sábado, 18 de julio de 2009

Al color de la naranja


La Quinceañera se viste al color de la naranja. Su aroma es así, a cítrico que anuncia la temporada de cosecha, a flor que se abre como estrella pequeña en los ramajes de marzo. El rostro, los ojos, el cabello abundante. Por lo general, en estas celebraciones predomina el color rosa. Pero esta ocasión no, no ésta. Se inundan las paredes del salón con el color naranja, las alfombras, las sillas, los manteles largos, las flores sobre las mesas.

La Quinceañera baila el vals de la perpetua juventud. Gira, una y otra vez, tomada de la mano de los chambelanes que se desplazan a su alrededor sobre la pista. Son quince soldados vestidos de negro con corbata al color de la naranja. Mantienen sus ojos fijos en la figura hermosa de la adolescencia, la niña-mujer, la flor dentro de la flor: la metaflor.

Los instrumentos musicales emiten la secuencia organizada de las notas en las canciones de moda, las voces privilegiadas, los sonidos. Entran por los oídos de la gente y salen a través del movimiento de los cuerpos que se mueven al ritmo de la samba y de la cumbia, del merengue y del hip hop. La cadencia adopta otro concepto, así como la luz iridiscente entre las cuatro enormes paredes del salón de eventos.

La Quinceañera es bella, es el rayo luminoso que se desprende de la naranja, el centro de atención de amigos y familiares. Los padres la contemplan, con esa contemplación que connota la satisfacción prolongada de sus esfuerzos. Comparten sus emociones con la gente. La multitud celebra el regocijo de los padres en una colorida explosión de alegría, mientras afuera cierra sus brazos una calurosa noche de julio.

Imagen: robertreeveslaw.com

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