lunes, 19 de julio de 2010

La melancolía hoy



Melancolía en tiempos de inundación y de violencia, en tiempos para sentarnos a llorar en las banquetas ensangrentadas del sueño, en tiempos de lanzarnos como piedras ligeras para rodar por las carreteras como una peregrinación que tiene una manda por cumplir. Fragmentamos nuestras palabras para asfixiar las lenguas de la reminiscencia, las heces de la soledad que gravitan en nuestros ojos, los temores que irrumpen en las puertas de nuestras habitaciones.

Nos implosionamos.

Callar es el estandarte del suplicio.

Hay actos de tristeza que permanecen detrás de nuestros pechos, lágrimas no vertidas que se estancan y que inundan los andamios de estatuas interiores. Pero a los pocos días de habernos creado una muralla para la contención de los cauces, aquellas lágrimas apestan el ambiente y nuestros rostros se vuelven adustos, pétreos, inamovibles.

Nos desconocemos al pasar uno al lado del otro.

Nos olvidamos del entorno.

En ese momento llega el relámpago que ilumina nuestro albedrío. Reconocemos nuestros labios cuando nos enfrentamos a todos los espejos, cuando nos asomamos por las ventanas para cerciorarnos que el día es un ciclo donde el sol muere para renacer al día siguiente, como si nunca hubiera muerto. Nos aceptamos con nuestras carencias y melancolías, con nuestros derechos y obligaciones, con nuestra inserción en la épica moderna.

Abrimos la puerta de la identidad.

A la melancolía se la recibe como a la abundancia y a la plenitud: aprendemos a lidiar con ella y a verla como el evento connatural que se desplaza a nuestro lado. Se la recibe con una sonrisa auténtica y amplísima, aunque a veces el contraste de los colores se despliegue en el lienzo de nuestros rostros.

Le abrimos nuestros brazos como a un miembro de familia. Nos hacemos a su vigilia.

jueves, 15 de julio de 2010

Colonia Modelo

Ya no queda mucho de lo que fuera el barrio de la Modelo en los años setenta. Sólo vestigios dispersos, sonidos que continúan con sus raíces en la memoria, imágenes indefinidas como pinturas surrealistas en el fondo de la conciencia. Conduzco mi automóvil por la intersección de las calles Luis Aguilar y Ocampo, a unos metros de la que fuera la casa de mis padres. Detengo el coche un momento. Las voces de esos años están ausentes. Otras voces de personas que jamás he visto se expanden y se contraen en el ambiente. Pienso en la fugacidad del tiempo.

Martina Hernández Palos trabajaba desde muy joven en la tienda de la mamá de Claudia “La Guayaba”. Estudiábamos en la Escuela Secundaria Juan José de la Garza, cerca del estero que está en el Parque Niños Héroes. No sé si aún le guste la música de Donna Summer, ya que cada vez que llegaba a la tienda por algún encargo, ella estaba escuchando Bad Girls, Hot Stuff o Sunset People. Tal vez a partir de ese tiempo me empezó a gustar la música norteamericana. Mi madre me preguntaba si Martina era mi novia, pero yo le contestaba que no, que no lo era, que sólo era compañera de la escuela secundaria. La verdad es que la quise mucho como amiga, pero nunca fue mi novia. Se enojaba conmigo por todo, era medio histérica ya a sus quince años. Discutimos no pocas ocasiones por asuntos que no recuerdo, hasta llegué a pensar que la exasperaba mi presencia.

Martín ya no vive en la vieja casona de su madre. Alguien me dijo que se había ido a los Estados Unidos buscando mejor vida. Me parece verlo con un gallo de pelea en sus manos. Le gustaba criarlos y los preparaba para enfrentarlos con las aves de fulanos que venían de otras colonias.

Ya no supe nada de Paco, el amigo que vivía frente a la tienda de doña Concha. Nos reuníamos frente a su casa para echarles piropos a las muchachas que pasaban por la calle. Él organizaba los partidos de béisbol que jugábamos contra otros muchachos que vivían cerca de la escuela primaria. Alguna vez me dijo que se iría de ilegal a Houston para trabajar en la construcción, pero nunca supe si alcanzó su propósito.

En ese tiempo, Ismael y Jorge andaban en sus treinta años. Sin embargo, bromeaban con los muchachos cuando tenían tiempo libre. Ya no viven en el apartamento al lado de la casa de los Amaro. No sé si todavía trabajan en la empresa del osito Bimbo haciendo las reparticiones cotidianas. Lo más probable es que cada quien se haya casado, que cada uno haya tomado diversos rumbos para fundar sus respectivas familias.

Laura dejó de trabajar para doña María desde hace años. Recuerdo que se emocionaba cuando escuchaba la música de Grease. Estaba enamorada del entonces flaco John Travolta. La gente joven de hoy piensa que John Travolta siempre ha estado gordo. Laura y yo bailábamos Hopelessly devoted to you muy cerca, juntitos, con su respiración nerviosa en mi cuello. Se casó con otro cuando teníamos dieciocho años, con el hermano mayor de Lalo, otro amigo con quien jugaba béisbol en el campo frente a la casa de mis padres. Jamás volví a ver a ninguno de los tres.

La familia Amaro emigró a los Estados Unidos. No volví a ver a Rafael “la Borrega” ni a Elsa ni a Cano ni a Martincillo. A la que veo raras veces y de lejos es a Yolanda “la China”, la hija mayor de doña Juanita. A ella le gustaba bailar Ring my bell, otra canción de moda. Yolanda se casó con un amigo de mi hermano y, hasta donde me han comentado, se quedó a vivir en esta misma colonia de San Juan de los Esteros.

