos a la habitación para terminar los preparativos. En menos de diez minutos estábamos listos en la camioneta. 

Tío Beto conducía hacia el oriente de la ciudad; Bagdad estaba a unos cuarenta kilómetros. Antes de salir a la carretera, hacía una parada en el centro comercial para comprar chucherías. Además del pan integral para los emparedados de jamón y queso, el tío compraba pan blanco, el pan más barato, pensando en los pájaros escandalosos de la playa. 

Al llegar a Bagdad, después de estacionar el coche frente al oleaje, mi hermano y yo corríamos hacia el agua como nunca lo hacíamos hacia la regadera, siempre supervisados por mi madre y la tía. Entonces veíamos a Tío Beto alzar algunas piezas de pan para llamar la atención de las gaviotas. La parvada no se hacía de rogar; pronto se formaba una nube agitada de alas y de picos que graznaban pidiendo el alimento. Tía Lucrecia tomaba muchas fotografías. Los ruidos caóticos de los pájaros eran como exclamaciones de niños invadidos por el júbilo. Cuidado con las mierdas voladoras, nos decía Tío Beto. Las palabras soeces eran un secreto entre él y nosotros, ya que tenía la precaución de no mencionarlas cuando mi madre y la tía estaban presentes. 

Después de unas horas, ellas preparaban emparedados, aunque sólo tuvieran jamón y queso. Nos parecían manjares exquisitos. El hambre provocada por el movimiento y el agua salada era de los doscientos demonios, para no sonar tan exagerado. 

Al caer la tarde, cuando los zancudos hacían su aparición, regresábamos a la ciudad. Ya en casa, después del baño obligatorio para quitarnos la arena, a mi hermano y a mí nos llegaba el espesor del sueño. 

Hoy las gaviotas vuelan sobre mi cabeza mientras les arrojo pedazos de pan al aire. Parecen las mismas de hace cuarenta años. También tomo mis precauciones para esquivar las mierdas voladoras que caen a veces. Entonces pienso en Tío Beto, cubierto de polvo en su tierra de origen, en su humorismo lingüístico y su afición para alimentar a los pájaros. 

lunes, 21 de mayo de 2018

El yo interior


A los artistas del Espacio Vacío. 

I

Alguna vez pensé
que el yo interior era una penumbra
poblada de luciérnagas,
instrumento de sonidos en la hora del orgasmo,
una intermitencia de ojos.
No era una versión aleatoria de mis ancestros,
no la sustancia que permanece al podrirse la materia,
no la vaciedad que se traduce en asfixia,
no las máscaras de la virtud
ni el miedo que oxida los elementos,
no el prejuicio que araña el territorio de la lengua
ni la cuerda que amenaza al cuello.
El yo interior era
la fusión de conciencias en la palabra,
la unidad de sombras que se rompe a contraluz,
la comunión abierta en el verbo,
la paridad de rostros en el mismo espejo,
el instante de fusión y confusión de cuerpos,
la penetración, la compenetración,
la oportunidad para sorprenderse en el discurso
de propósitos análogos,
la ruptura que desata del aislamiento.
El yo interior era la versión del yo en el universo,
materia palpable, criatura terrestre.


II

El yo interior
se funde como resplandor en la colectividad,
en hibridez de fuego, emoción sin extremidades,
en una retórica que se sacude en las manos,
triángulo de elementos en el sendero,
se anuncia se denuncia se pronuncia,
se vierte como trigo en el cáliz,
se distancia de sombras, de habitaciones vacías,
procesión que le permite verse sin tiempo,
disidencia que ata cabos en la luz
para palpar una convergencia de palabras,
vastedad de elementos que gravitan en el universo,
desinhibición de piedras.
El yo interior es columna vertebral en la página,
lírica nupcial en el proceso creativo,
cama donde los cuerpos
se incrustan para multiplicarse,
para repetirse como rostro en los espejos,
fragmentarse en el polvo,
enriquecerse con los minerales de la tierra.
El yo interior comparte el compromiso
aun en el caos, voluntad para fundar territorios,
la unción húmeda que otorga la palabra,
desinhibición en enjambres de luciérnagas
cuando se inicia el diálogo.


