martes, 21 de julio de 2009

Chicharras sanjuaneras


Aparecen en el verano, así nomás. Aunque hay muchísimas especies, según los zoólogos, hay una que me atormenta por su desfachatez para estremecerme los testículos, así nomás. Se agolpan dentro de mis ojos los vestigios de antiguas canículas, la reminiscencia invariable, el recuerdo de otros tiempos. La memoria es la imagen fotográfica del pasado.

Las chicharras sanjuaneras son la prueba irrefutable de la temporada, el martirio psicológico al que nos somete la ubicación geográfica, el portazo infinito que nos da la naturaleza al concedernos el lamento melancólico de insectos asfixiantes. Se anticipan al sonido de la alarma para despertarme a un nuevo día de trabajo, así nomás. También anuncian la llegada de la noche. Se posan en el limbo entre la luz y la sombra para iniciar su concierto de violines malditos. Se entrelaza su monótona quejumbre en una constante inserción en el cerebro, martillos interminables golpeándome la cabeza. El dolor de cabeza es la explosión de las neuronas.

Pero bien saben que si se atreven a cantar durante el día se las lleva la chingada, así nomás. Hay muchas aves en búsqueda de un bocado suculento. Entonces guardan silencio absoluto, enmudecen las muy astutas, hijas de su insecta madre, para perderse en el follaje de árboles misericordiosos, se mimetizan en paisajes de troncos rugosos en espera del momento propicio para continuar con su estridente solfeo. La cautela no es exclusiva de los seres humanos.

Al final de la canícula, las chicharras sanjuaneras se callan para siempre. Y un buen día todo amanece en silencio absoluto. La temporada de lluvias en septiembre y los primeros vientos del norte terminan con el martirio prolongado por casi dos meses. Entonces todo vuelve a la calma.


Imagen: masscic.com

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