miércoles, 30 de diciembre de 2009

Espuma adormecida


(Imagen: Espuma adormecida, Ramiro Rodríguez)


La nieve del invierno
se tatúa en las alas  
                              sobre el agua, 
los esteros de Matamoros
se vuelven espuma adormecida
en los ángulos
                 de la memoria.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Aroma de café y Cosmogonía


El aroma del café, murmullos en inglés y en español, los adornos navideños, las luces, el micrófono, las sillas y sillones dispersos frente al pequeño escenario, fueron elementos vibrantes la noche del 17 de diciembre. Julie Corpus recibió a los invitados en Savory Perks de Weslaco para hacer uso de la palabra literaria, ya fuera poesía o cuento, canto y anécdotas, en un idioma y en otro.

Me dio gusto haber compartido algunos poemas de Cosmogonía de la palabra y de Letras en el estuario con las personas reunidas esa noche. Como poeta invitado, abrí el ciclo de lecturas. Muchos de los asistentes eran anglohablantes, así que como no traía textos traducidos al inglés, les dije que se dejaran llevar por el ritmo y la cadencia del poema. Al parecer, funcionó.

Al final, después de perdernos por las calles de los pueblos del Valle, los amigos me invitaron a cenar a un restaurante de Mercedes, Texas, donde comentamos las diferencias entre la presentación oral de la poesía en inglés y la poesía en español, mis experimentos en la fotografía, los tomos de Itineransias de Juan Antonio, entre otras cosas.

Agradezco la compañía de Roberto De la Torre, Freddy Peralta y Juan Antonio González, además de la invitación por parte de la escritora Julie Corpus para presentar Cosmogonía de la palabra.

Imagen: panoramio.com

jueves, 17 de diciembre de 2009

Reseña de Miguel Ángel González Gómez

LETRAS EN EL ESTUARIO

Antología de poesía y narrativa
—2009—
Ramiro Rodríguez, compilador.

© Miguel Ángel González Gómez.
Presentación en La Claraboya Literaria
Tampico, 26 de Noviembre de 2009.

Tiempo atrás, cuando formaban parte de un territorio en común, Texas y Tamaulipas se hallaban delimitados por el curso de dos ríos y dos estuarios: el Nueces al norte y el Pánuco al sur. Medio siglo después de estrenar la independencia de dicho territorio común, el río Bravo ya no separaba estados, sino naciones. Muros, cercas, vallas, barreras, todo tipo de obstáculos se han erigido desde entonces, pretendiendo dividir lo que antes estuvo unido; muchos puentes, también, se han tendido para acercar lo que no debió estar separado. Letras en el estuario, expresión de escritores de ambas márgenes del estuario del Bravo, es uno de esos puentes.

En el rigor científico de las ciencias llamadas exactas, la teoría de un matemático revela que dos líneas paralelas se encuentran y se unen en algún punto del infinito. Otra ley científica señala que algunas cosas no se crean ni se destruyen: simplemente mutan, se transforman. En el misticismo chino el Ying y el Yang, nos revela sentidos opuestos pero equivalentes y complementarios: Vida y muerte, día y noche, aquí y allá, el este lado y El Otro Lado, el águila y la serpiente.

Coatl, cuate, en mexica, significa serpiente. Tu alma gemela, tu hermano del alma, tu cuate, es una serpiente que muda permanentemente de piel. El espejo es sólo una raya que te separa de ti mismo en otra dimensión: una para adentro, como el fondo, otra para afuera, como la forma. Así, una raya separa a la esencia de su complemento, a la parte de su contraparte.

Es una raya, como un navajazo brutal sobre el vientre. No mata el rayo sino la raya, pero también es cierto que el que no arriesga no cruza el río. El río como raya que separa al aquí del otro lado. Como raya que separa al primer mundo del tercero. Como raya que nos ralla y nos parte la madre. Como raya que es sólo una raya más en la piel de un ser humano, atigrado y mojado. Y uno está forzado a atravesar todas las rayas de todas las fronteras de su propia vida para cumplir con su destino.

