domingo, 26 de octubre de 2008

Día de Muertos en Sabinas Hidalgo

El Día de Muertos no es un día que provoca miedo. No es  el día de la angustia o del terror, como podría pensar la gente de otros países.

Mi madre va con frecuencia a visitar las tumbas de los deudos en Sabinas Hidalgo. No sólo es costumbre esperar los primeros días de noviembre en que el pueblo de México visita a sus muertos para recordar, para volver a vivir lo que se fue hace tiempo, sino que distintos espacios del año son buena ocasión para acompañarlos.

En noviembre, el calor del ambiente cobra otra dimensión, como de abandono, como de soledad de quienes se fueron. La estampa verde de follajes da paso a una tonalidad ambarina, como ritual de salutación al invierno que se encuentra por llegar. Las calles del pueblo se visten de hojarasca. Pero los cementerios presentan contradicción al iluminarse con el cromatismo de las flores en las tumbas de los muertos. Familias completas llegan al camposanto con una carga de azadones, palas, cubetas y franelas, para arreglar la tierra y los monumentos que guardan los restos. Algunos perfeccionan la apariencia de las lápidas con pintura nueva, a raíz del deterioro por la inclemencia del sol, el viento, la lluvia. Las aglomeraciones ocasionales que surgen por las inhumaciones durante el año, conducen a la destrucción parcial de jarrones o figuras divinas de tumbas aledañas a la de turno, de tal manera que los familiares inician labores de reparación y remodelación, utilizando recursos propios. En ocasiones, algunas personas contratan a gente especializada que espera la oportunidad para ofrecer su mano de obra en las entradas del camposanto. Otras familias, cuya economía no les permite colocar una lápida sobre las tumbas, se inclinan a extraer raíces de hierbas que se multiplican con persistencia y rapidez. La limpieza que se despliega en abundancia es satisfactoria y la definición del bulto sobre la tumba llega a parecer casi perfecto. Las letanías se dejan escuchar como bisbiseos ininteligibles, como murmullo de hojas de árboles que se mueven por el soplo suave del viento. La petición prioritaria es el descanso del ser querido. La concurrencia en esta época del año me hace pensar que el cementerio abre sus puertas sólo los días 1 y 2 de noviembre.

Los comerciantes del pueblo y rancherías cercanas aprovechan la ocasión para mejorar la economía familiar. La entrada principal del cementerio y las calles que conducen a la misma se convierten en mercado popular donde se vende una diversidad de productos. Hay puestos de ramos de flores naturales, artificiales y coronas; puestos de frutas como cañas de azúcar, mandarinas, naranjas, toronjas o pomelos y otras frutas de la temporada; dulces de calabaza, cacahuate, camote o coco, en diversos tamaños y texturas; algunos instalan puestos culinarios bajo techos improvisados con tallos de nogal, de aguacate y hojas de palma, adheridas con lienzos resistentes o con alambres delgados, donde ofrecen antojitos preparados con higiene, tales como gorditas, menudo, pozole, tostadas, enchiladas, mole en sus distintos colores y sazones y tacos de bistec o al pastor.


