domingo, 4 de abril de 2010

Domingo de Pascua 2010


Tenía mucho tiempo de no festejar la Pascua como lo hice hoy. Recordé los festejos de familia, cuando íbamos al rancho para esconder los huevitos llenos de confeti entre los arbustos. Hoy hicimos algo similar, con un viento violento del sureste, jejenes mordiendo la piel cuando el viento desistía por segundos, un sol brillante por momentos, un cielo nublado en otros. Es la temporada de clima caprichoso.

Mi familia y yo fuimos al rancho de los compadres. Nos acompañaron mi hermana y mi sobrina. Caminamos entre las hierbas del monte hasta llegar al Arroyo del Tigre, con poca agua en este mes de abril. Algunos zopilotes con las alas extendidas gravitando en la altura, las sílabas inconclusas de los cuervos, el canto lejano de los cardenales y los cenzontles. Todas aves distintas en apariencia, en hábitos, en gorjeos.


Abril es el mes en que el nopal florece con tonalidades anaranjadas, rojizas, amarillas. Flores que se llenan de insectos, de sonidos, de aromas que caen sobre la hierba inquieta por el viento. Es el mes de los huisaches que inundan el espacio con el aliento de sus flores, también amarillas.

Los niños corrieron de un lado a otro, buscando los huevitos que le compramos a la señora del fraccionamiento Los Ébanos. Daba lástima pensar en romperlos, pero debían cumplir su destino. Eran unas obras de colorido arte. Todas las entidades en el mundo tienen un destino que cumplir. Llenaron sus canastas con ellos, los rompieron con cuidado sobre las cabezas y comimos los dulces dentro de aquéllos de plástico.


Luego descansamos bajo la sombra, bebimos agua y refrescos, nos sentamos un momento para charlar de cosas y de no cosas, lo sonoro y no de las palabras.

Al final regresamos a casa, cansados, con el estómago satisfecho por los alimentos, llenos de polvo la ropa y el cuerpo, de imágenes y buena energía para regresar al trabajo mañana.


Imágenes: Ramiro Rodríguez

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