Rayas que inundan la página en blanco, de donde mana el río de letras que embalsa, esfuerzo colectivo y compilación de Ramiro Rodríguez, la antología de poesía y narrativa Letras en el estuario.

Hay, en la poesía de Carlos Acosta, ecos nostálgicos de un provincianismo pueblerino en vías de extinción: tañidos de campanas al romper el alba, torres de iglesia envueltas en bruma, espaldas enrebozadas, antifaces de cartón, hembras de color verde con grandes flores moradas que se mueven al compás del baile, porque así son las marotas. Contemplación y mutismo son elementos del lenguaje, barro y luz sustentan nuestros nombres, se contradicen mil mundos en nosotros porque somos animales irracionales, anónimos, cíclicos, lúcidos, lúdicos, cínicos, únicos…

Elvia Ardalani. Ella, que era muda, se tornó en otra: la que quiso ser siempre. Halló su vocación recuperada en la escritura, que cumple a cabalidad. Amén de poeta es catedrática y por ello cumple, con celo profesional, el mandato que le fue dado y nos transmite: “Dice tu padre que te enseñe la lengua de sus múltiples heridas, que te introduzca poco a poco al páramo infinito de sus voces.”

Conocida y reconocida por nosotros, que con frecuencia somos testigos de su quehacer, siempre es grato reencontrarnos con la poesía de Celeste Alba Iris: inquieta Eva sin Paraíso, juglar de las mujeres en estado de gracia, cocinera de exquisitos postres de amor, consignadora de la costumbre de vivir, a un tiempo partera y parturienta, ella misma, de una poética viva, lozana y rozagante.

A Lidia Díaz se le acabó la gentileza. No pidió permiso de callarse los demonios. Se le fueron agolpando en la garganta hasta que no pudo más y las dejó partir. Emancipadora, libertadora de las palabras, sus hijas. Con el amor maternal y tutelar por los hijos que han partido se pregunta: ¿qué dimensión las viste ahora que sus ropas han perdido la inocencia?

La nostalgia del mar sólo se siente en tierra firme. Nuestras almas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Hay, en la obra poética de Federico Fernández, remembranzas de Nostalgia de la muerte, de Xavier Villaurrutia; de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime Sabines; de las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique. Sin embargo, y más allá de toda posible influencia, las elegías de Federico a la pérdida del ser querido son únicas, originales e incomparables. Aún con los pies plantados en tierra firme a Federico lo sorprenden horizontes en lontananza, divisa en ellos la vida y la muerte que anuncia el mar de cuerpo entero.

Luminosa, como la Pascua, es la obra poética de César Osvaldo Hernández, para quien la poesía es un acto de resurrección y los días reviven porque aquí, también, ha pasado la poesía. En posible deuda con ambos, retribuye los versos que Walt Withman recibió de otro eximio: los versos con que César Osvaldo homenajea la grandeza de Federico García Lorca están, sin duda, animados por la misma admiración mutua.

Desnuda, despojada de oscuras máscaras, medias tintas, simulaciones y falsos oropeles. Desnuda para el tacto de tus manos, plena de sensualidad y sutil erotismo. Es brasa, es fuego, es deseo, semilla de mujer. Es la poesía de Conchita Hinojosa.

Rosa Evelyn Limá manifiesta en sus letras la ansiedad de ser de palabras y no de sentires. ¿De dónde le vendrá esa urgencia suya, se pregunta, de cambiar realidades por quimeras? Escribe su vida nada más porque al leerla la reencuentra y la siente. Anhela ser libro, hojearse y tenerse libre. Por su perseverancia y tenacidad la quimera se le volvió realidad.

