viernes, 28 de marzo de 2008

Fiera filicida


Es la fiera más cobarde de la Creación, la equivocación más lamentable de la sabiduría natural. La fiera que se arrastra entre matorrales y arbustos, cardos y espinas, como sólo se desplaza la vulgar serpiente que es expulsada de la verdad para alimentarse de la mentira. No se rasga la piel en su loco desenfreno hacia lo obtuso: cuida su imagen ante la especulación colectiva. Esta fiera ostenta –ante otras fieras del bosque– una inocencia que es ajena a su ínfima condición de salvajismo. Los animales que la circundan dentro del medio social en que se desenvuelve, le celebran en manifestación de reconocimiento, se postran para rendirle tributo y obediencia a su aparente naturaleza de superioridad sobre el resto de la fauna. Digamos que es silueta exacta de perfección para aquéllos que le rinden culto y pleitesía. Es modelo de imitación. No hay necesidad de exploración interna; no sería ético penetrar más allá de lo que sustentan los relieves de su palabra. Sería corromper una tradición de milenios. La obediencia niega lo que la astucia exige.

La rebelión es conducta constante que prorrumpe en sus dominios íntimos. Cae en un desequilibrio emocional que le hace percibir las cosas de otro modo: la selva no es ya simbología de libertad, sino prisión enorme que la hace pequeña frente a la grandeza universal. La fiera interna se rebela contra sí misma cuando se observa en el espejo –también existen las implosiones–, esconde un estallido que carcome las paredes de su conciencia, oculta su identidad tras la falsa textura de una careta. La hipocresía es el perverso antídoto para el cansancio de la conducta.

Esta vez, la selva encierra el rugido iracundo en las mazmorras más ocultas hasta pisar la sombra del ahogo. Esta vez, tras haber obedecido su impulso de acercarse al pecado original, tras haber copulado con el salvajismo característico de su naturaleza –para satisfacer su feroz instinto de sexualidad encadenada a la represión–, la fiera se encuentra con elocuentes contornos de irresponsabilidad frente al espejo. Se pregunta, una y otra vez, hasta romper las paredes de su garganta, cuestiona la identidad de esa fiera extraña y distinta que se plasma en el cristal colocado frente a sus ojos. No puede creer lo que es más que una creencia. Con detenimiento, se observa como buscando respuesta lógica a las preguntas que no se han formulado, salida en el callejón que la carece. Como haz repentino frente a sus ojos, comprende que no es la fiera de estirpe milenaria que todos en la selva creen que es. Y al tentar con sus garras cubiertas de pecado la protuberancia del vientre, maldice la hora en que la carne establece dominio absoluto de su cerebro. No sabe qué hacer con el hematoma inesperado de aquel circunstancial desliz, colmado de fugacidad y de locura, que le hace perder el control sobre sí misma. La desesperación es el peor enemigo de la sensatez.

Gime durante largas noches en la urdimbre sofocante de la soledad, soledad que se despliega en parsimonia absurda sobre su entorno, soledad que aprieta la garganta prolongando la agonía de los acontecimientos. La liviandad se ha convertido en doloroso estigma y sus gemidos parecen voz lastimera de mujer perdida en la profundidad de la subconsciencia, entre renglones líquidos transfigurados en polvo para olvidarse de que el tiempo existe.

La selva escucha los lamentos de la fiera sin dilucidar lo que le ocurre. La selva recibe injurias exhaustivas y soeces protestas que provienen del núcleo –aún ensoberbecido– de la fiera, lamentos enloquecidos que se golpean en troncos de árboles para morir en el suelo, en frondas de árboles para morir en el suelo, en ramajes de árboles para morir en el suelo. La fiera se arrastra –como antes en el fango del placer clandestino– sobre la tierra del bosque, mientras el resto de la fauna yace en las manos incrédulas del asombro. ¿Qué puede ocurrirle para que olvide su título de nobleza? ¿Qué puede ser tan grave para postrarla sobre superficies agobiantes? La fiera, antes perentorio símbolo de omnipotencia, ahora no es más que absurda pequeñez de roedor en tribulaciones.

