viernes, 2 de mayo de 2008

La inminencia del polvo


(Imagen: "Campo en Sabinas Hidalgo", Ramiro Rodríguez)

El día de su muerte, tío Mando presintió la inminencia del polvo en las ráfagas del viento del norte. El aire en la habitación que compartía con Alicia era espeso, de consistencia áspera, casi lo rozaba con el tacto, como cuando se pasa la mano por la piel de una mujer hermosa. Sintió la necesidad de hablar con sus hermanos, ver a los hijos que había criado con ejemplo intachable, escuchar los gritos de sus nietos en las paredes de la casa, con ecos apenas perceptibles, cuando lo visitaban. Pensó que había llegado al final del sendero con la sorpresa ingrata del silencio. Sin embargo, su estado de ánimo no decayó ni hizo el menor comentario a su esposa, quien lo había atendido durante casi cincuenta años de matrimonio.

Después de la ducha, del desayuno norteño que preparó su esposa, Armando salió al patio de su casa. Estaba orgulloso del inmueble que había construido con su trabajo. La casa era amplia, con ventanales y varios dormitorios. Había alzado esas paredes y muros con el objetivo de ver el crecimiento de sus hijos. Escuchó el sonido del viento entre los árboles de aguacate. Aunque era invierno, no hacía frío. El ruido de la acequia que pasaba al lado de su casa, ahora seca durante los últimos veinte años, era parte de su pensamiento como remembranza de lluvias. Tantos años la escuchó desde el patio, que hoy, sin el sonido del agua, tenía la voluntad y el poder de regresar los tiempos pasados hasta el presente. Subió a su camioneta. Tal vez sería la última ocasión para manejarla por las calles de Sabinas Hidalgo. Condujo por el pueblo de toda una vida, sin rumbo premeditado. Quería mirar las casas, los árboles, los huertos de aguacates, tomar instantáneas para almacenarlas en su memoria, saludar de lejos a conocidos y amigos, como lo hacía cada día. Al pasar por la casa de Quique, su hermano menor, y verlo trabajando en el huerto, le extendió la mano para saludarlo. Tío Quique supo al día siguiente que aquel gesto no había sido saludo, sino una despedida. A tío Mando siempre le habían disgustado las despedidas. Jamás permitió que le reconocieran el dolor en la humedad que se asoma por los ojos, cuando una persona se adelanta para decir adiós.

Llegó al taller de reparaciones automotrices, cuyas funciones había iniciado años atrás con la ayuda de sus hijos. Ya no trabajaba ahí. La edad y sus males crónicos no se lo permitían. Su hijo mayor administraba el negocio con la destreza aprendida de su padre.

—Buenos días, Chencho —le dijo al viejo trabajador del taller—, ¿dónde está el dueño del local?

El viejo sonrió al verlo. Le agradaba ver al hombre que lo había contratado años atrás. Ese empleo le permitía sostener a su familia de manera digna. Ahora que llevaba una corona de laureles blancos, producto de los años, seguía en aquel trabajo, a pesar de que sus movimientos habían entorpecido con la naturalidad que propone el tiempo. Le dijo que su hijo había salido. Había ido a comprar refacciones para varios tractores que requerían servicio de mantenimiento. Chencho miró a tío Mando con la curiosidad propia de las personas que se conocen desde hace años, dado que su semblante era distinto al que presentaba la mayor parte del tiempo. Lo notó triste, callado, inmerso en la profundidad de otros espacios, de otros ambientes, distinto al hombre sonriente y parlanchín que había sido siempre. El viejo mecánico lo siguió con la vista hasta la entrada de la oficina. Lo vio recorrerla como si fuera la primera vez que pusiera un pie en ella. Observaba las paredes cubiertas de reconocimientos por los cursos sobre actualización mecánica a los que había asistido, al lado de los de su hijo mayor por motivos similares, pero con fechas recientes; viejas fotografías de su hijo menor, muerto a la edad de veintiún años; otras fotografías de miembros de la familia y otros detalles con significado especial para el hombre que había dado su mejor esfuerzo para forjar el patrimonio de la familia. El entrecejo de Chencho se contrajo aún más cuando vio a tío Mando salir del taller, sin despedirse. No era común que se retirara del taller sin decir “hasta luego”. Inclusive, al viejo mecánico le pareció que ocultaba su rostro al mirar hacia otro lado, lejos de la presencia de algún par de ojos dispuestos a ver lo que no debía verse. Sabía que a él le disgustaban las despedidas. Lo que no sabía es que aquél que lo había contratado años atrás nunca permitió que le reconocieran las despedidas en la humedad que se asoma por los ojos. Lo vio subir a la camioneta con desgano e irse sin sonar el claxon, al menos.

Esa tarde de enero, cuando el sol estaba a punto de ocultarse en el horizonte, tío Mando se fue al rancho de su propiedad, solo. Le gustaban los momentos de soledad. Su rancho era un terreno de muchas hectáreas, lleno de vegetación propia de la llanura. Había vacas, caballos, cabras y borregos, gallinas y otros animales de granja. Se vio a sí mismo en el sol casi puesto en el horizonte. En ese momento del día, el hombre que se encargaba de alimentar a los animales, ya estaría en el pueblo después de las labores cotidianas. Luego de caminar por veredas, de supervisar que sus animales hubieran tenido acceso al agua y al alimento del día, tío Mando se sintió más ligero que de costumbre. Al caminar, notaba que sus pies apenas tocaban la tierra. Sin embargo, la espesura del aire se sintió más áspera que esa mañana. Pudo ver que sus manos se convertían en polvo, como el polvo seco del rancho volando sin rumbo, sus brazos, sus piernas, su cuerpo se aligeraba de la pesadez que caracteriza a la forma humana. El aire ya no pudo entrar a sus pulmones. Las vías que lo conducen se cerraron para no abrirse más. El polvo de su cuerpo había buscado el regreso al mismo camino por el que había llegado a la vida. Ahí quedó, disperso sobre la tierra seca de su rancho, solo, como él lo había elegido, solo, con sus animales y montañas, solo y la soledad que buscaba para entablar conversaciones consigo mismo, la soledad que necesitan los hombres para evaluar su trayectoria por la vida.


De Inminencia del ayer (ALJA, 2012)

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