miércoles, 28 de diciembre de 2011

La metafisica palpable



LA METAFÍSICA PALPABLE. UNA PERSPECTIVA DE PROSAS RIMADAS
DE JOSÉ ARRESE FALCÓN.

A lo largo de los siglos, muchos poetas han descendido por las escalinatas de la conciencia para explorar el universo íntimo, el que está más allá de la carne y los huesos, los órganos y la sangre, el universo del que se habla pero que no se mira, el que existe pero que no se palpa con los surcos dactilares. El universo desconocido hacia el que navegamos después de pasar por los elementos tangibles de la tierra, después de emparentarnos con la cronología y lo visible.

El poeta regiomontano José Arrese Falcón (1851-1917), radicado en H. Matamoros, Tamaulipas, durante su etapa profesional y hasta su muerte, publica un solo libro en 1904, Prosas rimadas, el cual reúne su poesía filosófica con la estructura modernista de la literatura hispanoamericana de la época. Con pretextos más bien sencillos —por ejemplo, dedicatorias a las personas en ocasión de su aniversario o de su fallecimiento, textos a partir de su actividad como docente y periodista—, el poeta rasga sus propias paredes hasta poner el pie en los espacios interiores. Reflexiona sobre la idea y el pensamiento, la muerte y la vida, la física y la metafísica. Busca la comprensión de la humanidad y su origen, sus propiedades y principios, desde su trinchera de experiencia retórica como individuo compuesto de letras. Se desplaza por las columnas de su propio pensamiento con la fijeza de revelarse a sí mismo la concepción humana para aceptarse como entidad pensante.

La muerte después de la vida, el espíritu, la esencia, la metafísica palpable, no con el tacto de las manos, sino con las palabras, con la espuma del entendimiento, con la mirada introspectiva. Ese es el tema central del libro y de estas reflexiones, a partir de su lectura. No es un tema nuevo, por supuesto. Grandes poetas de todos los tiempos, incluyendo aquéllos de su propia época, han abordado el tema de la vida y la muerte. El poeta nicaragüense Rubén Darío dice en su poema “Lo fatal”:

¡y no saber adónde vamos
ni de donde venimos! (1)

En Prosas rimadas, José Arrese cuestiona la sujeción del ámbito humano a la fugacidad natural de los objetos, a la estancia efímera de los suspiros. No discurre sobre la materia que nos conforma, sino en lo que hay más allá del momento en que el cuerpo deja su carácter dinámico para transformarse en polvo sin movimiento. En el poema “A la memoria de Alfredo Torroella”, el poeta regiomontano-tamaulipeco dice:

Es triste creer la humanidad formada
tan sólo de materia,
¡condenada a vivir en la miseria
para volver a convertirse en nada! (2)

El poeta se resiste a la creencia de la fugacidad humana. Sostiene que debe haber algo más a partir del momento en que el cuerpo deja de moverse para siempre, cuando el sistema de irrigación sanguínea se detiene para siempre. Años después, con esa necesidad de resistirse a la alternativa de la fugacidad humana, el poeta mexicano Xavier Villaurrutia diría en “Nocturno miedo”, incluido en el libro Nostalgia de la noche:

El miedo de no ser sino un cuerpo vacío
que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar,
y la angustia de verse fuera de sí, viviendo,
y la duda de ser o no ser realidad. (3)

En el poema “Dios”, José Arrese reflexiona sobre el espacio ubicado más allá del espacio físico, más allá del silencio definitivo del cuerpo, el ultraespacio, en el que cree con la devoción que dicta la fe:

El infinito existe (4)

Desde su perspectiva de observador metódico, de alzarse sobre las cosas como testigo de los acontecimientos que circundan al ser humano —aunque la observación y su carácter de testigo sean producto de la fe—, el poeta define al hombre desde el ángulo preciso en que se ubica su convicción personal:

Seres compuestos de materia y alma. (5)

El temor a los elementos desconocidos —temor en el sentido de respeto hacia aquello que no se puede probar como teoría— no es sólo un sentimiento, sino una actitud en la que navega la humanidad del hombre y la mujer. Desde pequeños se nos hereda la creencia, desde el momento en que nuestra madre nos amamanta, de que existe el universo físico, el que tocamos, el que vemos, el que olemos, el que se comprueba a través del encanto de los sentidos; y el universo invisible, el que está más allá de las cosas que se posan sobre la tierra y que gravitan en el espacio, al que se llega de manera irreversible cuando los ojos se cierran para siempre. En el mismo poema, Arrese llega a la conclusión premeditada, según su entendimiento individual de las cosas:

