domingo, 15 de agosto de 2010

El sueño dentro del sueño



El sueño es una burbuja sencilla en la que entramos para ser quienes no podemos ser en el mundo. Soñamos que impulsamos nuestro cuerpo para elevarnos en el aire, para gravitar como partículas minúsculas de polvo a merced del viento. Nos nacen alas enormes que nos permiten recorrer ciudades y campos, bajar a la tierra con ligereza para volver a impulsarnos hacia las alturas. Nos liberamos de nuestro propio peso, de nuestra propia materia. Nos parecemos a los pájaros que disfrutan el aire bajo sus alas. Nos transformamos, transfiguración múltiple que nos permite andar por caminos que nunca hemos andado, para hablar las palabras que nunca hemos dicho, para morir las muertes que nunca hemos muerto.

Otras veces resolvemos nuestros asuntos pendientes cuando nos hundimos en el sueño. Desde ahí vamos hasta el núcleo del problema: fragmentamos su estructura, analizamos sus componentes y armamos el objeto para que ejerza su mecanismo natural y deje de ser un asunto pendiente. Nos volvemos pequeños dioses que rigen un mundo dúctil, donde el movimiento toma otra dimensión de quietud y de silencio.

Soñamos a nuestros muertos. Los revivimos con el soplo de nuestro aliento, interactuamos con ellos como si la muerte fuera un proyecto obsoleto. Se llenan de vida las personas que son incorpóreas ahora, pero que fueron, como nosotros, espíritu y cuerpo. Hablamos con ellas como si fuera de este mundo su reino.

También soñamos que soñamos. Copulamos con el metasueño. Nos sorprendemos sobre nuestra cama, con los ojos cerrados, soñando las fórmulas matemáticas que no se han creado, las palabras que no se han pronunciado antes, los animales que nunca han existido sobre la tierra. Nos vemos en el sueño con un rostro completo al soñar con los espacios que se nos vedan en la vida ordinaria. Nos convertimos en un sueño dentro del sueño.

Al despertar, nos queda una agradable sensación de catarsis, de placidez, de completitud al saber que logramos aquello que parecía imposible.


Imagen: "Cactus", Ramiro Rodríguez

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