La que también se casó es Margarita, mi primera novia, una niña linda con ojos de piquete. Su familia estaba enterada del noviazgo y no les molestaba que anduviéramos juntos para todos lados. Es más, cada viernes me invitaban a los partidos de béisbol de la Liga Pequeña Villa del Refugio. Hoy es empresaria en San Juan de los Esteros.

A sólo unos metros de su casa vivía Chayo, brillante alumna en la escuela primaria. Sacaba buenas calificaciones en las clases, era parte de la escolta, con frecuencia aparecía en el cuadro de honor y le gustaba cantar canciones de moda frente al grupo. Hoy es licenciada en contaduría pública y se dedica a su esposo y a sus hijos. A veces coincidimos en la Iglesia de Nuestra Señora de San Juan, en el mismo barrio de la Modelo, y nos saludamos con una sonrisa.

En contra esquina de su casa vivía “Bola”, otro miembro del clan que, para variar, se fue a vivir a los Estados Unidos. Él era el mejor lanzador en los partidos de béisbol que teníamos cada fin de semana. Qué extraño, nunca le pregunté su nombre. O al menos, no lo recuerdo.

Frente a su casa vivía Chano, quien trabaja ahora como mesero en un restaurante de un hotel, al sur de la ciudad. A veces lo veo ahí y me saluda, pero nunca hay oportunidad para hablar de nuestros tiempos pasados. Tal vez la gente cambia su forma de pensar y de sentir con el transcurso de los años.

El antiguo campo por la calle Luis Aguilar, donde teníamos nuestros encuentros deportivos, es ahora taller de reparaciones automotrices. Ahí se les da mantenimiento, lavado y engrasado, a los autobuses de la Central Camionera que está a media cuadra. El altavoz continúa anunciando las salidas diarias a diversos puntos del país. Aunque hoy vivo lejos de la Modelo, algunas noches me despierta el eco de los altavoces en el subconsciente: “…pasajeros con destino marcado para esta salida, sírvanse pasar a las oficinas de migración y aduana, para la revisión de documentos y equipaje. Enseguida, abordar el autobús número…”.

El Bolerama “Los Pinos” dejó de funcionar hace tiempo. El edificio fue destruido y el terreno es ahora parte del taller de reparaciones antes mencionado. Ya no hay espacio para los partidos de béisbol, ni para la instalación del Circo de Capulina, ni para el Circo de Cepillín, ni para los Juegos Mecánicos de doña Beba, en donde conseguí mi primer trabajo cuando tenía diez años. Mi actividad consistía en impulsar con las manos un juego mecánico de ocho patos voladores, donde se les sentaba a los niños y se les ponía un cinturón de seguridad. “El Pollo”, un fortachón que también trabajaba para doña Beba, me enseñó a manejarlo y los chiquillos no dejaban de reír mientras yo sudaba la gota gorda.

La Comisión Federal de Electricidad levantó una tapia muy alta que prohíbe jugar encima de los postes de madera que sostendrán los cables eléctricos del municipio. Teníamos el hábito de subirnos en grupos, haciendo equilibrio y malabares, aunque al final termináramos manchados del aceite que se les pone a los postes para hacerlos más durables. Los postes que se usan en la ciudad ahora son de concreto. Los de madera han sido remplazados al paso de los años.

“La Suprema” cerró sus puertas hace tiempo. Ya no da su servicio de calidad a la clientela de la colonia después de tantos años. No sé si el entonces propietario, don Mateo, vive aún. Ahí trabajaba el Burro, un ayudante de carnicero que rebuznaba en el patio mientras preparaba las carnes para su venta y cantaba a gritos desafinados las canciones de Vicente Fernández.

A cien metros de “La Suprema” está la Miguel Hidalgo, que continúa llena de niños en la hora de recreo. La escuela primaria hoy está más modernizada, con aire acondicionado en los salones de clase, con jardines y otros servicios. También hay maestras jóvenes y la directora del plantel es una mujer dinámica y muy guapa. Ya no laboran ahí las maestras Beatriz ni Esther, ni los profesores Raúl ni Eleazar. De éste recuerdo los coscorrones con un anillo de oro que nunca me alcanzó a propinar, para suerte y salud de mis neuronas. Algunos de mis compañeros de sexto grado no fueron tan afortunados: recibieron por parte del profesor la caricia inolvidable. Los maestros de mi infancia ya se jubilaron y otros, para mala fortuna, murieron: señal inequívoca de que la vida sigue su transcurso.

Pero yo sigo en el sendero de este caótico laberinto, pero sublime a la vez, que se llama vida. No sé por cuánto tiempo. Pero aunque muera, no moriré. Me quedaré ahí, disperso en las calles de mi barrio, untado como sombra en las paredes de mi escuela, disuelto en el sonido de los altavoces de la Central Camionera, con los nombres y apodos de mis amigos grabados en los renglones de la memoria.

sábado, 10 de julio de 2010

viernes, 2 de julio de 2010

El Loco lo colocó



El Loco lo colocó
se tiñeron de azul celeste los ojos
se fragmentaron las palabras invisibles
no sonaron las vuvuzelas
cuando el Loco lo colocó
se rompieron de hambre las emociones
unos celebraron
otros se volvieron a llorar
la esperanza de los latinos vibra
en el campo de batalla
porque el Loco
                         lo colocó.

De Minitatuajes (ALJA, 2012)