domingo, 26 de julio de 2009

El aeropuerto



Nos encontramos en el aeropuerto una tarde de julio. No nos habíamos visto en varios meses, desde aquella vez en que tomé protesta como presidente del grupo de escritores. Le pregunté a dónde viajaba y me dijo que iba a Guadalajara para ver un caso legal sobre divorcio necesario. Después de preguntarme sobre mi asunto fuera de la ciudad, le dije que iba a la capital, a un encuentro de escritores organizado por la Universidad Nacional. Se quejó con cierta amargura. Me dijo que su trabajo no le permitía desarrollarse como escritor. Él era bueno, lo reconozco, aunque tuviera otras prioridades que le exigían atención para el sustento de su familia. Le dije que siempre habría pretextos para alejarse de las letras. Yo también tenía mucho trabajo toda la semana. Y aunque no era candidato al Nobel, siempre encontraba un momento propicio para crearme y recrearme con las palabras.

Se disculpó porque ya era hora de abordar el avión. Lo hizo después de escuchar a una mujer invisible en el altavoz, anunciando su vuelo, vaciando miel abundante en los labios del aire. Yo esperaría algunos minutos más. Los destinos de los seres humanos pueden ser tan dúctiles como la memoria, tan diversos como las líneas en la palma de la mano. Mientras esperaba el anuncio de mi salida, mientras pensaba en la voz femenina de inflexiones celestiales, me dispuse a escribir sobre la fugacidad de un encuentro inesperado.

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