Tras la caída estrepitosa sobre el calor de la tierra, la fiera piensa en los demás. No soporta la idea que se engendra en su mente: el respeto de sus congéneres podría disiparse cuando su ordinaria preñez se descubra ante los ojos de la comunidad. Sería perderlo todo, hasta el nombre y la decencia. Sería entregar la estafeta ancestral de mandato, humillada en el foro del escarnio. Esta revelación no puede consumarse, no es posible que se engendre. Pero ella es una fiera inteligente, ella tiene solución a su tormento. Nadie advertirá que es una fiera asaltada por pensamientos sensuales, por visiones nocturnas que la arrebatan hasta descender a la sima de la indecencia. Nadie sabrá que el pecado que la arrastra al abismo de la lujuria y que la envuelve ahora en la vergüenza, manifiesta indeseables consecuencias tras aquella ocasión en que las bajas pasiones engulleron su decencia.

Hoy sólo será una fiera filicida. Nadie –con excepción de ella y la negritud de su conciencia– sabrá la solución que encuentra tras ardua búsqueda. Nadie sabrá cómo redime esa carga de desobediencia que pesa como bíblica cruz en sus espaldas. Pobre fiera filicida. No presiente que su sangre será desierto para siempre en las profundidades de su cuerpo. No sabe que su descendencia se secará por ausencia de lluvias. No tiene aún la certeza de que un día no distante lamentará su horrible crimen, porque no habrá otro momento para perpetuarse en la imagen de una noble e inocente fierecilla.

Imagen: putihtigre.blogspot.com

viernes, 14 de marzo de 2008

El papel sexual de la mujer en "El recado" y en "Lección de cocina"


Por Ramiro Rodríguez

Hablar de literatura feminista (relativo al feminismo, movimiento social a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres) es disímil ante la referencia de una literatura femenina (propio de la mujer) (1), ya que aquélla connota cierta inclinación en favor de una supremacía femenina, mientras que ésta denomina a una literatura creada por el intelecto de la mujer. Por consecuencia, es posible denominar sin distinción alguna a la literatura femenina, literatura escrita por mujeres.

La literatura femenina hispanoamericana y española ha mostrado un crecimiento bastante considerable a partir de los años setenta. Si bien sólo han sido algunas las mujeres destacadas en las letras en los años anteriores, en este lapso ha sido evidente una especie de explosión en los ámbitos literarios, paralela a la denominación de la época: Almudena Grandes, Gloria Fuertes, de España; Isabel Allende, María Luisa Bombal, de Chile; Rosario Ferré, de Puerto Rico; Cristina Peri Rossi, de Uruguay; Laura Esquivel, Ángeles Mastretta, de México; entre otras que conforman un amplio espacio de talento y creatividad. Sin embargo, es posible identificar cierta “discriminación” en algunos compiladores que inundan sus antologías con la obra escrita por hombres, como tratando de continuar una tradición milenaria en nuestros tiempos ya obsoleta.

La calidad literaria de la obra femenina habla por sí sola. Basta con adentrarse en el realismo mágico de Como Agua Para Chocolate (1989, Laura Esquivel), en el conmovedor marco histórico de Arráncame la Vida (1985, Ángeles Mastretta), en el desenfreno erótico de Las Edades de Lulú (1989, Almudena Grandes), en la retrospección histórica de Tinísima (1992, Elena Poniatowska) o en la denuncia social de Oficio de Tinieblas (1962, Rosario Castellanos). Cuando se emprende una lectura o un proyecto de análisis literario para llegar a una conclusión objetiva, es necesario considerar que en la literatura no existen diferencias entre la creación masculina o la femenina por el hecho de ser una u otra, sino que es necesario concebir que el texto será considerado como pieza artística por su justo valor literario.

La temática tratada por las escritoras hispanoamericanas y españolas es diversa. Sin embargo, es posible apreciar cierta insistencia en la formulación de alternativas para las necesidades inmanentes en su entorno social; la desorientación y la falta de identidad como estragos de la Guerra Civil en algunas escritoras españolas; el terror implacable de las dictaduras en escritoras que conforman el Cono Sur de América; la situación colonial en Puerto Rico; y el engranaje político en la sociedad mexicana.