De Discurso del aislamiento (ALJA Ediciones, 2017)

viernes, 4 de mayo de 2018

La vaciedad de Venenosa


* * * 

Su afición era serpear por los rincones de recámaras teñidas de sombra. El silencio, cómplice. Su facilidad para la mimesis confundió a muchos hombres perdidos en la inocencia de sus actos, atrapados en la hojarasca húmeda de sus palabras. Venenosa era su nombre. 
     Para no quemarse la lengua, para no sentir el fuego anticipado del infierno que le aguardaba por ser como era, hoy le daba sorbos a la soledad. 


* * * 

Nunca supo por qué luchaba con tanta obstinación. Siempre llena de protestas, invadida por quejas absurdas, inundado el pecho de inconformidades. La terquedad era su segundo nombre, imprudencia para soltar palabras putrefactas, flechas inmundas de una estupidez crónica. Sentía que su lengua se quemaba si no arrojaba lejos de su cuerpo aquella sustancia espesa, amarga, de tintes amarillentos, sin importarle que manchara la imagen de terceras personas. 
     Cuando se asomó al espejo ante la necesidad de comprenderse un poco, de encontrar respuesta a sus diversas interrogantes y múltiples dudas, Venenosa lo encontró vacío. 


* * * 

Caminaba por aceras manchadas de nostalgia, con la prisa del delincuente descubierto, con la obsesión desequilibrada de la envidia. Su rostro padecía la invasión de manchas posteriores al parto sin haber concebido. Nunca ha-bía tenido el privilegio de ser madre ni de tenerla. No delinquía, pero una sombra de reiterada culpabilidad en su rostro le hacía aparentar diez años más. Venenosa había quedado desolada, pospuesta, por su descarada afición para desear lo que, por ley, no le correspondía.     
     Ahora estudiaba el lenguaje monótono que se les atribuye a las estatuas. 


* * * 

A unos cuantos meses de haberse casado, Venenosa fue abandonada por el marido, olvidada para siempre. Estaba sola, sin macho, sin hijos, sin raíces, seca. Por esta razón se hizo adicta a ofrecer lo que quedaba de su cuerpo por las calles oscuras de la ciudad. Como nadie quería darle un centavo por sus servicios, Venenosa tuvo que acostumbrarse a ser ella quien pagara, a ser ella quien insistiera para obtener un poco de fuego. 
     Pero seguía sola en su barca a la deriva, en su monólogo cotidiano. Sola. 


* * * 

Había descubierto una forma inédita de comunicación. Tantas horas de soledad le habían llevado a crear un código único para romper el silencio que gravitaba por encima de su cabeza. Venenosa aprendió a hablar con los muebles de su casa, a entender los sonidos dispersos que se desprendían de su boca, como en un monólogo sin público en un teatro de butacas desoladas, habitación sin espejo. 
     Pero la vaciedad se le salía a chorros por los ojos como estigma permanente, como sombra obstinada que la seguía de un lugar a otro. 


* * * 

Cuando despertó esa mañana, los espectros de siempre se ocultaron detrás de cortinas manchadas, guardaron silencio para pasar inadvertidos. Parecían entes fantásticos que no se animaban a atacarla por temor a disiparse como se disipaba todo cuando sus manos se involucraban. 
     Venenosa sintió un miedo terrible, padeció la ansiedad de pensar en las cosas que venían como amenaza a su vida, inquietud que vibraba dentro de su pecho, la desgraciada incertidumbre por acontecimientos indescriptibles. 
     Se levantó de su cama para hacer algo productivo, para preguntarle a los muebles si los problemas de su vida tenían remedio. Pero no hubo respuesta para sus preguntas. Se sintió más sola que una hoja seca en la calle. 


* * * 

Un día, la luminosidad del sol no se asomó por la ventana. Los sonidos perdieron su consistencia, su estructura natural para cortar los pliegues del aire. Venenosa quedó en su cama, su cuerpo cubierto de musgo, dormida para siempre, como una virgen caída en la suavidad del fango. 
     Fue asfixiada por ese alter ego llamado soledad. 


De Estropicio interior (Alja Ediciones, 2014)