jueves, 17 de diciembre de 2009

Reseña de Miguel Ángel González Gómez

LETRAS EN EL ESTUARIO

Antología de poesía y narrativa
—2009—
Ramiro Rodríguez, compilador.

© Miguel Ángel González Gómez.
Presentación en La Claraboya Literaria
Tampico, 26 de Noviembre de 2009.

Tiempo atrás, cuando formaban parte de un territorio en común, Texas y Tamaulipas se hallaban delimitados por el curso de dos ríos y dos estuarios: el Nueces al norte y el Pánuco al sur. Medio siglo después de estrenar la independencia de dicho territorio común, el río Bravo ya no separaba estados, sino naciones. Muros, cercas, vallas, barreras, todo tipo de obstáculos se han erigido desde entonces, pretendiendo dividir lo que antes estuvo unido; muchos puentes, también, se han tendido para acercar lo que no debió estar separado. Letras en el estuario, expresión de escritores de ambas márgenes del estuario del Bravo, es uno de esos puentes.

En el rigor científico de las ciencias llamadas exactas, la teoría de un matemático revela que dos líneas paralelas se encuentran y se unen en algún punto del infinito. Otra ley científica señala que algunas cosas no se crean ni se destruyen: simplemente mutan, se transforman. En el misticismo chino el Ying y el Yang, nos revela sentidos opuestos pero equivalentes y complementarios: Vida y muerte, día y noche, aquí y allá, el este lado y El Otro Lado, el águila y la serpiente.

Coatl, cuate, en mexica, significa serpiente. Tu alma gemela, tu hermano del alma, tu cuate, es una serpiente que muda permanentemente de piel. El espejo es sólo una raya que te separa de ti mismo en otra dimensión: una para adentro, como el fondo, otra para afuera, como la forma. Así, una raya separa a la esencia de su complemento, a la parte de su contraparte.

Es una raya, como un navajazo brutal sobre el vientre. No mata el rayo sino la raya, pero también es cierto que el que no arriesga no cruza el río. El río como raya que separa al aquí del otro lado. Como raya que separa al primer mundo del tercero. Como raya que nos ralla y nos parte la madre. Como raya que es sólo una raya más en la piel de un ser humano, atigrado y mojado. Y uno está forzado a atravesar todas las rayas de todas las fronteras de su propia vida para cumplir con su destino.

Rayas que inundan la página en blanco, de donde mana el río de letras que embalsa, esfuerzo colectivo y compilación de Ramiro Rodríguez, la antología de poesía y narrativa Letras en el estuario.

Hay, en la poesía de Carlos Acosta, ecos nostálgicos de un provincianismo pueblerino en vías de extinción: tañidos de campanas al romper el alba, torres de iglesia envueltas en bruma, espaldas enrebozadas, antifaces de cartón, hembras de color verde con grandes flores moradas que se mueven al compás del baile, porque así son las marotas. Contemplación y mutismo son elementos del lenguaje, barro y luz sustentan nuestros nombres, se contradicen mil mundos en nosotros porque somos animales irracionales, anónimos, cíclicos, lúcidos, lúdicos, cínicos, únicos…

Elvia Ardalani. Ella, que era muda, se tornó en otra: la que quiso ser siempre. Halló su vocación recuperada en la escritura, que cumple a cabalidad. Amén de poeta es catedrática y por ello cumple, con celo profesional, el mandato que le fue dado y nos transmite: “Dice tu padre que te enseñe la lengua de sus múltiples heridas, que te introduzca poco a poco al páramo infinito de sus voces.”

Conocida y reconocida por nosotros, que con frecuencia somos testigos de su quehacer, siempre es grato reencontrarnos con la poesía de Celeste Alba Iris: inquieta Eva sin Paraíso, juglar de las mujeres en estado de gracia, cocinera de exquisitos postres de amor, consignadora de la costumbre de vivir, a un tiempo partera y parturienta, ella misma, de una poética viva, lozana y rozagante.