Hay, pues, dos universos: el sensible
y el moral, misteriosos y profundos,
el uno material, el de los mundos:
el otro, de las almas, invisible. (6)

Para llegar a la conclusión que defiende la existencia del más allá, José Arrese reflexiona sobre un tema constante en la literatura de todos los tiempos: la muerte, ese estado final en el que el cuerpo, como señalara en el siglo diecisiete la célebre poeta mexicana del hábito religioso, es cadáver, es polvo, es sombra, es nada (7). En el poema “Ante las cenizas de los niños María y Leopoldo Cicero”, mediante la retórica ingeniosa de la antítesis, el poeta se pregunta y se responde:

¿Qué es la sombra? La imagen de la muerte.
¿Y qué es la muerte? Nada más que sombra. (8)

La muerte es sombra, contorno, negritud, el color negro que predomina en el texto poético para adjudicarle el ambiente propicio. La evocación de la muerte física que padecen los cuerpos, unos a tiempo, otros a destiempo. Más adelante en la cronología de las letras, en los andamios de la literatura mexicana de mediados del siglo XX, el poeta veracruzano Neftalí Beltrán diría en el poema “Al sueño”:

Conciencia perseguida, fuerza inerte,
ventana a lo ignorado siempre abierta,
¡oh sueño, mitad vida, mitad muerte! (9)

También Jorge Luis Borges establece un paralelismo entre el sueño y la muerte. En su poema “Arte poética”, mediante un ingenioso juego de palabras, el pensador argentino dice:

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño. (10)

Como ser humano, temeroso de la vida que hay después de la vida, según los ángulos de su creencia individual, Arrese dice en el poema “En la muerte de la Sra. Francisca de la G. de Villavicencio”:

Y al volver a la tierra lo que es tierra,
lo que del cielo vino, vuelve al cielo. (11)

El poeta tiene la certeza de que dentro del cuerpo —que es la forma— yace el espíritu —que es la esencia. Esta propuesta ontológica se manifiesta en el texto poético “En la velada fúnebre A la memoria del maestro y general Don Francisco Montes de Oca”, donde Arrese establece las anteriores analogías con el objeto de comprenderse a sí mismo como ser finito en la tierra, pero infinito en el espacio denominado “más allá”:

En el cuerpo la vida es pura forma
que ya la muerte en sus entrañas lleva:
la materia se rompe y se transforma,
y (en) la esencia, el espíritu se eleva. (12)

En el mismo poema, Arrese asevera la postura de que la vida y la muerte van de la mano, juntas, aliadas inseparables frente a los seres humanos, como eventos dependientes uno de otro.

Lo que creemos muerte, eso es la vida:
lo que llamamos vida, eso es la muerte. (13)

Años después, el poeta y ensayista mexicano, Octavio Paz, abordaría el mismo tópico en su Libertad bajo palabra, la misma convicción en referencia a lo dicho por Arrese, en el poema”La poesía”:

En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo. (14)

En el proceso de comprensión de los actos y los eventos humanos, en la observación detallada de los orígenes que engendran el rumbo de los acontecimientos, José Arrese reitera la indiscutible relación entre causa y efecto, señalando que con frecuencia los seres humanos no alcanzamos a comprender la naturaleza de las cosas que nos circundan durante nuestro itinerario de vida. En “Misterios”, poema con la estructura clásica del romance por su carácter narrativo, Arrese enuncia:

Ente miserable el hombre
cuyo obcecado cerebro
no alcanza ni a concebir
las causas de los efectos
sabiendo que sin aquéllas
no pueden existir éstos. (15)

La reflexión filosófica es frecuente en los poemas de José Arrese, una reflexión no sólo estética ni retórica sino, en continuas ocasiones, una propuesta didáctica. En el soneto de perfecta estructura “El tiempo y el espacio”, el autor juega con las palabras cuando dice:

El tiempo y el espacio son engaño:
la eternidad es tiempo sin medida
y el infinito, espacio sin tamaño. (16)

