viernes, 20 de febrero de 2009

La habitación blanca

La habitación era blanca y silenciosa. El hombre de mirada triste entró por una puerta oscura, sabiendo de antemano que la habitación a la que entraba podría ser blanca y silenciosa. Pero la blancura y el silencio cobraban ahí otro concepto, otra textura. La blancura era más blanca y el silencio más silencioso. A su alrededor había cuatro paredes blancas, luminosas, con destellos incomprensibles, un techo blanco con dos lámparas blancas y un piso blanco, como las paredes que vio al entrar a la habitación. La blancura inmarcesible de estos elementos le hizo retroceder en el tiempo para recordar la espuma del mar durante los veranos de su infancia, cuando iban todos a quemarse bajo el sol en la playa, cuando se recostaba sobre el oro de la arena, cuando corría detrás de los cangrejos en estampida para atraparlos o sacar algunos pececillos fugaces a la orilla de las aguas. Su niñez y el mar eran el mismo concepto. Movimiento y blancura, armonía y perfección, lejanía y hondura. Por eso las paredes blancas de la habitación a la que entró le trajeron recuerdos que nunca habían sido destruidos por el viento ni deshojados por el transcurso del tiempo ni el desprecio del olvido.

La habitación blanca y silenciosa no tenía ventanas. Carecía de ojos hacia el exterior. Sólo había dos puertas solitarias, mudas, congeladas por el abandono en el que se coloca a los objetos inservibles. Una, por la que el hombre de mirada triste entró, oscura por fuera, blanca por dentro. La otra, también blanca, conducía a quién sabe dónde y debía ser también oscura por fuera, como la puerta que instantes atrás había abierto. Recordó la habitación que ocupaba en la casa de su infancia, donde sí había cantidad de ventanas, escaparates absolutos hacia la brillantez del sol, hacia el viento que entraba todos los días por las mañanas como suave suspiro de Dios cuando despierta del sueño nocturno. Colocaba las cortinas de su habitación hacia un lado para permitir el acceso invasor del sol. Daba gracias por la bendición de un nuevo día, por ser alguien y no algo. Una habitación singular, de calidez incomparable, sencilla en su máxima definición, de intimidad extraordinaria, la habitación que ocupaba durante los felices años de su infancia.

No había mobiliario ni cuadros sobre paredes ni alfombras en la habitación blanca y silenciosa, adonde el hombre de mirada triste entró tras abrir la puerta oscura. Al centro, una camilla con cuatro ruedas pequeñas, melancólica y fría, como las camillas que deambulan por los pasillos de cualquier hospital, cubriendo un contorno conocido, una figura que le era familiar, bajo una sábana, blanca también. Recordó que la casa donde él vivía cuando era niño sí tenía mobiliario, muchos muebles antiguos y modernos, algunas pinturas saturadas de imagen y colorido, excelente contraste en el gusto y la selección. Recordó también que no había sábanas blancas en su casa, en ninguna habitación. Al hombre de mirada triste le pareció extraño recordarlo. En realidad, nunca vio alguna cama cubierta con la pulcritud de sábanas blancas. Tal parecía que estuviera prohibida su existencia dentro de la casa. Su madre prefería colocar sobre las camas sábanas suaves, de colores vistosos y alegres, de figuras y matices múltiples, agradables al alma, como los colores que podían encontrarse en la playa de su infancia, colores de arena y de agua marina, color de cielo, de plantas playeras extendidas sobre la arena, colores de caracoles y de cangrejos y de peces. Todos los colores posibles en un paisaje marino, menos el blanco incomparable de la espuma sobre las olas o el plumaje de las gaviotas en vuelo.

