jueves, 4 de octubre de 2007

Decesos de familia


El hombre de México ríe y llora con la muerte. La festeja con alimentos y bebidas, entre parientes que comparten el mismo despojo, que padecen la misma pérdida, el mismo silencio, convivencia e interacción de familia, el día dos de noviembre. Sin embargo, también inicia una lamentación profunda cuando la muerte se asoma a la ventana, buscando a alguien que la acompañe a la oscuridad infinita, alguien que siga sus pasos hacia la voz que se encuentra a dos metros bajo tierra. Una paradoja de la vida cotidiana con la que se lidia sin descanso, con la que hay que encontrarse y desencontrarse un día. La naturaleza humana así lo ha dispuesto desde el origen de las cosas.

En mi familia hay decesos que petrifican el cuerpo por su violento impacto, como suelen hacer casi todos los decesos. Proceso doloroso cuando es necesario comprender que los consanguíneos también están hechos de materia y sustancia deleznables, que alcanzan la calidad de fugaces durante su permanencia en la tierra. También las personas especiales deben cruzar la frontera entre la vida y la muerte en algún momento. Unos a tiempo, otros antes de tiempo. Es decir, a destiempo. Se agobian los ojos con la ausencia definitiva de los seres queridos. Se rehúsan los párpados a la partida irrevocable, a la predestinación, como estigma perpetuo, después de ser distinguidos con el privilegio de la vida. Siento tristeza profunda por mis muertos, ¿habrá alguien que no se ahogue en su tristeza cuando una persona especial se marcha para siempre?

En casa escuché conversaciones sobre decesos de familia. En particular, defunciones antes de mi nacimiento. Por ejemplo, mis abuelos paternos; y mis tres hermanos Ramiro y Luciano –cuyos nombres renacieron en mi hermano y en mí– y Socorrito, quienes fallecieron siendo bebés. Mamá nos hablaba acerca de mis tres hermanos con relativa frecuencia. Aunque no los conocí en persona, lo hice a través de fotografías y las descripciones detalladas, llenas de remembranza, de mamá. Aprendí a quererlos a través de ella, a lamentar su ausencia a través de ella. Ramiro tenía cinco años cuando murió de leucemia. Luciano y Socorrito tenían alrededor de un año cuando abandonaron a mis padres, suspiros débiles de enfermedades que se previenen con vacunas en nuestros días.

Los relatos que aquí se reúnen –algunos de ellos con visión ensayística– están basados en la experiencia familiar y convergen en el mismo asunto: la ausencia física de consanguíneos. No son espejo auténtico de la realidad. Está presente el vuelo arrebatado para construir nuevos nombres y nuevos mundos. Pero son, en gran parte, la Inminencia del ayer, el ayer que vuelve al presente para renacer y recordar.

De Desierto azul (E. A., 2005)

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