Aunque por momentos sus aseveraciones se presenten como teóricas (el autor no deja espacios en blanco cuando se trata de ser persuasivo, no deja resquicios endebles que ofrezcan posibilidades alternativas), José Arrese confiesa que la propuesta filosófica en su poesía es su visión personal de las cosas. En el soneto “La esencia y la forma” dice:

Es la esencia un arcano indescifrable. (17)

Mediante la manipulación de sus propias convicciones, a través de la inamovilidad de sus creencias ante posibles réplicas o cuestionamientos, con su fe como único testigo, con el planteamiento de respuestas persuasivas para las preguntas humanas respecto al destino asentado más allá de la muerte, el escritor ofrece una manera de palpar la metafísica teniendo como único instrumento el manejo de las palabras, elementos lingüísticos convincentes, herramientas sintácticas categóricas, sobre un tema que siempre será controversial.

Bibliografía:
Arrese, José. Prosas rimadas. Imprenta de El Puerto de Matamoros. México, 1904. Segunda reimpresión, México 1990.
Beltrán, Neftalí. Poesía (1936-1996). Instituto Veracruzano de Cultura. México, 1997.
Borges, Jorge Luis. Obras completas II. Emecé Editores España,  S. A. España, 1996.
Darío, Rubén. Poesía. Editorial Planeta, S. A. España, 2000.
De la Cruz, Sor Juana Inés. Obras Completas Tomo I Lírica personal. Fondo de Cultura Económica. México, 1951.
Paz, Octavio. Obra Poética (1935-1988). Editorial Seix Barral, S. A., España, 1990.
Villaurrutia, Xavier. Obras Poesía Teatro Prosas varias Crítica. Fondo de Cultura Económica, México, 1953. Quinta reimpresión, 2006.



(1) Darío, Rubén. Poesía. Pág. 147.
(2) Arrese, José. Prosas rimadas. Pág. 13.
(3) Villaurrutia, Xavier. Obras, Pág. 45.
(4) Arrese Falcón, José. Prosas rimadas. Pág. 3.
(5) Ídem. Pág. 5
(6) Ídem. Pág. 5
(7) De la Cruz, Sor Juana Inés. Lírica personal. Pág. 277.
(8) Arrese, José. Prosas rimadas. Pág. 8
(9) Beltrán. Neftalí. Poesía (1936-1996), Pág. 51.
(10) Borges, Jorge Luis. Obras completas II. Pág. 221.
(11) Arrese, José. Prosas rimadas. Pág. 15
(12) Ídem. Pág. 31
(13) Ídem. Pág. 32
(14) Paz, Octavio. Obra poética 1935-1988. Pág. 104.
(15) Arrese, José. Prosas rimadas. Pág. 151
(16) Ídem. Pág. 251
(17) Ídem. Pág. 252

jueves, 15 de diciembre de 2011

Fuensanta




Poema "Hermana, hazme llorar" del poeta zacatecano Ramón López Velarde, tomado del libro Obras del FCE (México, 1986)

jueves, 1 de diciembre de 2011

A un retrato


Título: "Retrato de Ramiro Rodríguez"
Autor: Alejandro Rosales Lugo
Técnica: Pluma Bic negra punto mediano sobre papel Bond 29 kg.
Estilo: Abstracto-Surrealista
Año: Dos mil once
Lugar: Ciudad Victoria
Comentario: Nos fragmentamos en las lenguas del ocio,
nos hundimos en relojes sin arena
para quedar tatuados en los pezones de la palabra.

De Minitatuajes (ALJA, 2012)