Un tiempo intemporal, eterno y universal permea la atmósfera poética de Teresa Loera. El péndulo de sus relojes oscila entre la desesperanza, los sueños fallidos, el desconsuelo, y el estallido de la vida, el milagro presente, el amor y la esperanza renacida.

Marino, navegante de mares de azogue, de los oleajes intensos y cálidos —verano permanente— que provoca la memoria del cuerpo amado. A un tiempo portador del pecado y la penitencia, Antonio Quintero transmite versos heridos en su costado por una flecha de luz que, desde el cielo, los dioses le otorgan sin reposo.

Ramiro Rodríguez, poeta. Autor del decálogo de la ley de los poetas. Gran caballero templario y supremo sacerdote del templo de los poetas en cuyo altar se inmola, se reconoce y reinaugura. Come letras, suda letras, huele a letras. Poeta nato. Voz que clama en el estuario. Profeta que sabe que el poeta letra es y en letra se convertirá.

Raquel Rodríguez Brayda invoca y convoca el verso, desde el balcón de su bahía. Urde y une silábicos acordes abrumada entre cajas de cerillos, con medio trago y un mal placer, bajo la mirada obscena de un adicto al rock and roll. Traza puntos suspensivos con la marca de la uña y el bolígrafo azul mientras su mes termina con la ropa bailando en el tendedero. Por lo tanto, ¿por qué no podría ella ser tú?

Los hay que multiplican los panes y los peces. Alejandro Rosales Lugo multiplica versos, los disecciona, crea cuerpos que son peces grabados por los siglos; crece, se multiplica y se derrama como un sueño húmedo. Profeta de lo erótico y el bien y el mal que lo contiene. Aplaca poemas con besos a cintura, escribe a una mano e intenta esconder entre sus versos las ramas del manzano. Lo que no logra esconder, para fortuna nuestra, es el desenfado arrebatado y juvenil que destella en sus letras.

Cierto cacique perdonavidas de la huasteca potosina, íntimo de Porfirio Díaz, solía afirmar que la moral es un árbol que da moras. Más allá de la sorna o el descaro a la metáfora no le falta razón. Si en lo público las leyes pretenden obligarnos a seguir un comportamiento ético uniforme, lo cierto es que en lo privado la moral, como los cepillos de dientes, son artículos de uso personal que rara vez se comparten. Es allí, en el sarcasmo de esa doble, múltiple y caleidoscópica visión con que la moral propia suele juzgar a la moral ajena, en la hipocresía revestida de honorabilidad, en el chasco que representa la contradicción evidente entre actos públicos y los privados de donde surge, en buena medida, el ambiente, el instante, el conflicto y muchos de los rasgos distintivos de los personajes de los cuentos de Alfredo Ávalos. Densos, dinámicos y deleitantes. De fino tono irónico y humorístico. De impecable factura.

Quien con niños se acuesta amanece mojado; quien con ilusiones se casa convive con amargas realidades. Nacimiento, matrimonio, defunción y mortaja, del Registro Civil bajan. Toda acta matrimonial tiene algo de cama y ataúd, iglesia y mausoleo, camisón y sudario. Algo de soberbia y humildad, generosidad y avaricia, ira y paciencia, lujuria apasionada y dolores de cabeza. Ramiro Rodríguez, narrador, nos revela magistralmente cómo surgen las implosiones cuando fuerzas opuestas entran en conflicto. Por eso, tanto se engañará aquel que piense que el amor es definitivo, de una vez y para siempre, como aquel que piense que la adolescencia y juventud son etapas idílicas de sueños color de rosa. Ramiro nos conduce, además, en un placentero viaje que abarca ambos del espejo de ese país de maravillas que representa, por un lado, la literatura y, por el otro, las compulsiones y convulsiones que con frecuencia nos atacan a todos aquellos que le profesamos auténtica y profunda devoción.

