martes, 4 de agosto de 2009

Me entiendes, Méndez...



Me entiendes Méndez o te explico Federico. A veces las celebraciones no salen como se planean, aunque eches la casa por la ventana, incluyendo a los habitantes. Nunca falta el revoltoso, hundido en el placer alcohólico de las copas, haciendo circo maroma y teatro frente a los invitados, algunos con el miedo en el rostro; otros, con el placer morboso de los momentos distintos, fuera de los rumbos cotidianos. Que si la comida no es lo que venía en la imagen que presentaba el menú, es una burla, un fraude, un fiasco. Que si la música falla a media celebración y el abuelo, ya medio compadre birongas, les recuerda la progenitora a los músicos, en medio de su pena y su vergüenza ante la multitud. Así son las cosas a veces, me entiendes Méndez.

Este fin de semana fui a una celebración de familia, con la confianza de que sería una ocasión inolvidable. Y fue inolvidable. Me gustó la iglesia, la misa en un español italianizado, el mural religioso, impresionante. Desde luego, estar con la familia, estar, aunque sin poder entablar una conversación clara a causa de la manifestación de los instrumentos. Pero la cena, caray, la cena, triste, jodida, como para cometer suicidio frente a los ojos llenos de asombro de los cocineros. La barra libre fue una broma, de esas sorpresas donde no sabes si ponerte a reír o a llorar. Las primas y la tía por allá y nosotros por acá, separados por una distancia física enorme, como si existiera un viejo pleito de familia. Pero bueno, no éramos los anfitriones.

No siempre las fiestas son sinónimo de diversión, me entiendes Méndez o te explico Federico.


Imagen: Iglesia de la Asunción en Houston, Ramiro Rodríguez.

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