domingo, 26 de agosto de 2018

Las gaviotas de Bagdad


Me gusta arrojarles pedazos de pan a las gaviotas. 

A Tío Beto también le gustaba hacerlo. Las visitas a Bagdad eran asunto de cada fin de semana. Además de Tía Lucrecia, lo acompañábamos mi madre, mi hermano mayor y yo. 

Tío Beto llegaba a casa sin anunciarse, temprano por la mañana, algún sábado o domingo. Además de la música, el mar siempre fue su pasión. Como todos en casa también teníamos afición por la arena, empezábamos la preparación de toallas y trajes de baño de inmediato. Mi hermano y yo saltábamos de la cama como chapulines. Salíamos a su encuentro al escuchar su voz y le dábamos un abrazo. Luego regresábamos a la habitación para terminar los preparativos. En menos de diez minutos estábamos listos en la camioneta. 

Tío Beto conducía hacia el oriente de la ciudad; Bagdad estaba a unos cuarenta kilómetros. Antes de salir a la carretera, hacía una parada en el centro comercial para comprar chucherías. Además del pan integral para los emparedados de jamón y queso, el tío compraba pan blanco, el pan más barato, pensando en los pájaros escandalosos de la playa. 

Al llegar a Bagdad, después de estacionar el coche frente al oleaje, mi hermano y yo corríamos hacia el agua como nunca lo hacíamos hacia la regadera, siempre supervisados por mi madre y la tía. Entonces veíamos a Tío Beto alzar algunas piezas de pan para llamar la atención de las gaviotas. La parvada no se hacía de rogar; pronto se formaba una nube agitada de alas y de picos que graznaban pidiendo el alimento. Tía Lucrecia tomaba muchas fotografías. Los ruidos caóticos de los pájaros eran como exclamaciones de niños invadidos por el júbilo. Cuidado con las mierdas voladoras, nos decía Tío Beto. Las palabras soeces eran un secreto entre él y nosotros, ya que tenía la precaución de no mencionarlas cuando mi madre y la tía estaban presentes. 

Después de unas horas, ellas preparaban emparedados, aunque sólo tuvieran jamón y queso. Nos parecían manjares exquisitos. El hambre provocada por el movimiento y el agua salada era de los doscientos demonios, para no sonar tan exagerado. 

Al caer la tarde, cuando los zancudos hacían su aparición, regresábamos a la ciudad. Ya en casa, después del baño obligatorio para quitarnos la arena, a mi hermano y a mí nos llegaba el espesor del sueño. 

Hoy las gaviotas vuelan sobre mi cabeza mientras les arrojo pedazos de pan al aire. Parecen las mismas de hace cuarenta años. También tomo mis precauciones para esquivar las mierdas voladoras que caen a veces. Entonces pienso en Tío Beto, cubierto de polvo en su tierra de origen, en su humorismo lingüístico y su afición para alimentar a los pájaros. 

lunes, 21 de mayo de 2018

El yo interior


A los artistas del Espacio Vacío. 

I

Alguna vez pensé
que el yo interior era una penumbra
poblada de luciérnagas,
instrumento de sonidos en la hora del orgasmo,
una intermitencia de ojos.
No era una versión aleatoria de mis ancestros,
no la sustancia que permanece al podrirse la materia,
no la vaciedad que se traduce en asfixia,
no las máscaras de la virtud
ni el miedo que oxida los elementos,
no el prejuicio que araña el territorio de la lengua
ni la cuerda que amenaza al cuello.
El yo interior era
la fusión de conciencias en la palabra,
la unidad de sombras que se rompe a contraluz,
la comunión abierta en el verbo,
la paridad de rostros en el mismo espejo,
el instante de fusión y confusión de cuerpos,
la penetración, la compenetración,
la oportunidad para sorprenderse en el discurso
de propósitos análogos,
la ruptura que desata del aislamiento.
El yo interior era la versión del yo en el universo,
materia palpable, criatura terrestre.