Mi familia y yo llegamos al lugar con varios ramos de flores artificiales traídas de Matamoros. Por lo general, mi madre las compra con anticipación ya que en esas fechas los precios se disparan. También adquirimos ramilletes de flores naturales en los puestos ubicados en la entrada del camposanto. Mamá nos pide opinión sobre cuáles comprar. “Miren, ¿qué les parecen estas gladiolas rojas? Aquéllas amarillas, qué hermosas están. Y las blancas qué lindas se ven, ¿verdad? Estos crisantemos, qué hermosos. Qué lindos los claveles y las margaritas. Mira nada más, cuánta belleza”, nos dice, chuleando las flores que llevará a las tumbas de Mamá María, tío Humberto y mis hermanitos. Mamá es amante de las flores. Sabe identificar a casi todas por su nombre. Yo desconozco cuáles pueden resultar más convenientes dado su precio, durabilidad o belleza. En realidad, opto por mantenerme ocupado en la lucha contra las mandarinas o las cañas de azúcar que me compran por mi insistencia y poder de convencimiento, antes de entrar al cementerio. Mamá también consulta las opiniones de Leticia o de Blanca, con quienes llegamos cada año. Después de escuchar las sugerencias de mis hermanas, mi madre compra las que a ella le gustan. Los ramos de flores artificiales son comprados en las tiendas de chinos en la ciudad de Brownsville. Leticia tiene talento. Confecciona una variedad de ramos y cruces que le quedan muy originales. Elabora aros con alambres metálicos que obtiene de la destrucción de ganchos para organizar el guardarropa. Para su fabricación necesita unas pinzas mecánicas con las que une extremos y alambre más delgado para reforzar las intersecciones de los alambres colocados en una especie de telaraña. Utiliza papel de aluminio para cubrir los alambres y evitar la oxidación ocasionada por la intemperie. Para terminar, enreda los tallos metálicos de ramas y flores en los aros elaborados con anticipación, de tal modo que parezca un singular ramillete de rosas o de claveles. En ocasiones, construye cruces con hielo seco para colocar ramas y flores artificiales a presión y obtener una cruz de rosas o girasoles. Estas últimas son de menor duración, debido a la fragilidad del material utilizado. Al año siguiente encontraremos los ramos del año anterior con la estructura metálica casi intacta, sin el menor daño. La única pérdida será el color de las flores artificiales. “Por esta razón prefiero las flores artificiales”, dirá mamá cuando regresemos a Sabinas Hidalgo el año próximo, “perdura durante largo tiempo su color, que es como el recuerdo de ellos en cada uno de nosotros. Ya que no es posible que viajemos con frecuencia a mi pueblo, prefiero hacerlo así para que las lápidas permanezcan arregladas por más tiempo. Nunca están solos. Todo el año pienso en ellos”.


Después de elegir las flores naturales en la entrada del camposanto, de penetrar por veredas laberínticas, encontramos la tumba donde descansan los restos de Mamá María y tío Humberto. En acto solemne, como ritual religioso donde mi madre es una especie de sacerdotisa, se colocan los ramos sobre la lápida y cada quien da una oración en silencio. La costumbre del altar de muertos no tiene arraigo en este lugar de Nuevo León. La gente se limita a entregarles flores como ofrenda devota a su recuerdo. Después iniciamos la búsqueda de las tumbas de mis hermanos. Mamá encabeza la procesión. Sabe con exactitud hacia dónde dirigir sus pasos. Al encontrarlas, permanecemos un momento más prolongado. Mamá se reclina sobre las tumbas sin pronunciar palabra. Un silencio la invade por minutos y nosotros aceptamos su silencio. El recuerdo de sus hijos acaecidos en los años cincuenta es tan intenso que aún le duele no tenerlos. Para los padres, perder un hijo es un poco morir.

Las tumbas de nuestros deudos adquieren una belleza singular después de los trabajos de limpieza y la colocación de flores para coronar su figura. Pronto se adhieren al colorido colectivo que invade al cementerio de Sabinas Hidalgo. Yo no conocí a mis hermanos. Mi madre me ha enseñado a quererlos cuando observo que son sustancia vital en sus recuerdos.

Hace ya varios años que no visito el camposanto de Sabinas Hidalgo. Mamá tampoco. Un día tomó la decisión de iniciar la búsqueda de sus hijos en otros espacios.

De Inminencia del ayer (ALJA, 2012)

Imágenes: Ramiro Rodríguez

sábado, 18 de octubre de 2008

La ira como recurso expresivo

La ira como recurso expresivo en la poesía
de Jaime Sabines: la execración y la imprecación.


Un elemento fundamental en la poesía de todos los tiempos es la emotividad en el discurso poético. Más que la imaginación y la fantasía del hombre, más que el mundo creado por la irrealidad y la inventiva, la experiencia humana permite a la obra la gestación del condimento que estremece, el brochazo literario que sacude con efectividad a la empatía humana en quien busca el placer estético en las líneas luminosas de un poema.

Muchos poetas han sabido complementar los conceptos poesía y emotividad, combinarlos como fórmula inseparable durante el proceso de creación poética. Pero en Jaime Sabines (Chiapas, México, 1926-1999) cobran una dimensión singular, extraordinaria. Ambos elementos poéticos irrumpen desde el núcleo de manifestaciones emocionales con diversos enfoques, perspectivas, colores y matices. El impacto de sus poemas radica en la expresión perentoria de un sentimiento inmanente en la conducta del ser humano: la ira, esa explosión repentina y estruendosa que traduce con exacta fidelidad un momento anímico desbocado.