El tratamiento de la sexualidad es un aspecto muy frecuente en la literatura femenina, ya que durante muchos años el tema ha sido un tabú insobornable que la tradición hispana se empeña en guardar bajo sombras de armarios. Si este tópico ha sido objeto de controversia en la literatura escrita por hombres, en la mujer ha despertado un asombro mayor, ya que esa igualdad de sexos sigue siendo una teoría que impide su asimilación por la sociedad misma. Ya la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz dio fuertes dolores de cabeza a la Iglesia con sus exquisitos versos llenos de amoroso erotismo:

poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
” (2)

En la narrativa y poesía contemporáneas escrita por mujeres, se encuentran múltiples obras que son ejemplo del tratamiento de la sexualidad, dadas la necesidad de expresión y las características propias de la época literaria. Pero habré de enfocar mi atención en la obra particular de las escritoras mexicanas Rosario Castellanos (1925–1974) y Elena Poniatowska (1933), con especial enfoque en dos de sus cuentos: “Lección de Cocina” (3) de la primera y “El Recado” (4) de la segunda. La intención básica de este análisis es el establecimiento de una analogía entre las perspectivas abordadas en los cuentos objeto de estudio de las dos escritoras mexicanas.

En “Lección de Cocina”, Rosario Castellanos vincula el papel tradicional de la mujer mexicana con su sexualidad. En el cuento se critica esa obligación de la mujer para permanecer en la cocina, entre el aroma de los condimentos y el sonido que se concentra en la sartén durante la preparación de los alimentos, como símbolo de apego a una tradición milenaria que le exige dicha actividad en la relación matrimonial. La estructura fragmentada del relato permite apreciar una situación paralela entre la mujer de hogar y el rincón sexual en donde ella es el elemento pasivo del encuentro. El personaje femenino de este relato habla:

Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de küche, kinder, kirche.” (5)

En estas líneas, la mujer admite su obligación de permanecer en la cocina como predestinación tradicional. Ve en el espejo de su soledad una imagen paralela al vocablo cocina, y acepta su condición con un soterrado estoicismo elogiado por madres y abuelas de familia, quienes consideran acertada la conducta basada en la hoy denominada “absurda tradición.” Desde luego, la ironía de la narradora sugiere una crítica a la mujer que hace posible la reafirmación del estereotipo encontrado en la mujer mexicana.

Por otra parte, en “El Recado” de Elena Poniatowska, esta limitación social, autolimitación en ocasiones, también hace acto de presencia en las líneas que componen el relato:

Te esperaba a ti. Sé que todas las mujeres aguardan.” (6)

La ironía también cumple su afán de criticar la ideología tradicional de mujeres que se postran en espera eterna por la llegada de la pareja. La soledad que envuelve al personaje femenino de “El Recado” es producto de su pasividad en la relación amorosa. Esa espera por Martín a lo largo del cuento es una fotografía de la mujer manipulada, olvidada, ignorada, pospuesta como asunto secundario, abandonada, desamada, olvidable; y en esta serie de adjetivos también es posible ubicar al personaje femenino de Castellanos en su “Lección de Cocina.”

El desempeño de la mujer en la sexualidad es diversa al que el hombre representa cuando busca su satisfacción personal, sin considerar el sentimiento o la disponibilidad de su pareja para el acto amoroso. Esta es una situación cotidiana en la vida sexual de muchas parejas mexicanas, e hispanas en general, que conduce al fracaso del matrimonio en el mayor número de casos. Rosario Castellanos alude a dicha problemática cuando dice:

Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio […] Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor.” (7)

El personaje femenino de “Lección de Cocina” admite que el acto sexual es un lamentable suplicio en ciertas ocasiones, donde el tormento se imposta sobre su cuerpo y su mente. Protestar ante cierta indisponibilidad, por ejemplo el ardor de su piel consecuencia de los rayos solares, es un hecho que jamás podría pronunciar para evitarle la contrariedad a su cónyuge. Acepta el tormento como inexorable estigma, imposible de evitar. Y la mecanización ya conocida, representación inequívoca de la dominación del hombre sobre la mujer, de la postura clásica para hacer el amor se repite una vez más:

Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.” (8)

La fuerza de la imagen literaria crea un doble impacto en la gravedad de la situación. Para el personaje femenino de Rosario Castellanos es un rito el acto sexual, una gélida premeditación de la relación conyugal, un mecanismo en donde el sentimiento y el placer de la mujer son elementos secundarios, porque lo indispensable (según la tradición y la decencia) es la satisfacción sexual única del hombre.

