domingo, 21 de octubre de 2007

Perro, enemigo del hombre


Perro que ladra, era de suponerse. Para aquellos que piensan que el perro es el mejor amigo del hombre, debo decirles que antes de hacer tal afirmación a los cuatro vientos piensen varias veces lo que esto implica. De lo contrario –en el porvenir– aquello que se dijo un día, no será más que un cliché de pacotilla.

Por lo general, un perro ladra cuando un hombre pasa cerca de lo que parecen ser sus dominios. El perro reflexiona –es un decir– sobre el hecho de que su terreno ha sido invadido con arbitrariedad por un extraño elemento. Por este motivo, ladra como justo reclamo por la aparente afrenta. Ladra una y otra vez. Pero lo meritorio de este perro es que ladra de frente, permite que el supuesto invasor se entere que está pisando terrenos enemigos. El invasor se aleja en muestra de sincera consternación y admite que su acción fue bárbara al invadir la propiedad ajena. Cuando el perro enfrenta su realidad con el aplomo del caballero y la justicia del redentor, se dice que posee autenticidad para resolver sus conflictos. El hombre mismo lo felicita por surgir en defensa inmediata de lo que es suyo por antonomasia. La autenticidad no es sólo característica del creador.

Pero, por otra parte, existen perros extraños que avergüenzan a su respectiva raza, perros que colocan a todo su canino universo en la picota del escarnio. Esta especie de perro se puede identificar con facilidad entre multitudes y paisajes de mimetismo: su pequeñez –no sólo física– es bastante notoria. Siempre encuentra ocasión oportuna para mover el rabo, sobre todo cuando el hombre –cuya riqueza pudiera ser objeto de su anómala avaricia– deambula frente a su hocico. Tras mover la cola, se acerca con cínica docilidad para lamer los pies del hombre y obsequia la mirada más humilde y conmovedora, poniéndose a su servicio incondicional. Pero cuando el hombre decide retirarse, cuando se marcha y da vuelta a la esquina, el perro se vuelve entonces la fiera más salvaje que se haya conocido. Ladra hasta romper las oscuras paredes de su garganta para que lo escuche todo el pueblo, pero cuida –con astucia asombrosa que, en realidad, podría ocuparse en otros menesteres de utilidad al universo– que el hombre que se aleja no lo escuche porque podría enterarse de la doblez conductual característica en el hipócrita y adiós riqueza que vio cerca de sus fauces. Si alguien lo viera ladrar con tal donaire, pensaría que es el perro más valiente de la colonia, el perro en cuyo hocico los colmillos relucientes son indiscutible bravura.

Estos perros son traicioneros, lamentable escoria del universo. Abundan en bandadas organizadas para asaltar intimidad de hogares, roban lo que consideran valioso y fuera de su alcance o destruyen lo que no pueden llevarse y que en ellos es tormentosa carencia. La mancha negra de toda sociedad y todas las naciones. Perros rechazados hasta por aquellos que habitan en su propia casa, perros que se alían con otros de su calaña y que se fortalecen con sorbos de soledad, perros que sostienen su estrago al deleitarse con lo destructivo de su crítica a los demás. Hay seres agobiados por la soledad, aun en multitudes.

Estos perros son enemigos del hombre. A veces fingen dolor o padecimiento y se echan en la calle a gemir para conmover al hombre que pasa. El hombre –sobre todo aquel de buena fe– se acerca para auxiliar al que padece su miseria, porque la empatía hacia los débiles es más poderosa. Decide darle de beber de su misma agua, comparte el pan y la sal con aquel que tiene hambre, le acaricia con ternura –que en realidad es lástima– para disipar su desequilibrio. Y cuando menos espera el hombre un feroz ataque, aquella víctima de su propia ausencia de identidad se convierte en verdugo implacable de quien lo ayuda: lanza mordidas rabiosas porque quiere mucho más de lo que el hombre puede darle.

Estos perros son de pensamientos malvados. Poseen descaro inconcebible de proclamarse amigos del hombre cuando su avaricia los convierte en enemigos hasta de sí mismos. Porque –desde luego– se conocen a sí mismos. De ahí que exista odio hacia su prójimo. El hombre podría volver la mirada y ver que existen ballenas, caballos, elefantes o arañas que serían mejores amigos que el perro. Por esta experiencia universal, me atrevo a establecer que no todo perro es el mejor amigo del hombre.

Imagen: eyeonmiami.blogspot.com

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