La execración y la imprecación —o maldición—, son figuras retóricas del pensamiento de carácter patético, vituperios, reprobaciones. En la primera “el que habla manifiesta el deseo de que le sobrevenga algún mal”, es una forma de flagelarse, de castigarse a sí mismo como consecuencia de la desesperación o el padecimiento. La segunda figura “consiste en proferir palabras en que se pida o manifieste desear vivamente que alguien reciba mal o daño” (1), es decir, el mal se desea para una segunda o tercera persona. Estos son recursos estilísticos que logran la creación de un sistema y el poeta los utiliza para destacar la ira que lo corrompe en momentos de dolor o de penuria. El poeta dice en su poema “Lento, amargo animal”:

“—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—”
(2)

La maldición no sólo recae en la figura humana. El poeta maldice a la soledad que lo acosa en una especie de círculo concéntrico y del cual no puede salir. Esa desesperación expresada por la palabra maldita, esa angustia ante el encierro en sí mismo, provoca una especie de explosión que estriba en los ángulos de la maldición. La ira conduce a la agresividad, aun contra el lector desconocido, quien es maldecido al leer:

“(Me avergüenzo de mí hasta los pelos
por tratar de escribir estas cosas.
¡Maldito el que crea que esto es un poema!)”
(3)

La ira que conduce con frecuencia a la confusión interna, la rabia que procede a la separación temporal entre el ser humano y la propia identidad, provocando el acto de maldecir a diestra y siniestra, a imprecar contra el semejante, incluyendo al tiempo, personificado en el siguiente poema con la tentativa de lograr mayor efectividad en el proceso de la maldición:

“¡Qué tiempo este, maldito,
que revuelve las horas y los años,
el sueño y la conciencia,
el ojo abierto y el morir despacito!”
(4)

La expresión popular de disgusto —tal vez con ligera reminiscencia de interjección— "carajo", traduce el estado anímico del poeta ante su situación de cansancio, un cansancio físico o psicológico. La efectividad expresiva de la execración, aun con asomo a lo popular o altisonante, puede observarse cuando el poeta dice:

“¡Carajo! Estoy cansado. Necesito
morirme siquiera una semana”.
(5)

Por otra parte, el poeta deja entrever cierta característica estereotipada por el hombre macho, muy común en el hombre hispanoamericano, cuando agrede psicológicamente a la pareja. Aunque destaque la función antitética de la expresión, la tentativa viene a estribar en el humorismo, de tal modo que el enojo machista del poeta se convierte en paradigma humorístico del lenguaje popular:

“Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete”. (6)

Desde luego, aquí la imprecación carece de autenticidad. El poeta no desea la muerte —extinción de vida— para su pareja, sino que "muérete" tiene una connotación distinta a lo que el término denota, es una expresión en sentido figurado.

La ira del poeta que padece la incredibilidad de su entorno, su rabia y su inconformidad con el medio que lo circunda, se manifiesta en imágenes que algunas veces dejan entrever una visión desagradable de la vida, una perspectiva antipoética de la vida. Los vocablos "mierda", "vísceras", "jijos" y otros, logran desplegar la distorsionada fealdad de la vida, característica de incuestionable origen antipoético, y de esta forma surge la inconformidad humana caracterizada por el enojo, por la rabia que sacude al poeta, quien lleva la ira a sus extremos mediante la siguiente enumeración caótica como efectivo recurso de explosión anímica:

“Digo puñales, carretón de cabezas de res, bodegas de vísceras, peroles de sangre, restauranteros de etiqueta, borrachos, damas elegantes de cauteloso menstruar, solitarios, ríos de mierda bordeando la ciudad, bardas infinitas entre los árboles y la neblina, panteones desahuciados por los reverendos gachupines curas jijos, catedrales del rábano, periféricos, tianguis de pintores, antología de jotos malditos bilinguados…” (7)

El padecimiento físico es también exasperante y la rabia del poeta se asoma a la intemperie del papel, se concentra en la desesperante expresión —tal vez menos altisonante en el sur de México en comparación con el norte— "¿Qué putas…?" dentro del siguiente poema:

“¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?”
(8)

Además del enojo manifiesto en la expresión anterior, se aprecia cierta desesperanza de mejoramiento, de posible solución a la problemática. Ahí la recurrencia al término exacto de la exasperación. En el mismo poema, más adelante, existe el bipartismo del “yo” y el “tú” que asevera la confianza para vomitar la rabia mediante el uso de la misma expresión:

“¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?”
(9)

