viernes, 19 de febrero de 2010

Sueño



(Imagen: El sueño, Ramiro Rodríguez)

Prima, se nos duerme el tío,
se le cierran sus ojos de sueño,
se nos duerme, se cubre de silencio,
se le cansan las palabras,
se nos vuelve polvo,
ceniza,
agua entre los dedos,
prima, se nos duerme el tío,
ya descansa de sus dolores,
no siente las agujas,
ya no habla, prima, ya no habla,
ahora son las cosas de otro modo,
tú padeces el despojo,
él se cubre de descanso,
se nos duerme el tío, prima,
pero ya se olvida, ya se olvida,
se despoja ya
                      de sus dolores.

miércoles, 10 de febrero de 2010

A veces


(Imagen: Cupatitzio cayendo, Ramiro Rodríguez)

A veces no sólo a veces
el agua que corre por los cauces no es agua
sino espejo que se rompe
                                       y se unta en la mirada.
A veces o casi siempre
las cosas se desdoblan frente a los ojos
y ocurren como suspiros
y se cuelgan en las ramas de los sauces.
A veces la memoria no es memoria
ni la lengua es lengua
                                 ni los ojos ojos
ni las miradas ni los suspiros ni las ramas
ni los cauces ni las cosas.

lunes, 8 de febrero de 2010

Los cuatro niños

Los cuatro niños se me acercaron. Bajaba de mi camioneta cuando percibí la voz de un pequeño de nueve años. Me preguntó si podía llevarlos a una colonia al este de la ciudad, en mi coche. Pensando que bromeaba, le dije que no, porque no lo conocía; luego agregué que mi madre me regañaría si hablaba con extraños. Al ver su insistencia, volteé hacia sus acompañantes. Tres niñas, una mayor que él algunos dos años, quien cargaba una bebita de ocho meses, junto a otra chiquitilla de seis años. Les dije que no podía llevarlos a ningún lugar en mi coche porque no nos conocíamos. La mayor me dijo que su padrastro los había corrido de la casa, que no quería verlos ahí, que si no se marchaban tendría que golpearlos. Volteaba hacia atrás, como esperando que apareciera alguien que los estuviera siguiendo.

Entonces me di cuenta de que llevaban sus mochilas de la escuela con mayor carga que la de los libros, una carreola llena de ropa y otras cosas. Les pregunté dónde estaba su madre. Sin dejar de voltear hacia atrás en repetidas ocasiones, la niña mayor me dijo que no sabía, que su padrastro la había corrido de la casa y que ellos no tenían la menor idea de su paradero. Se me anudó la garganta. Les pregunté si su madre tenía teléfono celular. Me dijeron que no.

Abrí la boca para decirles que les daría un poco de dinero para que tomaran el transporte colectivo que los llevara a la colonia a la que querían ir. Me dijeron que los conductores no dejaban que la gente abordara con maletas o bultos. Me insistieron para que les permitiera subir al coche. Volteaban hacia atrás, como si huyeran de alguien. Les dije que les daría más dinero para que tomaran un taxi, de esos que pululan por las calles de la ciudad. La niña tomó el billete de cien pesos, como apenada, desilusionada de que no pudiera llevarlos. La actuación magistral quedaba descartada. ¿Cómo es posible que pensara en actuaciones cuando el tono de sus voces, sus rostros ansiosos, me decían más que cualquier máscara?

Me quedé pensando si habrían llegado a su destino (mi asombro no me permitió preguntarles hacia dónde querían ir), si debiera haber llamado al DIF municipal, a la policía. ¿Qué hubiera hecho usted?

viernes, 5 de febrero de 2010

Aritmética


Si uno más uno son dos
entonces dos menos uno
                                           es cero
si y sólo si
hay historia
                    de por medio.



Imagen: coconutconnection.blogspot.com