domingo, 8 de marzo de 2009

El tiempo y sus rostros en Itineransias


El tiempo y sus rostros en Itineransias
de Juan Antonio González Cantú

Por Ramiro Rodríguez

Escribir con auténtica vocación lleva al hombre a la devoción de los sentidos, a la necesidad de alzarse —como antorcha olímpica— entre las muchedumbres, al proceso de reconocimiento interno para comprenderse frente al espejo. Para un hombre al servicio de las letras, la escritura es literalmente el pan suyo de cada día. La creación estética es el derramamiento de los ojos, la pronunciación del cosmos interno, el proceso de simbiosis entre el humano y el entorno. El escritor encuentra su modo de subsistir a través del texto, una subsistencia emocional, sublime, ontológica, que es la necesidad de enunciarse a través de la palabra.

Juan Antonio González Cantú (México, 1950) es escritor con auténtica vocación. Cuidadoso del lenguaje, orfebre del verso, con frecuencia circunspecto frente a la palabra, lúdico cuando es oportuno e irreverente en la invención de vocablos y conceptos. Itineransias es un vocablo así, inventado, descarado, exacto, neologístico como esta misma invención lingüística; pero justo y necesario para hablar de la experiencia personal y su ansiedad ante las cosas.

“Escribo para no perder la costumbre”(1)

Escribir es costumbre, quehacer cotidiano en un tiempo destinado a la adoración de la palabra. Para González Cantú, el proceso de creación literaria es el trazo de un paréntesis dentro de la obligación laboral, la profundización en sí mismo para encontrar la subsistencia emocional y continuar el itinerario hacia delante.

“Tantos renglones
y ninguno”(2)

El escritor escribe sus versos y, al verlos, encuentra el vacío, el silencio, la vaciedad de los sentidos. Pero eso es escritura, las palabras que tal vez dicen todo o dicen nada, palabras que nos quitan tiempo durante el letargo del día para crear otras palabras, otros momentos, para recrear ambientes y recrearnos como seres cambiantes, en proceso de transformación constante. El poema puede ser el conjunto de palabras escritas en un papel blanco, invisibles ante los ojos de muchas personas, visibles ante los ojos de muchas otras personas. El tiempo que se invierte para su construcción nos lo dice.

El escritor es lector por naturaleza, por mandato divino, por voluntad propia. Y en el proceso de lectura se nos quedan en la mente las reminiscencias de grandes escritores que huellan la conciencia para siempre, las imágenes poderosas que nos asaltan y nos encuentran entumecidos ante la emoción crónica de haberlas visto alguna vez:

“Percibo el tumbo de las olas”(3)

González Cantú lee con devoción casi religiosa a los modernistas, por afición estética u obligación laboral, tal vez él pudiera aclararlo. Itineransias es una colección de poemas bellos, elegantes, con un lenguaje lustroso, brillante, neoparnasiano. Es su propia voz, sí, pero cómo no encontrar el aliento inconfundible de Manuel Gutiérrez Nájera con su poema “Para entonces” en el verso anterior; o del poema “Non omnis moriar”, del mismo escritor mexicano, en el siguiente verso:

“No morirás del todo”(4)

Además del tema sobre la problemática en el limbo de dos naciones y la filosofía que sostiene a su identidad como hombre fronterizo, el autor reverencia al tiempo y sus rostros: sus derivados, sus variantes, en Itineransias. Juega con el vocablo tiempo, lo desgaja en múltiples elementos, lo manipula como materia plástica para encontrar sus variantes lexicológicas: destiempo, atemporalidad, tempus fugit, contratiempo, temporal, intémpora, intemperie…

“Cuando indagué a destiempo
… su estancia atemporal”(5)

En el poema “Atemporalidad”, el autor recurre al manejo de la raíz del vocablo “tiempo” con el objeto de crear una sucesión de palabras relacionadas morfológicamente entre sí. El producto final es un poema lúdico donde el autor cuestiona los resultados injustos que le ofrece el paso inmisericorde del tiempo. El tema no es novedoso [recordemos el popular poema de Renato Leduc (6)] pero la manera en que se plantean los elementos y el lenguaje que se utiliza para codificar el mensaje, lo son.

