lunes, 8 de febrero de 2010

Los cuatro niños

Los cuatro niños se me acercaron. Bajaba de mi camioneta cuando percibí la voz de un pequeño de nueve años. Me preguntó si podía llevarlos a una colonia al este de la ciudad, en mi coche. Pensando que bromeaba, le dije que no, porque no lo conocía; luego agregué que mi madre me regañaría si hablaba con extraños. Al ver su insistencia, volteé hacia sus acompañantes. Tres niñas, una mayor que él algunos dos años, quien cargaba una bebita de ocho meses, junto a otra chiquitilla de seis años. Les dije que no podía llevarlos a ningún lugar en mi coche porque no nos conocíamos. La mayor me dijo que su padrastro los había corrido de la casa, que no quería verlos ahí, que si no se marchaban tendría que golpearlos. Volteaba hacia atrás, como esperando que apareciera alguien que los estuviera siguiendo.

Entonces me di cuenta de que llevaban sus mochilas de la escuela con mayor carga que la de los libros, una carreola llena de ropa y otras cosas. Les pregunté dónde estaba su madre. Sin dejar de voltear hacia atrás en repetidas ocasiones, la niña mayor me dijo que no sabía, que su padrastro la había corrido de la casa y que ellos no tenían la menor idea de su paradero. Se me anudó la garganta. Les pregunté si su madre tenía teléfono celular. Me dijeron que no.

Abrí la boca para decirles que les daría un poco de dinero para que tomaran el transporte colectivo que los llevara a la colonia a la que querían ir. Me dijeron que los conductores no dejaban que la gente abordara con maletas o bultos. Me insistieron para que les permitiera subir al coche. Volteaban hacia atrás, como si huyeran de alguien. Les dije que les daría más dinero para que tomaran un taxi, de esos que pululan por las calles de la ciudad. La niña tomó el billete de cien pesos, como apenada, desilusionada de que no pudiera llevarlos. La actuación magistral quedaba descartada. ¿Cómo es posible que pensara en actuaciones cuando el tono de sus voces, sus rostros ansiosos, me decían más que cualquier máscara?

Me quedé pensando si habrían llegado a su destino (mi asombro no me permitió preguntarles hacia dónde querían ir), si debiera haber llamado al DIF municipal, a la policía. ¿Qué hubiera hecho usted?

2 comentarios:

  1. Estimado Ramiro,sus letras me calaron,movieron mis fibras,imagine la escena,como madre senti el dolor de eses creaturas,solo espero que haya sido verdad,me refiero a que no fuera un vil montaje para obtener dinero,este mundo es un caos,y la verdad uno no quisiera llegar a desconfiarhasta de su sombra,creo que el narrador hizo lo correcto,a veces por hacer obras de caridad lo paga uno caro,imaginese que lo acusaran de secuestro?
    Reflexivas letras,a donde vamos a parar?que sera de estos niños?su calvario apenas empieza.
    Saludos desde Sabinas Hgo
    Paty A

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  2. Apreciable Patricia:

    Me gustaría que este texto fuera un cuento. Pero no lo es. De esas veces que uno piensa qué habrá detrás de todas las puertas, detrás de los rostros, dentro de las casas.

    Es preferible pensar que todo esto haya sido un montaje para obtener dinero. Eso descartaría el maltrato intrafamiliar.

    Desafortunadamente, dudo que haya sido una escena fingida.

    Saludos.

    RR

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