II

El yo interior
se funde como resplandor en la colectividad,
en hibridez de fuego, emoción sin extremidades,
en una retórica que se sacude en las manos,
triángulo de elementos en el sendero,
se anuncia se denuncia se pronuncia,
se vierte como trigo en el cáliz,
se distancia de sombras, de habitaciones vacías,
procesión que le permite verse sin tiempo,
disidencia que ata cabos en la luz
para palpar una convergencia de palabras,
vastedad de elementos que gravitan en el universo,
desinhibición de piedras.
El yo interior es columna vertebral en la página,
lírica nupcial en el proceso creativo,
cama donde los cuerpos
se incrustan para multiplicarse,
para repetirse como rostro en los espejos,
fragmentarse en el polvo,
enriquecerse con los minerales de la tierra.
El yo interior comparte el compromiso
aun en el caos, voluntad para fundar territorios,
la unción húmeda que otorga la palabra,
desinhibición en enjambres de luciérnagas
cuando se inicia el diálogo.


De Discurso del aislamiento (ALJA Ediciones, 2017)

viernes, 4 de mayo de 2018

La vaciedad de Venenosa


* * * 

Su afición era serpear por los rincones de recámaras teñidas de sombra. El silencio, cómplice. Su facilidad para la mimesis confundió a muchos hombres perdidos en la inocencia de sus actos, atrapados en la hojarasca húmeda de sus palabras. Venenosa era su nombre. 
     Para no quemarse la lengua, para no sentir el fuego anticipado del infierno que le aguardaba por ser como era, hoy le daba sorbos a la soledad. 


* * * 

Nunca supo por qué luchaba con tanta obstinación. Siempre llena de protestas, invadida por quejas absurdas, inundado el pecho de inconformidades. La terquedad era su segundo nombre, imprudencia para soltar palabras putrefactas, flechas inmundas de una estupidez crónica. Sentía que su lengua se quemaba si no arrojaba lejos de su cuerpo aquella sustancia espesa, amarga, de tintes amarillentos, sin importarle que manchara la imagen de terceras personas. 
     Cuando se asomó al espejo ante la necesidad de comprenderse un poco, de encontrar respuesta a sus diversas interrogantes y múltiples dudas, Venenosa lo encontró vacío. 


* * * 

Caminaba por aceras manchadas de nostalgia, con la prisa del delincuente descubierto, con la obsesión desequilibrada de la envidia. Su rostro padecía la invasión de manchas posteriores al parto sin haber concebido. Nunca ha-bía tenido el privilegio de ser madre ni de tenerla. No delinquía, pero una sombra de reiterada culpabilidad en su rostro le hacía aparentar diez años más. Venenosa había quedado desolada, pospuesta, por su descarada afición para desear lo que, por ley, no le correspondía.     
     Ahora estudiaba el lenguaje monótono que se les atribuye a las estatuas. 


* * * 

A unos cuantos meses de haberse casado, Venenosa fue abandonada por el marido, olvidada para siempre. Estaba sola, sin macho, sin hijos, sin raíces, seca. Por esta razón se hizo adicta a ofrecer lo que quedaba de su cuerpo por las calles oscuras de la ciudad. Como nadie quería darle un centavo por sus servicios, Venenosa tuvo que acostumbrarse a ser ella quien pagara, a ser ella quien insistiera para obtener un poco de fuego. 
     Pero seguía sola en su barca a la deriva, en su monólogo cotidiano. Sola. 


* * * 

Había descubierto una forma inédita de comunicación. Tantas horas de soledad le habían llevado a crear un código único para romper el silencio que gravitaba por encima de su cabeza. Venenosa aprendió a hablar con los muebles de su casa, a entender los sonidos dispersos que se desprendían de su boca, como en un monólogo sin público en un teatro de butacas desoladas, habitación sin espejo. 
     Pero la vaciedad se le salía a chorros por los ojos como estigma permanente, como sombra obstinada que la seguía de un lugar a otro. 