El personaje femenino de Elena Poniatowska es un ser pospuesto. En ese momento de abandono, la elucubración sobre momentos eróticos con su amante llega en afán de perpetuar minutos de apasionada entrega, que ya se vislumbra en próxima caducidad:

Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. […] El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante.” (9)

La añoranza de momentos eróticos pretéritos se evidencia en las dos primeras líneas. Y en el resto de la cita, el momento sexual acontece sin la presencia física de él. Basta observar y percibir el aroma de la madreselva que la penetra como si la planta fuera el enervante cuerpo de su amante. Estas imágenes poderosas transportan sin remedio a los espacios estéticos de la poesía.

La sangre de la mujer hierve como consecuencia de la pasión. Piensa en Martín como una fuente que sacia la sed tremenda que la acosa. Y es la juventud culpable de esa necesidad sexual que la atormenta hasta el delirio, deseando llegar a la vejez para controlar la situación. El personaje femenino de Elena Poniatowska lo asevera:

No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche… […] quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo al amor.” (10)

En situaciones cotidianas, sencillas, comunes, el personaje femenino de “El Recado” encuentra indicios impostergables de la sexualidad entre ella y Martín. Ese ardor ontológico es en ella el extremo opuesto y absoluto a la frialdad sexual en el personaje femenino de Rosario Castellanos:

Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quien es a la que posees.” (11)

Esa mecanización a la que antes se hizo referencia, ese ritual donde la fusión acontece pero no se consuma dada la inapetencia de la esposa, postra a la mujer en un abismo de hielo que la hace sentir inmóvil. El personaje conoce la infidelidad de su marido, pero está dispuesta, como lo “estipula” la tradición de la mujer mexicana, a tolerar la humillante situación tal vez porque es uno de los “privilegios” que la Historia le otorgó al hombre. Ella conoce sus obligaciones de esposa y presenta mansedumbre para continuar en esa vorágine de silencio ensordecedor, en ese círculo de reflexiones estériles que la acosa con asfixiante frecuencia:

Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo.” (12)

Este párrafo es una referencia incuestionable al estrecho lazo que une la postura pasiva de la mujer con su sexualidad. Tal vez aquélla sea una consecuencia de ésta. O viceversa. La expresión “no puedo cambiar de amo” puede sugerir un deseo interno de absoluta liberación y ansiedad sexual que permanecerá en su interior para siempre. La tradición social le exige discreción incorruptible en la manifestación de sus deseos interiores porque es inconcebible que la mujer manifieste con apertura la urdimbre de sus necesidades sexuales. A toda mujer “decente” le está vedada cualquier manifestación de rebeldía, creatividad o iniciativa, dentro de las políticas sexuales en el matrimonio. Aquella transgresora que rompa con los lineamientos históricos del proceso tendrá que ser castigada con el látigo que castiga a la indecencia. Dentro de su inconformidad, la mujer termina por admitir que se convertirá en piedra en lo más recóndito de su silencio, y no le quedará más que continuar con la representación de:

la femineidad que solicita indulgencia para sus errores.” (13)

Ambas escritoras recurren a la ficción literaria para abordar una de las problemáticas actuales más conmovedoras y vibrantes en la mujer mexicana de nuestro tiempo. Su discurso se constituye en llamado perentorio en el contexto de una sociedad cuyos dogmas y contradicciones son, en última instancia, indicio de un proceso de cambio.



(1) Diccionario Enciclopédico Color Visual, 1998.
(2) De la Cruz, Sor Juana Inés. Obras Completas, Lírica Personal. Soneto 165. (p. 287)
(3) En Álbum de Familia (1971)
(4) En De Noche Vienes (1979)
(5) Castellanos, Rosario. Álbum de Familia. (p. 7)
(6) Poniatowska, Elena. De Noche Vienes. (p. 82)
(7) Castellanos, Rosario. Álbum de Familia. (p. 7)
(8) Idem. (p. 13)
(9) Poniatowska, Elena. De Noche Vienes. (p. 81)
(10) Idem. (p. 82)
(11) Castellanos, Rosario. Álbum de Familia. (p. 14)
(12) Idem. (p. 15)
(13) Idem. (p. 21)


Bibliografía

Castellanos, Rosario. Álbum de Familia. Joaquín Mortiz, México, 1999.
Díaz, Lidia. El cuento hispanoamericano. Narradoras Contemporáneas. Manual para el curso 6339, UTB/TSC.
Diccionario Enciclopédico Color, Visual. 1996 Ediciones Trébol, S.L. Barcelona.
Poniatowska, Elena. De Noche Vienes. Bibliografía Era. Séptima Edición 1996.


Imagen: ladyjaynessreadingden.blogspot.com