“Asgo cronógrafos de arena”(7)

Las imágenes sobre la apreciación del tiempo y su fluidez son de una estética bien elaborada, pensadas con detenimiento. Es la metáfora la figura literaria por excelencia cuando se trata de crear poesía. En el verso anterior el poeta se arraiga a su juventud a través de “cronógrafos de arena”. No es una renuncia al estado de madurez. Es, con simpleza total, el estado que nos aleja del momento al que nadie quiere llegar en el itinerario de la vida.

“Me fui de mi juventud”(8)

Para el autor, el tiempo simboliza también la pérdida de la juventud, la entrada al proceso de madurez que sólo otorgan los años y la experiencia. En ocasiones, con la nostalgia de los elementos que no volverán; en otras, con la altivez de quien se enorgullece por la vivencia, la sabiduría y la completitud del hombre vivo.

“El tiempo otorga justificantes”(9)

El poeta se aproxima al romántico tema de la muerte, establece una relación estrecha con esta etapa final de la vida, donde el tiempo es el único culpable al arrojarle en brazos de aquélla que al hombre transforma en polvo. En el poema “Itinerario”, el autor aborda el tema dándole al poema el tono elegíaco que, por naturaleza literaria, le corresponde.

“Dar y recibir, propone el tiempo”(10)

Aquí la voz se fortalece con la encomienda natural en el ser humano, la misión que como personas tenemos quienes formamos una sociedad. En el poema “Encuentros”, el tiempo es corto para realizar las acciones buenas; es necesario utilizarlo para complementarnos con quienes nos rodean.

“Hoy di vuelta al calendario”(11)

El poeta observa el paso del tiempo, su fugacidad y el vaho de espesura que queda como cortina de humo entre lo que somos y lo que fue. El hombre asume su evolución cronológica, se ubica en su sitio con los pies en la tierra. En el poema “Décimo lustro”, el autor plantea esta situación connatural en el hombre y vuelve sus ojos sólo para recordar aquello digno de recordarse, aquello que es aliciente para regresar al presente y preparar el terreno que se extiende sobre los años que están por venir.

“Transitorios somos”(12)

Reincide en el tema de la fugacidad del tiempo, como lo hiciera Nezahualcóyotl en el siglo XV al contemplar la brevedad de la vida. El poema elegíaco alcanza renglones elevados, se recrea el ambiente fúnebre de la muerte, la etapa que aguarda al ser humano en el final de los días, cuando el poeta se pinta con los colores de la nostalgia al emplear la locución latina “Pulvis es, et in pulvis reverteris”.

Esta es la poesía de Itineransias (2008), los andares y la ansiedad de Juan Antonio González Cantú, porque “el poeta es un pequeño dios”(13) que crea historia y ambientes en base a la visión personal de las cosas, el poeta-hombre que le canta al tiempo como símbolo absoluto de culminación y entrega, de consumación y de cabalidad.

(1) Itineransias (pág. 12)
(2) Idem (pág. 23)
(3) Idem (pág. 18)
(4) Idem (pág. 103)
(5) Idem (pág. 52)
(6) Poema “Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran”, Renatio Leduc.
(7) Itineransias (pág. 53)
(8) Idem (pág. 70)
(9) Idem (pág. 79)
(10) Idem (pág. 81)
(11) Idem (pág. 83)
(12) Idem (pág. 100)
(13) Poema “Arte poética”, Vicente Huidobro.


Bibliografía:
González Cantú, Juan Antonio. Itineransias. Ediciones Lago, México, 2008.
Huidobro, Vicente. Obra poética. CONACULTA/FCE, México, 2003.
Leduc, Renato. Brindis a la vida. EDAMEX, México, 1996.


Fotografía de Juan Antonio González: Ramiro Rodríguez

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