lunes, 16 de junio de 2008

Crónica V Encuentro Voces en la Frontera

“Rasgué mi corazón y echó a volar una bandada de palomas negras”, verso memorable del poema “Lamentación de Dido” de la célebre mujer de las letras mexicanas, Rosario Castellanos, como uno de los preámbulos para la presentación de los escritores. Así, verso a verso, poetas, ensayistas y narradores, recordaron a la autora de algunos de los libros más importantes de la literatura de México. Los días destinados para la cita fueron el 6 y 7 de junio, en el Palm View Community Center de McAllen, Texas. El grupo literario Canto Rodado realizó por quinta ocasión el Encuentro de Literatura Voces en la Frontera. Fue un encuentro de amigos creadores que se reunieron para poner a consideración la obra narrativa, ensayística y poética, de la actualidad tamaulipeca, nuevoleonesa y texana. El Encuentro se vio enriquecido con las opiniones, comentarios, perspectivas y experiencias, en el proceso lector y creativo de los congregados.

El anfitrión del Encuentro fue el narrador nativo de Valle Hermoso, Tamaulipas, pero avecinado en la ciudad de McAllen Roberto De la Torre Hurtado, quien esa tarde presentó su libro de narrativa breve El Vampiro del Río Grande, obra que reúne trece cuentos y las viñetas del pintor y también poeta, Alejandro Rosales Lugo. Este pintor y poeta de Ciudad Victoria, Tamaulipas, presentó algunos de sus textos poéticos recientes en donde el amor y la mujer son la columna vertebral del discurso poético. Otro pintor y literato de reconocido prestigio en Tamaulipas que hizo acto de presencia fue Arturo Medellín Anaya, quien leyó algunos fragmentos de su novelística reciente. El arte visual también estuvo a consideración de la concurrencia: una interesante exposición de la obra fotográfica del escritor mexicano Juan Rulfo y la visión ensayística de las imágenes por el conocido crítico regiomontano Rogelio Reyes. Además, una muestra de carteles de la cinematografía universal basados en textos literarios de célebres creadores fue presentada por el ensayista y crítico dominicano radicado en Estados Unidos, Freddy Peralta, quien dio asimismo una interesante charla con visión ensayística sobre esta manifestación artística.

Otras intervenciones interesantes fueron la cuentística de Francisco Salazar de Reynosa y José Enrique Saucedo de Monterrey, Nuevo León. Éste presentó algunos textos narrativos de su libro La Otra Ciudad, mientras que Salazar leyó un cuento de su autoría. La visión ensayística de la obra de Octavio Paz del escritor Alfredo Arcos de Nuevo Laredo, la exquisita poesía de Rossy Evelyn Limá de McAllen y la madurez del discurso poético de Juan Antonio González de Brownsville, también dieron realce al Encuentro, así como los ensayos de Arturo Zárate y la poesía del cubano Jay Álvarez.

Cabe destacar la distinguida presencia de la revista literaria Puentes cuyo editor, Jesús Rosales, dio a conocer como un importante vínculo de unión entre las diversas ciudades reunidas en estos días de junio. Asimismo, Juan Antonio González, editor de la revista literaria Novosantanderino presentó algunos de los últimos ejemplares que reúnen una muestra significativa de las letras de estos tres estados. Enhorabuena para los organizadores y un fraternal agradecimiento a Martha De la Torre, quien estuvo al pendiente de nuestra comodidad.

viernes, 13 de junio de 2008

La urraca que quería ser gaviota

Entre todas las aves del monte y más allá de las montañas de la Sierra Madre, había una urraca que creía ser el ave más bella de la creación. Volaba de árbol en árbol y hablaba con las demás aves sobre su experiencia en la vida, su porte de gran majestad y la negra brillantez de sus plumas. No desaprovechaba la magnífica oportunidad que se le presentaba cuando pasaban cerca de ella algunas otras aves o cuando se posaban en el mismo árbol en que se hallaba la urraca a la que me refiero.

—Miren, qué hermosa soy —les decía con arrogancia.