Con severidad tradicional y conservadora, la altisonancia es cuestionada como recurso poético. Sin embargo, en Jaime Sabines brota como una herramienta bastante efectiva para la traducción fiel y exacta de cierto estado anímico. El folclore, el lenguaje popular, las formas del lenguaje propias del pueblo, también se traducen en poesía para despertar la posible reflexión en el lector y agregar cierto condimento humorístico:

“Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas (…) y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen: pinche piedra” (10)

La expresión mexicanísima del verbo "chingar", estudiada a profundidad por Octavio Paz (11) en su ensayo y Carlos Fuentes (12) en su novela, en su acepción de frustración o de fastidio o de amenaza, aparece para exteriorizar la ira que corrompe las paredes internas del poeta ante la inminencia de la muerte y el protocolo de homenaje al hombre ilustre:

“(¡No me vayan a hacer a mí esa cosa
de los Hombres Ilustres, con una chingada!)”
(13)

Otra connotación de "chingar" puede ser el de separar lejos, el de arrojar a la distancia aquel hecho lastimoso que incomoda e inquieta, el de mandar a la chingada las lágrimas y la muerte que lo acosan tras la muerte del Mayor Sabines. Esta situación de imprecación se manifiesta en los siguientes versos donde el poeta decide terminar con un intenso padecimiento, obligándose a sí mismo a mantenerse incólume ante el dolor:

“¡A la chingada las lágrimas!, dije (…) ¡A la chingada la muerte!, dije” (14)

En el siguiente fragmento poético la connotación de "chingar" es similar a la anterior. Sin embargo, en este poema destaca la ironía para calificar al cáncer que padece el Mayor Sabines: el cáncer es "el Señor Pendejo". Y ahí radica la impotencia implícita, la rabia aquí arrojada en una especie de postura moderada, la rabia que desemboca en la altisonancia para calificar al cruel motivo del dolor filial:

“Mi padre tiene el ganglio más hermoso del cáncer
en la raíz del cuello, sobre la subclavia,
tubérculo del bueno de Dios,
ampolleta de la buena muerte,
y yo mando a la chingada a todos los soles del mundo.
El Señor Cáncer, El Señor Pendejo,
es sólo un instrumento en las manos obscuras
de los dulces personajes que hacen la vida”.
(15)

Mediante esta aproximación ensayística, es posible conocer a un Jaime Sabines colérico, violento en abundantes ocasiones, explosivo —nunca implosivo, porque las implosiones transfiguran el alma—, fragmentado hacia el exterior en minipartículas mediante expresiones cargadas de ira como manifestación humana. El poeta suave, carente de retórica revestida de oquedad y vocablos presuntuosos, pero nunca de expresión llana y convencional, toma otro rumbo; el poeta de imágenes poderosas y efectos de sonoridad mediante el uso de estribillos, anáforas y otras figuras literarias relevantes, estriba en la explosividad de carácter; un Jaime Sabines temperamental como recurso estilístico predominante, un poeta con arraigada voz de protesta, nunca vulgar, aun en postura paralela al uso de palabras denominadas altisonantes, las cuales —en él— portan un indescriptible efecto de identificación folclórica, correspondencia y sabrosura fonética, porque no son palabras producto de la improvisación ni la arbitrariedad, sino de premeditada intención y funcionalidad.

Bibliografía
Sabines, Jaime. Antología Poética. Fondo de Cultura Económica, Colección Tierra Firme. México, 1995.
Sabines, Jaime. Recogiendo Poemas. Ediciones Zarebska, México, 1997.
Guillón Barrett, Yvonne. Versificación Española. Compañía General de Ediciones, México, 1976.
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica, México, 1996.
Fuentes, Carlos. La muerte de Artemio Cruz. Fondo de Cultura Económica, México,1985.

(1) Guillón Barrett, Yvonne. Versificación Española, págs. 190 y 193.
(2) Sabines, Jaime. Antología Poética, p. 19
(3) Idem, p. 357
(4) Idem, p. 363
(5) Idem, p. 225
(6) Idem, p. 205
(7) Idem, p. 234
(8) Idem, p. 150
(9) Idem, p. 150
(10) Idem, p. 271
(11) Paz, Octavio. El laberinto de la soledad, “los Hijos de la Malinche”, p. 81.
(12) Fuentes, Carlos. La Muerte de Artemio Cruz, p. 143.
(13) Sabines, Jaime. Antología Poética, p. 327
(14) Idem, p. 355
(15) Idem, p. 356


Imagen: Wikipedia