domingo, 26 de diciembre de 2010

La Pinta y la Loba

Por lo general no me gustan los perros. Pero hoy amanecí recordando a las dos únicas mascotas que pasaron por mi infancia y adolescencia. La más antigua era una perra pointer que tuve a mis siete años. Se llamaba Pinta, un animalito muy noble y obediente, negra casi en su totalidad con tenues manchas blancas. Jaspeada, diría mi hermana. La había traído mi hermano Luis de Houston y la dejó en casa de mis padres, recién llegados a Matamoros. Durante su estancia con nosotros tuvo unas tres camadas. Recuerdo que una ocasión preparó su espacio para recibir a los críos en el patio, debajo de la mesa de lavar que utilizaba mi madre. Desde luego los cachorros eran mestizos, pero la mayoría de ellos tenían la apariencia del pointer. Mi padre los regaló todos. Decía que con la Pinta era suficiente. La verdad es que a él, como a mí ahora de adulto, no le gustaban los perros.

Mi padre se la llevaba al rancho que tenía rumbo a la carretera a la playa, en la entrada que estaba antes del Tecnológico de Matamoros. En los años setenta aquella región de la ciudad estaba deshabitada, con uno que otro ejido, como el Lucio Blanco frente a aquella universidad. La entrada al rancho estaba a cien metros antes de la entrada a este ejido. Se doblaba a la derecha y se conducía por unos cinco kilómetros para llegar al rancho de mi padre. Pasábamos el primer ranchito, abandonado la mayor parte del tiempo. Luego, el segundo, de Gil, un amigo de mi padre. Después el tercer rancho, el de papá. Ahí se quedaba la Pinta porque a mi padre no le gustaba tenerla en casa. La dejaba amarrada con algún lazo grueso que la perra se encargaba de morder hasta desatarse. Ahí aprendí que los animalitos tienen buena memoria y sentido de orientación. La Pinta regresaba a casa esa misma tarde o durante la noche, después de recorrer el camino de regreso a la carretera y luego a la ciudad: un recorrido aproximado de quince a veinte kilómetros. Papá se enojaba mucho con la perra y la castigaba. Esos actos eran de desobediencia, según él. Pero yo pensaba que la perra deseaba nuestra compañía y no la soledad del rancho. A la Pinta se la llevó mi hermano Luis a Reynosa, donde con seguridad estaría mejor, libre de los golpes y el maltrato de papá. Muchos años después murió de vieja.

Otra perra que tuvimos fue una pastor alemán. Se llamaba Loba. Al igual que la Pinta, la Loba era noble y obediente, cariñosa con los dueños, pero brava para impedir el paso de gente extraña a la casa. En aquel tiempo yo ya estaba cursando la secundaria. A mi padre tampoco le llamaba mucho la atención, pero al menos a la Loba ya no se le maltrató. Había llegado de Houston. No recuerdo si la trajo Luis o mi hermano Luciano. En un principio el animal me era indiferente, pero llegué a quererla. La perra era muy simpática, así que se ganó el cariño de todos en la casa. También tuvo sus cachorros varias veces, mestizos al ser casi imposible conseguirle un novio de su raza. Vivió con nosotros por varios años, hasta que una ocasión salió de casa al encontrar el portón frontal abierto y ya no volvió. La buscamos durante varios días en los alrededores, pero nunca supimos si la robaron o murió bajo los neumáticos de algún auto implacable.

Los animales merecen respeto. Si vamos a darles cuidado, tiempo y atención, serán tan felices como nosotros al tenerlos.

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