El hombre de mirada triste avanzó con pasos entrecortados hacia la camilla cubierta con una sábana blanca en el centro de la habitación que no tenía ventanas, sólo dos puertas y que era blanca y silenciosa. El silencio de la habitación era intenso. Se podría decir un silencio que llenaba el ambiente de estridencia y oquedad; sólo sus pasos vacilantes sobre el piso blanco le recordaban que había alguien con vida dentro de ese espacio. ¿Y qué es la vida?, se preguntó con voz muda, quebrantada, sin encontrar explicación o sin detenerse a explorar espacios para formular respuestas, ¿qué es la vida? Entonces el haz surgió como relámpago que todo lo ilumina, que todo lo abarca y lo comprende, con prisa por salir de una prisión, hasta entonces, interminable: la vida es un suspiro para perpetuarse, una brevedad perpetua. El silencio de la habitación blanca y silenciosa le recordó tardes en que bebía café con su madre, sin necesidad de palabras, siempre construyendo puentes intangibles, diálogos internos como producto de la compañía mutua. Un silencio roto de manera ocasional por palabras sencillas y espontáneas, palabras azules o blancas, como las paredes de la habitación blanca y silenciosa donde ahora se encontraba recordando.

Llegó hasta la camilla con cuatro ruedas pequeñas al centro de la habitación blanca y silenciosa para levantar la sábana también blanca, pero detuvo su tentativa. Empezaba a llover dentro de la habitación. Con misterio inexplicable, se habían formado nubes grises y majestuosas, presagio de tormentas y estupor, augurio de desconcierto, de inundaciones, dentro de la habitación blanca y silenciosa, que ya no era blanca ni silenciosa por razones obvias. Las paredes tenían ahora un color grisáceo de nubes de tormenta. El silencio fue extinto por el estruendo que da paso a las gotas monocordes de la lluvia. El hombre de mirada triste recordó las tardes lluviosas en la playa de su infancia. Recordó que la playa también cobra belleza cuando está bajo el influjo del agua que baja de las nubes en ritual de magia. Recordó que la lluvia marina cae sobre el hombre, que lava los pies para ahuyentarlos de impurezas internas. Pareció sentir sobre su espalda gotas de lluvia como inofensivos dardos a causa de la fuerza del viento marino, pero sensación agradable al fin porque estaba ahí, en la playa de su infancia.

La habitación que era blanca y silenciosa segundos antes, tras abrir la puerta oscura, ya no era blanca ni silenciosa en ese momento de lluvia repentina. Ahora era gris, consecuencia de la lluvia, gris como día de lágrimas y estridente como sollozo.

El hombre de mirada triste levantó la sábana gris, antes blanca, bajo la lluvia dentro de la habitación, ahora gris y estruendosa. Ahí encontró lo que ya sabía. Lo había visto tantas veces en sus sueños. Tal vez por esa razón tenía predilección por las rosas, en particular por las rosas blancas. Bajo la sábana gris, antes blanca, encontró un hermoso ramo de rosas blancas, de enervante aroma y frescura, como recién cortadas, aún con el rocío de madrugadas húmedas, rosas de delicadeza en cada uno de sus pétalos. Las cogió entre sus manos para estrecharlas contra su pecho y su blancura natural devolvió la blancura a la habitación de paredes antes grises, a la sábana antes gris sobre la camilla, al techo y piso antes grises por la lluvia. Fue como el nacimiento de un nuevo sol, blanco y luminoso, que ofrenda blancura a todo lo que toca con los dedos de sus rayos. Pero nunca dejó de llover dentro de esa habitación ni fuera de ella, aun con la blancura devuelta. El hombre de mirada triste nunca abandonó el recuerdo de la playa, la cadencia de las olas, el oro magnífico de la arena, su habitación con ventanas y sábanas coloridas, ni el silencio al beber una taza de café con su madre sin decir palabras. El hombre de mirada triste nunca olvidó la habitación blanca y silenciosa donde encontró un ramo de rosas blancas sobre una camilla con cuatro ruedas pequeñas, como de hospital, bajo una sábana blanca, blanca.


De Inminencia del ayer (ALJA, 2012)


Imagen: embajada-ecuador.ru

No hay comentarios.:

Publicar un comentario