Dinero llama a dinero. Tierra rica en maquiladoras, la frontera es también pródiga proveyendo a éstas de una de las manos de obra más barata del mundo. Miseria llama a miseria y, como atinadamente señala uno de los cuentos de Juan Antonio González-Cantú, no somos nada. Creado a partir de un epígrafe, otro de los cuentos de González-Cantú aporta un epígrafe que es, en sí mismo, eje del texto y de una realidad: “Tal vez en mi tierra no se den las cosas como yo quisiera. Por eso, mi hermano norteamericano, crucé la frontera”

“Luces en el río”, “Lobos en el río”, “Cruzando el río”… Hay, en los sorprendentes cuentos de Roberto de la Torre, algo sumamente agradecible que lo trasciende como cuentista y lo ubica, lo revela y lo presagia como estupendo cronista. Roberto recopila, consigna y da voz a las anécdotas vivenciales de sus personajes. Éstos, sus personajes lo constituyen seres humanos que el común de la gente podría juzgar insignificantes o, peor aún, despreciables: los más pobres, la carne de cañón. Son ellos individuales o en conjunto, quienes con su trabajo aportan la segunda fuente por ingresos de divisas en nuestro país. Son ellos quienes, con su trabajo, gradual y pacíficamente reconquistan y unen un territorio que nunca debió estar dividido Son ellos quienes amplían, dan verdadero sentido y hacen realidad el sueño americano de “América para todos los americanos”, para todos sin distinción de raza, escolaridad, posición económica o posición geográfica.

Porque en una nación surgida y desarrollada gracias a la contribución de sucesivos flujos migratorios; una nación que contiene en sí misma la mayor mezcla de razas humanas; una nación que, por ese sólo hecho, se convierte en la más universal del planeta, antes que discriminatoria y despectiva está obligada a ser incluyente y agradecida.

Muchos puentes se han tendido para acercar lo que no debió estar separado. Sí, Letras en el estuario es uno de esos puentes. Qué bueno que sea así: es ese cruzar lecturas lo que apunta al corazón de la incertidumbre y desborda linderos, márgenes, muros y fronteras: el miedo a salir hacia el otro desde lo otro. Porque, como menciona la autobiografía del poeta español Roberto Bolaños: “puedes decirte extranjero y amarme”

domingo, 13 de diciembre de 2009

Guitarra y vino tinto



Esta noche me fragmento en la guitarra de Ottmar Liebert. Me hundo en un vaso de vino tinto, me celebro en el hecho de no ser un sordomudo, establezco una analogía entre mi cuerpo y el árbol moviéndose al compás del viento del norte. Pienso en las noches de guitarras en Ciudad Mante, en las noches de versos e imágenes en el puerto de Tampico.

¿Dónde se escombran los protagonistas del verso violento? ¿La imagen de la mujer detrás de las cortinas, con sus senos dibujados en la humedad? ¿Los peces exóticos de Teresa Múzquiz de Lacaille en el arte pictórico? ¿Las libélulas y demás insectos en la luminosidad de la especulación? ¿El vino tinto para acariciar las madrugadas de noviembre?

Las palomas vuelan hacia otros brazos que las alimentan por las tardes. Las ardillas aceptan las nueces de otros visitantes, ebrios de asombro. Los actos inolvidables suceden por razones lógicas. Por el momento escucho a Ottmar Liebert y soy náufrago en un vaso de vino tinto.


Video: Ramiro Rodríguez

jueves, 3 de diciembre de 2009

A manera de ready-made...


LETRAS EN EL ESTUARIO


A MANERA DE READY-MADE O DONDE LAS MIRADAS CONVERGEN

Por Marisol Vera



I.

El mar segregado del mundo, colocado en una vitrina para que lo contemplen los peces. La desembocadura lista para llenarse de palabras. Sube la marea desde los reinos absolutos de Poseidón.

El objeto vacío.

Toda literatura es un ensayo del Silencio. Un caudal por donde la tinta penetra al encenderse las luces del Poema.

Aestuarium. Animación de los vocablos. Abertura de los signos. Lo que se derrama. Ciclo intermitente. Que jamás.