* * * 

Cuando despertó esa mañana, los espectros de siempre se ocultaron detrás de cortinas manchadas, guardaron silencio para pasar inadvertidos. Parecían entes fantásticos que no se animaban a atacarla por temor a disiparse como se disipaba todo cuando sus manos se involucraban. 
     Venenosa sintió un miedo terrible, padeció la ansiedad de pensar en las cosas que venían como amenaza a su vida, inquietud que vibraba dentro de su pecho, la desgraciada incertidumbre por acontecimientos indescriptibles. 
     Se levantó de su cama para hacer algo productivo, para preguntarle a los muebles si los problemas de su vida tenían remedio. Pero no hubo respuesta para sus preguntas. Se sintió más sola que una hoja seca en la calle. 


* * * 

Un día, la luminosidad del sol no se asomó por la ventana. Los sonidos perdieron su consistencia, su estructura natural para cortar los pliegues del aire. Venenosa quedó en su cama, su cuerpo cubierto de musgo, dormida para siempre, como una virgen caída en la suavidad del fango. 
     Fue asfixiada por ese alter ego llamado soledad. 


De Estropicio interior (Alja Ediciones, 2014)

viernes, 2 de marzo de 2018

Palabras



Metáfora en las planicies del verso,
las palabras se disipan en el aliento de la mañana,
se apalabran en el caos de la memoria,
se hilvanan en carámbanos de lunas agitadas.

Las palabras se desdoblan en el atrio del lenguaje,
se enmohecen bajo la lluvia,
se abandonan en el intento de vaciarse
sobre la lengua.

Palabras desahuciadas dentro del laberinto,
se adhieren a la devoción del hombre para consumarse,
en la falacia para consumirse.

Hoy se abre la puerta hacia la luz.
Mañana seremos otros.


Imagen: R. Rodríguez

lunes, 5 de febrero de 2018

Abuelos



Yo tuve una abuela
sensacional, sus manos de amor,
sus ojos de ternura en las ventanas.
Pude disfrutarla
durante mi infancia
como cuando los niños toman
un helado de nuez.
Se llamaba María Garza Cisneros.
También mi abuelo
fue el universo frente a mis ojos,
norteño de Nuevo León.
Se llamaba Enrique Martínez Santana.
Los amé con mucho corazón.
Aún los amo.
Los llevo en el núcleo de mi cuerpo,
en los ríos de mis venas,
en mis huesos. Qué enorme dicha
haberlos tenido.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Lascivia en Ciudad Victoria



El primero de diciembre, 2017, tendré el privilegio de presentar Lascivia (ALJA Ediciones, 2013) en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Mi agradecimiento a la escritora NoraIliana Esparza M por la coordinación de estas presentaciones, a la Universidad de Seguridad Pública y al SUTSPET. Todos invitados.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Entre monjas y sacerdotes


Cuando entramos por aquel enorme portón metálico a la Casa de Retiros Espirituales, ya sabíamos las cosas que nos esperaban. Llegamos a Puente Grande en autobús, después de doce horas de camino. Hicimos un breve recorrido por el centro de Guadalajara. Comimos. Caminamos un poco para reactivar el sistema digestivo, entorpecido por el viaje. Cuando uno llega a cierta edad las cosas ya no son como antes; es decir, los años pesan; el cuerpo lo resiente. Llegamos cansados de ir sentados por tantas horas. Luego nos cansamos de caminar. Benditos los elegidos. Todo fuera por salir durante la Semana Santa, eso sí, con gastos pagados, a los ejercicios espirituales a los que nos mandaban cada año las Hermanas del Divino Pastor. El Colegio Don Bosco era buen lugar para ejercer la docencia. 