sábado, 26 de noviembre de 2011

El tiempo y sus connotaciones en Contra Reloj


El tiempo y sus connotaciones en Contra reloj de Graciela González Blackaller

Ya sean manecillas o arena, caminamos Contra reloj. Nuestros pasos se confunden entre los millones de sonidos que nos unen o que nos apartan en definitiva. Nos desplazamos por la vida con aquella necesidad de llegar a lugares desconocidos, con esa urgencia para tocar rostros que se disipan en cuanto sienten los surcos de nuestras huellas digitales. Nos emparentamos con el tiempo porque por nuestras venas corre la esencia de las cosas.
Releer Contra reloj es en poco —o mucho— esto que acabo de mencionar. Las imágenes literarias, instantáneas que alguna vez llegaron a mi entendimiento después de su lectura y que se ocultaron en los resquicios de la memoria, resurgen para estacionarse sobre mi mesa con el objeto de analizarlas y hablar sobre ellas, desmenuzarlas en ritual de reflexión, palparlas en el universo infinito de las posibilidades y reconocer la suavidad que las conforma.
Adela Graciela González Blackaller (1922-2011), originaria de Saltillo, Coahuila; tamaulipeca por devoción, publicó Contra reloj en 1989. Esta colección de poemas nos ofrece la oportunidad de conocer la perspectiva de la autora sobre el tiempo, tema no novedoso, pero tratado de una manera particular, emparentado con la estética literaria de éste y aquel tiempo, el de la retórica versal tradicionalista y la propuesta literaria contemporánea. Todos tenemos algo que decir en referencia al tiempo y la voz poética en este libro dice:
Por venganza
arrojé lejos el yugo del tiempo (pág. 1)
El tiempo puede ser enemigo implacable, oculto detrás de las cosas que nos circundan, entidad que se manifiesta con su simbología indeseada y esclaviza y empobrece y disminuye. En el poema “Contra reloj”, ella se deshace del reloj, aquel objeto que nos recuerda que somos temporales, breves en este espacio al que llegamos de manera súbita para sostener la trayectoria del tiempo. Aunque el reloj ya no está al alcance de los ojos, está el tiempo, sombra que nos acompaña a dondequiera que vamos. En el poema “El naranjero pasó” dice:
El tiempo que pasa es cómplice activo
y en sus alas lleva la loción que usabas (pág. 10)
Aquí el tiempo se materializa, cobra consistencia y visibilidad. Ya no es sólo aquel concepto de carácter intangible e inodoro que está con nosotros en todo momento mientras se vive. En este texto, el tiempo es “cómplice” de nuestras acciones y nuestros rumbos, tiene “alas” y es portador del aroma de alguien que debe ser importante para la voz poética. Muchas veces la sola idea puede evocar el olor y el sabor de las cosas. Basta recordárseles para hacer acto de presencia sin que exista la presencia misma. En el poema “¿Dónde estás?” dice:
El círculo se va reduciendo
concéntricamente (pág. 19)
En esta imagen, donde se habla de la reducción, se establece una analogía con el transcurso del tiempo. El poema presenta una propuesta temática en donde la presencia de una persona se agota al paso del tiempo, es decir, se llega a la ausencia y se le reconoce y se le palpa y se le asimila. Las ausencias condicionan el rumbo de nuestros pasos, la agilidad de nuestras acciones y el efecto de las palabras que pronunciamos. Es decir, las ausencias nos inundan de presencias nuevas que determinan la grandeza o pequeñez de nuestra humanidad. Más adelante, en el poema “Mañana” enuncia:
Mañana está bien. Ahora no,
                                      estoy cansada. (pág. 21)
Esta posposición de las acciones, esta postergación de los actos para darle paso a asuntos prioritarios. El cansancio que se sugiere en estos versos es el desgano que produce el aburrimiento, el hastío que vibra ante la mismidad y la reincidencia. El poema propone la ausencia del objeto amado, pero la voz poética no quiere caer en lo mismo: no quiere reincidir en el mismo tema. Recordar a alguien que fue —y que ya no es— puede ser un proceso de martirio y flagelación. El cuerpo y el alma no desean someterse a la lesión perpetua de pensar en lo que no se tiene. Aunque en el poema se le concede lugar protagónico a la evasión, la verdad es que el recuerdo de la persona ausente la desbanca por tener raíces profundas, cimientos que se alzaron con convicción y que son difíciles de derrumbar: la falacia neorromántica del no quiero que en realidad es quiero. En el poema “La sociedad acecha” la voz poética anuncia:
Es casi un hecho
que me suicide mañana,
hoy no puedo, (pág. 48)
Aquí también aparece esta convicción para posponer ciertos eventos, dado que hay prioridades. O este deseo de que haya prioridades ante asuntos cuyo trato es preferible posponer, dada la naturaleza emocional que le acompaña. Para qué sufrir hoy; mejor sufro mañana. En este poema, ella recurre al humorismo para señalar una serie de diligencias que deben de concluirse antes de recurrir a su propósito inicial. Ese humorismo se confunde con ironía, o viceversa, ya que en el cuerpo narrativo del texto poético así se observa. En el poema “Martes de octubre” señala:
Si a través de los años has sido
el matiz, la gota de rocío, (pág. 24)
El transcurso irreversible de los años, el desprendimiento constante y puntual de las hojas del calendario para indicar la fugacidad que nos cimbra, el matiz que somos, “la gota de rocío” que tiene breve humedad, mientras el sol lo permita. En este poema se habla sobre la brevedad, el lapso minúsculo entre aquello que fue y ya no es. También la brevedad que somos en este engranaje llamado vida. El poema es un culto a lo efímero, al suspiro que apenas termina y desaparece para siempre, dejando apenas memoria de lo que fue. En el poema “A otro nivel miro tu ausencia” la voz poética dice:
Escucho tu voz, pegada a mi oído
en la intangible anatomía
                            de lo eterno. (pág. 26)
La eternidad es el alargamiento del tiempo, el intenso deseo de darle perpetuidad a los actos. Aquí el tiempo ya no es símbolo y constancia de lo efímero, ya no es propuesta de fugacidad en los eventos ni en las palabras ni en los rostros, sino una alegoría cíclica de aquello que se conserva para siempre: la eternidad. El poema propone la completitud después de haber caminado por los senderos laberínticos de la vida, la correspondencia en el amor que rompe con las barreras que construyen los albañiles abstractos al servicio del tiempo. En el poema “Las seis de la tarde” declara:
Llueve,
voy penetrando al futuro
                         por la puerta
de los años perdidos (pág. 29)
La lluvia, elemento natural que nos transporta sin remedio a la elegía, simbología de lágrimas y elementos análogos. Mientras que en algunos giros retóricos de diversos textos literarios la lluvia simboliza la continuidad de la vida, en otros la lluvia es sinónimo de tristeza y de lamento, postura anímica de padecimiento interior. El poema alude a los recuerdos que lastiman de tanto recordarse. El recuerdo, espacio interior que nos trae rostros, contornos bien definidos, aromas concretos; el recuerdo, líquido que permanece y que sobrevive a ese transcurso paulatino del tiempo que se nos presenta en Contra reloj. En el poema “El beso”, la voz poética dice:
ya que después de ese beso
¡nunca seremos los mismos! (pág. 43)
Las acciones humanas cambian el rumbo de los pasos, la dirección de las palabras y la línea constante de las decisiones. Un beso puede lograr que las direcciones se encuentren o se desencuentren, que se navegue en el mismo sentido o en sentidos opuestos. En este poema, el beso de la persona amada prolonga los instantes del encuentro; es decir, alarga su consistencia natural y su vértigo, fortalece su rumbo fijo y sus raíces. Más adelante, en el poema “La sociedad acecha” puede leerse:
y darle cuerda al reloj
que me regaló mi abuelo. (pág. 49)
El reloj, mecanismo que determina nuestras actividades de manera rigurosa. El reloj, objeto que debe continuar su marcha puntual para ser quienes somos. Este reloj del texto necesita el impulso humano para que no se detenga y se atrofie la lectura exacta del tiempo. De este modo nosotros necesitamos del impulso humano para continuar viviendo, para que la respiración continúe con su ritmo habitual. La voz poética establece esta analogía entre el reloj y la persona, indicando que ambos elementos requieren del estímulo de otros para continuar con la encomienda en los senderos múltiples de la vida. En el poema “Veinte siglos de amor y una canción desesperada”, título que nos lleva de inmediato a los nombres de Alfonsina Storni (1) y Pablo Neruda (2), la voz poética dice:
Veinte siglos de amor; veinte siglos de voces
que apagadas están, (pág. 63)
Las voces se apagan al transcurso de los años, se atenúa la sonoridad —aunque nunca se llega al olvido— ya que el recuerdo prevalece intacto. La imagen hiperbólica de los “Veinte siglos” muestra la devoción por aquello que perdura, las convicciones individuales que prevalecen en los actos y que superan las barreras del tiempo. La brevedad ya no es aquí una constante. Ahora la constante es la perdurabilidad de los acontecimientos.
Graciela González Blackaller nos ofrece un acercamiento concreto, casi tangible, a las diversas connotaciones del tiempo, un atisbo meticuloso a sus derivados, un contacto físico con sus insinuaciones. La percepción del tiempo en las vidas humanas no es el mismo. Mientras que para algunos el tiempo tiene cierta definición —dependiendo de la experiencia personal—, otros la perciben de manera distinta, aunque al final el efecto sea el mismo. Un tema que muchos poetas han tratado a lo largo de los siglos, pero que no deja de interesarnos dada su estrecha relación con nuestros actos.