Insistía en que tenía el plumaje más hermoso entre todas las aves de la comarca y que su vuelo era la elegancia en movimiento. Decía que su experiencia era mucho mayor a la de las demás aves y que la vida le había dado sabiduría. Se burlaba de todas, diciéndoles jovencillas risibles e inexpertas; señalaba que no tenían talento suficiente, como lo tenía ella. En fin, que era luminosidad y esplendor, el ave más rica y hermosa que jamás se hubiera podido encontrar en todos los bosques del planeta.

Las demás aves optaban por reírse con estrépito ante la innata vanidad de la urraca. Era costumbre que las diversas aves comentaran al oído sus opiniones muy personales sobre la apariencia de la presumida; luego rompían en carcajadas que lastimaban su ego.

—¿Pero de qué se ríen, necias? ¿Qué no ven que mi plumaje es hermoso y brillante? ¿No ven que mi vuelo es el más elegante de todos? Es evidente que la envidia les corrompe el alma. ¡Qué lastima y qué pena me dan! Pero no, no crean que ustedes causarán afectación a mi hermosura con su veneno.

Las demás aves decidían retirarse, dejándola sola, ya que su arrogancia provocaba tal antipatía que la convertía en un ser risible, incómodo e indeseable. La urraca se ponía muy triste al ver que las demás se apartaban, sobre todo las jóvenes que disentían con su carácter y gustos. Abatida por saberse sola, sin contar siquiera con la compañía de las de su especie, la urraca decidió teñirse el plumaje de blanco, sus alas de gris alucinante y el pico de amarillo suave, para adoptar la apariencia de las gaviotas. Había escuchado que el plumaje y el vuelo de estas aves marinas eran tema constante de los poetas. Como deseaba aceptación, con rapidez puso manos a la obra; quiero decir, alas a la obra.

Una vez logrado el proyecto, inició un vuelo elegante, alto y sutil, flotando en el aire para dirigirse después a las playas cercanas. Ahí, la urraca disfrazada de gaviota voló y voló con distinción para que las demás aves la vieran y la admiraran durante su trayectoria. Al pasar, sólo escuchaba exclamaciones de asombro ante la belleza del plumaje y la majestad de vuelo que ahora ostentaba. En pocos minutos había olvidado que en realidad era una simple urraca y cuando vio algunas gaviotas flotando en las suaves olas de la playa, decidió imitarlas para adherirse al grupo. Cuando llegó al agua, no pudo permanecer en la superficie como lo hacían por naturaleza las gaviotas. Nada pudo hacer para evitar el naufragio. Pereció ahogada en medio de sus graznidos fúnebres.

Desde entonces, las demás urracas descartaron la posibilidad de transformarse en gaviotas.


Imágenes: html.rincondelvago.com y fotonatura.org



domingo, 8 de junio de 2008

Décimas a un cuadro



“Una puesta de sol
en Acapulco...”

Es un cuadro misterioso
que luce un par de colores;
del mar canta los olores,
de las olas, lo sinuoso.
Fuera del hecho asombroso
es la costumbre, el olvido,
lamento, sombra, un gemido
en lo inconcebible atado;
si acaso, es sol recordado
pero siempre restituido.

Es sólo fugaz momento
bajo un vidrio capturado,
donde el cielo consternado
sangra con tenaz acento.
Gime de dolor el viento
y el agua del mar colora
las dulzuras en que otrora
los destellos fulgurantes,
hoy lívidos y distantes,
cantaran con voz sonora.

Sólo sombras permanecen
en el cuadro de la nada
y, ante la mar observada,
las alturas se anochecen.
Las estrellas enloquecen
porque la peña se esconde
dejando yo no sé dónde
la pasión desvencijada,
la inquietud inusitada
y la voz que no responde.

Una sombra casi humana,
mi silueta frente al mar,
dio lo que tuvo que dar
aquella tarde lejana.
Y ya no habría un mañana
para esa constante voz
que un día fuera feroz
y que ahora el sol oculta
como una triste resulta
de aquella tarde de adiós.

De Desierto azul (E. A., 2005)