Una de mis obras clásicas favoritas es
La verdad sospechosa del dramaturgo novohispano Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639). La leí durante mi asistencia a la universidad, como requisito de la clase de literatura mexicana. Después la releí cuando tomé la cátedra "El siglo de oro" en mis estudios de posgrado. En esta ocasión escribí este texto como una propuesta de análisis literario sobre la obra. Tratando de cuidar el lenguaje de la obra original y el espíritu de la misma, le di al texto de Ruiz de Alarcón un desenlace distinto al agregarle una escena.
Don García se enamora de Jacinta, a quien llama Lucrecia, por el lamentable error de Tristán, criado de Don García. Éste es un hombre que tiene la vocación de mentir, y arma tales enredos, que termina comprometido en matrimonio con Lucrecia, siendo que él amaba a Jacinta. En la escena que agrego, muestro a Don García, magistral en el arte de mentir, que le confiesa a Lucrecia "la verdad" que nadie se atreve a creerle, sólo ella.
Aquí reproduzco la escena, tal y como la escribí en 1997.
LA MENTIRA PIADOSA DE DON GARCÍA
Acto Tercero
Escena XV
Don García, Lucrecia. A solas.
Lucrecia:
No me es posible creer
que vos mintáis de mil modos.
La argucia vulgar me asombra,
cambia el engaño en escombros
lo que admiración ya fuese
antes de asumilla un robo.
No encuentro elección de acto
si obedecer a mi asombro
o escuchar en voz del padre
la sentencia en que me ahogo.
Don García:
Lucrecia, señora: escucha
mi verdad de hombre amoroso
pues amándoos mintiese
para alcanzar buen propósito.
Quiero que comprendáis: tuve
del sol que alejarme pronto
porque, es cierto, quise entonces
nuestra unión en matrimonio.
Sé bien que Jacinta envidia
el amor en vuestro entorno
y el hecho os postra en ventaja
de ella y de otras y de otros:
éstos, que mi suerte envidian
y ellas que odian vuestro gozo
pues Jacinta no es la única
que buscaba hallar mi hombro.
Mas sólo vos lo tenéis
y lo disfrutáis vos sólo
por siglos que han de venir
para encontrarnos sin odio.
Jamás vi verdad tan cierta
como la que ahora os nombro:
os amé en las Platerías
cuando a Jacinta hablé poco,
de quien ya sabía el nombre
pero a quien usaba sólo
para acercarme hasta vos
a quien rindo honor e imploro
pues me movía el saber
más de vuestro cielo hermoso,
comprender vuestra belleza
semejante en brillo al oro
y que en noches de silencio
matan el sueño con dolo.
Lucrecia:
¿Es verdad lo que decís?
¿Conocéis noches de insomnio?
Don García:
Tan cierto como que hablo
y asimismo hablan los ojos
que os auscultan fijamente
con ferviente amor, y enojo:
aquél, porque yo soy vuestro
y éste, por sombras de otros
que mienten para que huyáis
del amor que yo os propongo.
Expulsad cualquier sospecha
que amenace con destrozos.
Ved, Lucrecia, lo que advierto
porque seré buen esposo.
Lucrecia:
¿Me amáis de verdad, García?
Don García: (
Dánse las manos)
Desde antes del sacro polvo.
Con fuerza de viento os amo
y os amo con bravo aplomo.
Y si he mentido es por gusto
de explorar vuestros arroyos
y encontrar vasta frescura
que hace largo tiempo invoco.
No os fiéis vos ya de Jacinta,
de Don Beltrán, del gracioso,
pues mi verdad es auténtica
ante Dios y entre nosotros.
(
Ap.) Perdonad que jure en vano,
Dios; es por honor y gozo.
De Claustros vedados al penitente (2000)