viernes, 13 de junio de 2008

La urraca que quería ser gaviota

Entre todas las aves del monte y más allá de las montañas de la Sierra Madre, había una urraca que creía ser el ave más bella de la creación. Volaba de árbol en árbol y hablaba con las demás aves sobre su experiencia en la vida, su porte de gran majestad y la negra brillantez de sus plumas. No desaprovechaba la magnífica oportunidad que se le presentaba cuando pasaban cerca de ella algunas otras aves o cuando se posaban en el mismo árbol en que se hallaba la urraca a la que me refiero.

—Miren, qué hermosa soy —les decía con arrogancia.

Insistía en que tenía el plumaje más hermoso entre todas las aves de la comarca y que su vuelo era la elegancia en movimiento. Decía que su experiencia era mucho mayor a la de las demás aves y que la vida le había dado sabiduría. Se burlaba de todas, diciéndoles jovencillas risibles e inexpertas; señalaba que no tenían talento suficiente, como lo tenía ella. En fin, que era luminosidad y esplendor, el ave más rica y hermosa que jamás se hubiera podido encontrar en todos los bosques del planeta.

Las demás aves optaban por reírse con estrépito ante la innata vanidad de la urraca. Era costumbre que las diversas aves comentaran al oído sus opiniones muy personales sobre la apariencia de la presumida; luego rompían en carcajadas que lastimaban su ego.

—¿Pero de qué se ríen, necias? ¿Qué no ven que mi plumaje es hermoso y brillante? ¿No ven que mi vuelo es el más elegante de todos? Es evidente que la envidia les corrompe el alma. ¡Qué lastima y qué pena me dan! Pero no, no crean que ustedes causarán afectación a mi hermosura con su veneno.

Las demás aves decidían retirarse, dejándola sola, ya que su arrogancia provocaba tal antipatía que la convertía en un ser risible, incómodo e indeseable. La urraca se ponía muy triste al ver que las demás se apartaban, sobre todo las jóvenes que disentían con su carácter y gustos. Abatida por saberse sola, sin contar siquiera con la compañía de las de su especie, la urraca decidió teñirse el plumaje de blanco, sus alas de gris alucinante y el pico de amarillo suave, para adoptar la apariencia de las gaviotas. Había escuchado que el plumaje y el vuelo de estas aves marinas eran tema constante de los poetas. Como deseaba aceptación, con rapidez puso manos a la obra; quiero decir, alas a la obra.

Una vez logrado el proyecto, inició un vuelo elegante, alto y sutil, flotando en el aire para dirigirse después a las playas cercanas. Ahí, la urraca disfrazada de gaviota voló y voló con distinción para que las demás aves la vieran y la admiraran durante su trayectoria. Al pasar, sólo escuchaba exclamaciones de asombro ante la belleza del plumaje y la majestad de vuelo que ahora ostentaba. En pocos minutos había olvidado que en realidad era una simple urraca y cuando vio algunas gaviotas flotando en las suaves olas de la playa, decidió imitarlas para adherirse al grupo. Cuando llegó al agua, no pudo permanecer en la superficie como lo hacían por naturaleza las gaviotas. Nada pudo hacer para evitar el naufragio. Pereció ahogada en medio de sus graznidos fúnebres.

Desde entonces, las demás urracas descartaron la posibilidad de transformarse en gaviotas.


Imágenes: html.rincondelvago.com y fotonatura.org



2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho el cuento.

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  2. Es verdad las los Quiscalus nadie los ha tomado para un poema, yo le haré uno.

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