A Lidia Díaz se le acabó la gentileza. No pidió permiso de callarse los demonios. Se le fueron agolpando en la garganta hasta que no pudo más y las dejó partir. Emancipadora, libertadora de las palabras, sus hijas. Con el amor maternal y tutelar por los hijos que han partido se pregunta: ¿qué dimensión las viste ahora que sus ropas han perdido la inocencia?

La nostalgia del mar sólo se siente en tierra firme. Nuestras almas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Hay, en la obra poética de Federico Fernández, remembranzas de Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia; de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime Sabines; de las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique. Sin embargo, y más allá de toda posible influencia, las elegías de Federico a la pérdida del ser querido son únicas, originales e incomparables. Aún con los pies plantados en tierra firme a Federico lo sorprenden horizontes en lontananza, divisa en ellos la vida y la muerte que anuncia el mar de cuerpo entero.

Luminosa, como la Pascua, es la obra poética de César Osvaldo Hernández, para quien la poesía es un acto de resurrección y los días reviven porque aquí, también, ha pasado la poesía. En posible deuda con ambos, retribuye los versos que Walt Withman recibió de otro eximio: los versos con que César Osvaldo homenajea la grandeza de Federico García Lorca están, sin duda, animados por la misma admiración mutua.

Desnuda, despojada de oscuras máscaras, medias tintas, simulaciones y falsos oropeles. Desnuda para el tacto de tus manos, plena de sensualidad y sutil erotismo. Es brasa, es fuego, es deseo, semilla de mujer. Es la poesía de Conchita Hinojosa.

Rosa Evelyn Limá manifiesta en sus letras la ansiedad de ser de palabras y no de sentires. ¿De dónde le vendrá esa urgencia suya, se pregunta, de cambiar realidades por quimeras? Escribe su vida nada más porque al leerla la reencuentra y la siente. Anhela ser libro, hojearse y tenerse libre. Por su perseverancia y tenacidad la quimera se le volvió realidad.

Un tiempo intemporal, eterno y universal permea la atmósfera poética de Teresa Loera. El péndulo de sus relojes oscila entre la desesperanza, los sueños fallidos, el desconsuelo, y el estallido de la vida, el milagro presente, el amor y la esperanza renacida.

Marino, navegante de mares de azogue, de los oleajes intensos y cálidos —verano permanente— que provoca la memoria del cuerpo amado. A un tiempo portador del pecado y la penitencia, Antonio Quintero transmite versos heridos en su costado por una flecha de luz que, desde el cielo, los dioses le otorgan sin reposo.

Ramiro Rodríguez, poeta. Autor del decálogo de la ley de los poetas. Gran caballero templario y supremo sacerdote del templo de los poetas en cuyo altar se inmola, se reconoce y reinaugura. Come letras, suda letras, huele a letras. Poeta nato. Voz que clama en el estuario. Profeta que sabe que el poeta letra es y en letra se convertirá.

Raquel Rodríguez Brayda invoca y convoca el verso, desde el balcón de su bahía. Urde y une silábicos acordes abrumada entre cajas de cerillos, con medio trago y un mal placer, bajo la mirada obscena de un adicto al rock and roll. Traza puntos suspensivos con la marca de la uña y el bolígrafo azul mientras su mes termina con la ropa bailando en el tendedero. Por lo tanto, ¿por qué no podría ella ser tú?

Los hay que multiplican los panes y los peces. Alejandro Rosales Lugo multiplica versos, los disecciona, crea cuerpos que son peces grabados por los siglos; crece, se multiplica y se derrama como un sueño húmedo. Profeta de lo erótico y el bien y el mal que lo contiene. Aplaca poemas con besos a cintura, escribe a una mano e intenta esconder entre sus versos las ramas del manzano. Lo que no logra esconder, para fortuna nuestra, es el desenfado arrebatado y juvenil que destella en sus letras.

