sábado, 27 de diciembre de 2008

Prólogo de Cosmogonía de la palabra

Por Elvia Ardalani


“In ways that need not be doctrinal,
strong poems are always omens of resurrection”

Harold Bloom

Abrir las páginas de este libro es ahondar en uno de los misterios más antiguos: el origen de la poesía, su transformación en palabra y la relación de ésta con el poeta, ese bardo pescador, ese desconsolado enamorado que reconoce en su intento amatorio la futilidad del mismo. Hay algo sacramental en este texto del autor que lo separa del resto de su obra y que pone de manifiesto su irrevocable vocación de poeta. El libro todo puede leerse como la preparación-anticipación a un rito de entrega y permanencia en la que ambos protagonistas (poesía y poeta) se unen y se convierten en uno solo: la verdad que los define, los limita y los libera. Como los integrantes de este binomio amoroso son de orden distinto, disímiles en su naturaleza orgánica, la amada se ve obligada a reencarnar en el viento humano de la palabra y el poeta, para alcanzarla, se vale de sus cinco sentidos para acogerla, moldearla y moldearse.

Cosmogonía de la palabra inicia con los diez mandamientos del poeta, otorgándole a la palabra calidad divina, estirpe sagrada que debe ser adorada, cultivada, prolongada, por su fiel devoto. Desde el inicio del texto el binomio poesía-poeta (palabra-hombre) aparece perfectamente situado como eje de ese maravilloso proceso de deificación que justifica la existencia de ambos componentes: sin poesía no hay poeta y sin poeta la poesía no adquiere esencia mítica. En la antigüedad los seres humanos se valían del canto poético para honrar a sus deidades, sin éste la expresión espiritual quedaba tangiblemente cercenada. Sin embargo, en la propuesta de Ramiro Rodríguez la poesía es la divinidad donde el yo poético intenta, desesperadamente a veces, trascender el misterio por medio de la unión-comunión, transubstanciándose ambos en un todo extasiado, medular, místico a veces.

Una vez establecidos claramente los diez mandamientos del poeta, el poemario comienza con un recorrido fabuloso de los cinco sentidos del poeta que, como quien viste un hábito, como quien se ajuarea para iniciar un rito primigenio, va enjoyando desde la vista hasta el tacto, en preparación a la entrega incondicional del oficio poético. “Creo en la coincidencia de los ojos” dice con certeza la voz lírica de Ramiro Rodríguez, iniciando así la validez ritual de la mirada que busca en su recorrido la comprensión de la palabra. “Mis ojos verán lo nunca visto” repite Rodríguez anticipándose y anticipándonos al delirio poético. De los ojos, el poeta pasa al sentido del gusto en Paladares, diciendo “Sabor olvidado de milenios es la palabra”. Es en este sentido justamente, donde el poeta se siente momentáneamente dueño de la palabra, la humaniza, la concretiza al oficio humano de la escritura. Es decir, la voz lírica, en su limitación por entender el cosmos de la palabra, del verbo, opta por otorgarle caracteres humanos y va más allá, por momentos la posee, es de él, es de ambos esa cópula profundamente misteriosa que los define y los trastoca. El tercer sentido que utiliza el poeta para llegar al cuerpo de su amada poesía es el del oído. En Percepción del sonido, Rodríguez opta por alcanzar a la amada a través de la palabra hablada. “Óyeme como quien oye a los pájaros/cuando cantan el poema de las generaciones” en estos versos no sólo intuye el origen eterno e inmensurable de la poesía, también le da valor litúrgico cuando a su individualidad se suman todas aquellas generaciones de seres humanos que formaron parte de esa aparente singularidad. Aquí la voz lírica se reconoce colectividad, reotorgándole a la amada cualidades sagradas. El cuarto sentido, el del olfato, se manifiesta con una marcada nostalgia por la naturaleza. “Si atiendes señales que dicta el olfato/sabrás que te espero bajo el álamo” dice el yo lírico convencido de que su amada se encuentra, omnipresente, en ese mundo natural que le rodea. El recorrido termina con el sentido del tacto, en Huellas dactilares. “Desde el origen celular del tacto/en el reflejo azul del universo/la palabra es la palabra” afirma el sujeto poético, convencido así de que la amada, la poesía, es y será pródiga e inaccesible. Terminado el recorrido sensorial se inicia la fase de elevación, la unión sagrada que los lectores apenas podremos adivinar, como quien intuye a Dios desde las líneas de la mano.

Cosmogonía de la palabra es un libro que debe leerse lentamente para poder disfrutarse, como todos los buenos libros. En él, el lector no resolverá el enigma de la creación poética, pero hallará, guiado por la mano de Rodríguez, el misterio del origen divino, el universo de la palabra, que de manera inconmutable también sabe del polvo.

Elvia Ardalani

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Elvia Ardalani (H. Matamoros, Tamaulipas, 1963). Profesora de Escritura Creativa y Literatura en la Universidad de Texas Pan Americana y reside en la ciudad de Harlingen, Texas. Escribe poesía, cuento y artículos críticos sobre literatura y creación literaria. Es editora de la revista electrónica "El Collar de la Paloma" y autora de De Cruz y Media Luna (1996) y Y Comerás del Pan Sentado Junto al Fuego (2001) y Miércoles de ceniza (2007).

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