Me gustaba ser maestro de secundaria. Lo que no me gustaba mucho que digamos era que las religiosas quisieran que le entrara al sacerdocio. Administraban el sistema educativo de uno de los colegios más importantes de Matamoros. A mis veinticuatro años, soltero, todavía guardaban la esperanza de que aceptara el ejercicio sacerdotal. La hermana Isabel insistía, casi llegaba al borde de la súplica, para convencerme de ser, no sólo mentor en el aula, sino sacerdote. Muchas veces le dije que respetaba el sacerdocio pero que faltaba la vocación. Me gustaba ayudar al prójimo, orientar a los estudiantes, asistir a los servicios religiosos que ahí se ofrecían, pero así, como asistente. Nunca tuve interés para dirigir misas ni escuchar confesiones ni visitar a los enfermos. La hermana Isabel tenía persistencia, no terquedad, persistencia. A la terquedad se le relaciona con la obsesión y el impulso. Persistente. Comprobó que yo también tenía persistencia, tal vez terquedad, porque para mí sí era obsesión no ser sacerdote.

Me gustaban los retiros religiosos. Además de acercarme al objetivo —sacarme los demonios, al menos por unos días— tenía la oportunidad para establecer mejor comunicación con mis compañeros maestros. Las Hermanas del Divino Pastor sabían bien que el dinero invertido en esos ejercicios era eso, una inversión. Había cohesión en el cuerpo docente, resultado del afecto y la comunicación, la experiencia colectiva que podía experimentarse al acercarnos a la iglesia. 

Después de entrar a la Casa de Retiros Espirituales, nos dirigimos a unas pequeñas habitaciones donde sólo había una cama individual, una mesa y una silla. El edificio era como un hotel, pero sin lujos ni comodidades. Más bien, modesto. Dos hombres habían ido por nosotros a Guadalajara para llevarnos hasta Puente Grande. Me tocó una habitación junto a la de Abraham, en el edificio sur. A unos pasos más allá estaba el cubículo de Xavier y al final, el de César. Los tres eran profesores de historia. Yo era el único profesor de inglés. Abraham era evangelista, pero siempre fue respetuoso del catolicismo y las religiosas eras respetuosas de la religión de Abraham. Tanto, que a él se le invitó a un retiro católico. La verdad es que Abraham jamás habló mal del catolicismo, ni siquiera por ser maestro de historia. Decía que si le escarbábamos tantito a la historia de la iglesia católica saldría una bandada enorme de murciélagos. Fue lo más atrevido que le escuché. 

Había organización en la Casa de Retiros. Leímos el reglamento sobre la pared. Decía que las personas en retiro no debían hablar ni en voz alta ni en voz baja; sólo estaba permitida la meditación, el apartamiento. El silencio era factor importante para que la misión del retiro se cumpliera. Nuestro edificio era para uso exclusivo de los hombres. Las maestras ocuparon las habitaciones del edificio norte. Después de dejar la maleta, sacar la ropa para extenderla sobre la cama, fuimos a la Capilla de la Casa, donde se ofrecería la misa de bienvenida. Al salir de misa nos dirigimos al comedor para la cena. En el camino, apenas pudimos contener las carcajadas. Primero, la emoción de estar juntos en este momento. Luego, las anécdotas de Abraham. Nos recordó el momento frente al Parque Fundidora, cuando pasábamos por Monterrey. Después de leer el letrero que decía “Cocina”, Abraham preguntó, casi en secreto, que ahí qué cocinaban. Con risas ahogadas, recordé a Conchita preguntando por la enorme construcción en la entrada de Monterrey. Abraham le contestó que era el Parque Fundidora. “Y ahí, ¿qué funden?”, preguntó ella con la espontaneidad de siempre. “Focos”, le dijo con la seriedad del sacerdote que jamás sería.

Ya en el comedor, las profesoras venían con nosotros. Por hablar en voz alta, a Conchita le llamó la atención una religiosa que era una especie de prefecta en la Casa. Irma Laura, Xavier y César, supieron respetar las reglas que con certeza Conchita no había leído. Cenamos juntos, en silencio, con unas ganas de bromear que no podíamos ocultar con la mirada. Fuimos jovencitos de catorce o quince años, como nuestros alumnos en el Colegio Don Bosco de Matamoros.

Imagen: Youtube.