Cierto cacique perdonavidas de la huasteca potosina, íntimo de Porfirio Díaz, solía afirmar que la moral es un árbol que da moras. Más allá de la sorna o el descaro a la metáfora no le falta razón. Si en lo público las leyes pretenden obligarnos a seguir un comportamiento ético uniforme, lo cierto es que en lo privado la moral, como los cepillos de dientes, son artículos de uso personal que rara vez se comparten. Es allí, en el sarcasmo de esa doble, múltiple y caleidoscópica visión con que la moral propia suele juzgar a la moral ajena, en la hipocresía revestida de honorabilidad, en el chasco que representa la contradicción evidente entre actos públicos y los privados de donde surge, en buena medida, el ambiente, el instante, el conflicto y muchos de los rasgos distintivos de los personajes de los cuentos de Alfredo Ávalos. Densos, dinámicos y deleitantes. De fino tono irónico y humorístico. De impecable factura.

Quien con niños se acuesta amanece mojado; quien con ilusiones se casa convive con amargas realidades. Nacimiento, matrimonio, defunción y mortaja, del Registro Civil bajan. Toda acta matrimonial tiene algo de cama y ataúd, iglesia y mausoleo, camisón y sudario. Algo de soberbia y humildad, generosidad y avaricia, ira y paciencia, lujuria apasionada y dolores de cabeza. Ramiro Rodríguez, narrador, nos revela magistralmente cómo surgen las implosiones cuando fuerzas opuestas entran en conflicto. Por eso, tanto se engañará aquel que piense que el amor es definitivo, de una vez y para siempre, como aquel que piense que la adolescencia y juventud son etapas idílicas de sueños color de rosa. Ramiro nos conduce, además, en un placentero viaje que abarca ambos del espejo de ese país de maravillas que representa, por un lado, la literatura y, por el otro, las compulsiones y convulsiones que con frecuencia nos atacan a todos aquellos que le profesamos auténtica y profunda devoción.

Dinero llama a dinero. Tierra rica en maquiladoras, la frontera es también pródiga proveyendo a éstas de una de las manos de obra más barata del mundo. Miseria llama a miseria y, como atinadamente señala uno de los cuentos de Juan Antonio González-Cantú, no somos nada. Creado a partir de un epígrafe, otro de los cuentos de González-Cantú aporta un epígrafe que es, en sí mismo, eje del texto y de una realidad: “Tal vez en mi tierra no se den las cosas como yo quisiera. Por eso, mi hermano norteamericano, crucé la frontera”

“Luces en el río”, “Lobos en el río”, “Cruzando el río”… Hay, en los sorprendentes cuentos de Roberto de la Torre, algo sumamente agradecible que lo trasciende como cuentista y lo ubica, lo revela y lo presagia como estupendo cronista. Roberto recopila, consigna y da voz a las anécdotas vivenciales de sus personajes. Éstos, sus personajes lo constituyen seres humanos que el común de la gente podría juzgar insignificantes o, peor aún, despreciables: los más pobres, la carne de cañón. Son ellos individuales o en conjunto, quienes con su trabajo aportan la segunda fuente por ingresos de divisas en nuestro país. Son ellos quienes, con su trabajo, gradual y pacíficamente reconquistan y unen un territorio que nunca debió estar dividido Son ellos quienes amplían, dan verdadero sentido y hacen realidad el sueño americano de “América para todos los americanos”, para todos sin distinción de raza, escolaridad, posición económica o posición geográfica.

Porque en una nación surgida y desarrollada gracias a la contribución de sucesivos flujos migratorios; una nación que contiene en sí misma la mayor mezcla de razas humanas; una nación que, por ese sólo hecho, se convierte en la más universal del planeta, antes que discriminatoria y despectiva está obligada a ser incluyente y agradecida.

Muchos puentes se han tendido para acercar lo que no debió estar separado. Sí, Letras en el estuario es uno de esos puentes. Qué bueno que sea así: es ese cruzar lecturas lo que apunta al corazón de la incertidumbre y desborda linderos, márgenes, muros y fronteras: el miedo a salir hacia el otro desde lo otro. Porque, como menciona la autobiografía del poeta español Roberto Bolaños: “puedes decirte extranjero y amarme”

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