II.

El libro es, ahora, un lugar de paso. Una peña o un acantilado. El libro es un cuerpo lleno de cicatrices. Cada hombre ha traído su propio escalpelo. Rasga la hoja.

“Seríamos el silencio” dirá una página de arcilla arenosa.

Voy a dejar el libro, vertical, sobre la mesa como si fuese una rueda de bicicleta.

Algo se aproxima desde la memoria de otro. De otros. No el galápago de grecas doradas. No la lluvia.

Un reflejo. Un golpe.

El Libro.


III.

Carlos Acosta arponea El Libro con sentencias de animales cíclicos. Voy a su espiral de luz cayéndome de los balcones del tiempo a otros balcones cubiertos de clavos y vidrio. Pero no mientras leo su poema, mientras lo recuerdo a él leyendo su poema. Mientras el poema crece igual que una espiga en mis ojos. “Vamos y volvemos al origen de lo eterno”. Dice. Y una pintura se abre donde el cuerpo tiene olor a almendras: Alejandro Rosales dibuja en un lienzo de caricias los hombros de seda de la amada, la luz gris del invierno que se entrelaza con cadencias de río. Es un hombre que vive entre montañas y sueña con la mar. Su alma es de agua densa, coronada por un beso de sirenas: aquellas que tentaron a Odiseo, con cabeza de ave, y también las mujeres-pez cuyo torso desnudo humedece los otoños.

Entre gemidos de cañaveral, Antonio Quintero lame los límites gozosos de ese páramo tristísimo que es la vida. Voy de su Estío al Paraíso. Hay insectos horadando mi piel. Su piel (nuestra). Todo en sus letras parece cantar y quejarse y volver al vientre de la noche.

Raquel Rodríguez amanece en las Bahías: arrullo de ola / salado vaivén / Pleno Sol / sobre / la / espuma. Hace invocaciones desde mi balcón. El verso ligero y sibilante en los arenales. Celeste Alba no hurga en las calles de la ciudad ni en los bosques de ala espesa ni en la bóveda de soles, no. Escarba su propia carne para tomar en sus manos una estrella.

“Seríamos el polvo del parto de la tierra” dirá la mujer hecha de greda y salitre.

La mujer libro. La mujer Ardalani.


IV.

El Libro es, también, espacio para las legiones. ¿Qué las unifica o separa? “Hay veces que el decir nos bifurca” dirá Lidia Díaz frente a su espejo (o el mío). Un dulzor de mezquite marchito. ¿Qué es lo que no saben los pájaros? ¿lo que se anuncia y nadie atisba?

En todo caso, hay el deseo de transfigurar.

¿Qué son los nombres desprendidos de su reflejo?


V.

Pero

jamás con la cabeza en un horno de cocina. Ni frente a una bala que cruza un campo de trigo con cuervos. Ni en el fondo de las aguas, con piedras en los bolsillos.

A palos, golpeada, en un día sin recuerdos. Sacudida por una corriente alterna.

“Todas las muertes son una lluvia” exclama la voz. ¿De veras, Federico, hay muertes discretas?


VI.

Lo que unifica las voces de El Libro es la sed. El cauce por donde habrán de hacerse paso los buscadores de tesoros. Dieciséis nombres.

Ramiro Rodríguez convoca a la (re)creación de la Palabra en el Estuario. ¿La cosmogonía? El buceador ha despejado el afluente de páginas para que cada quien ice su velamen. Él mismo se ha embarcado hacia la Isla (toda literatura es un laberinto). ¿Llegará?

Aquí, hay lances ficticios. Una secuencia narrativa se hilvana desde la ironía. Lo cotidiano persigue la epopeya. El diálogo interior.

No la certidumbre, sino nuevas búsquedas, han de hacer girar El Libro sobre su eje. Seamos, entonces, lectores.


Tampico, Tamaulipas. Noviembre de 2009