(1) Alfonsina Storni es autora del poema “Veinte siglos”
(2) Pablo Neruda es autor del libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada.


Bibliografía:
González Blackaller, Graciela. Contra reloj (ITC) México, 1989.
Neruda, Pablo. Poesías selectas 1920-1952 (RODESA) España, 2001.
Storni, Alfonsina. Obra poética completa (SELA) Argentina, 1968.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Detente, sombra...

Comentario del Poema 165 (Soneto)
“Que contiene una fantasía contenta con amor decente”.


Catorce escaleras de ritmo en el umbral de la palabra, catorce escaleras de cadencia al momento de subirlas y bajarlas en el ajetreo eufónico de la lectura en voz alta. Luego once escalones en cada escalera, once huellas humanas que quedan para siempre como tatuajes en los resquicios laberínticos de la memoria. El soneto es una joya de la versificación española. Cuando se construye con perfección formal, con ingenio lingüístico, con aplomo sintáctico y la lírica explosión de la poesía, entonces se enfrenta uno con la verdadera obra de arte.

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) es la Décima Musa. Sin duda, la poeta de mayor importancia en la historia de las letras mexicanas. Entre romances, endechas, redondillas, décimas y otras formas métricas, destacan sus sonetos. Muchos de ellos, los más populares ahora y representativos del entonces barroco mexicano. Nacida un 12 de noviembre, hoy hace 360 años, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana sigue siendo el centro medular del arte literario mexicano.

Uno de sus sonetos más destacados, tal vez uno de los más leídos por la población escolar hispanoamericana y por los críticos severos del arte literario mexicano, el texto lírico número 165 con, más que un título, una conservadora explicación de su contenido, dice en su primer cuarteto:

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,

La sombra se emparienta con la noche, con aquella sensación de vaciedad que nos queda después de haber tenido un cuerpo ajeno vibrando entre brazos, junto al cuerpo propio. Sombra que esquiva presencias, sombra que se esconde entre muebles o relojes o arbustos, en búsqueda constante de un sitio para ser nada más que sombra. Esa sombra es hechizo, embrujo en el que el cuerpo se hunde para abandonarse en el naufragio. El hechizo, aunque enceguece, cumple con su propuesta de consumación y entrega. Dice luego la voz femenina en el resto del primer cuarteto:

bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

La ilusión de completitud invade a aquélla que arroja sus ojos a la sombra. La ilusión por la que se muere, aun en estado de plenitud. Pero esa ilusión es eso: ilusión, fantasía que nunca será realidad dada su naturaleza, ficción por la que se padece esterilidad en la vida. Hay fantasías que colman el espíritu, fantasías que sustituyen los horrores gráficos de la soledad y sus dientes de acero, fantasías que buscan las extremidades corpóreas para herir con locura hasta desangrar el cuerpo. En muchas personas, la ilusión puede ser motivo para entender la vida. Dice la voz femenina en el segundo cuarteto:

Si al imagen de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,

La mujer declara ser el soporte de aquél a quien ama, declara ser punto de apoyo para aquél que necesita no sentirse solo. El apoyo es genuino, total, absoluto, “obediente acero” donde el hombre puede encubrirse cuando desee encontrar esa cavidad donde resguardarse de flechas o espadas que intenten herirle, no el cuerpo, sino lo que está más allá y es susceptible de ser lastimado. Pero el reclamo lívido surge después con la intensidad del amor no correspondido, aquél que queda solo, desamparado, luego de haberle resguardado de la soledad y el desamparo:

¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Un dulce reclamo, en ningún momento violento. Reclamo donde la voz femenina se envuelve en la pesadumbre de sentirse no correspondida. La persona que ama espera universos nuevos de la persona amada. Las acciones propias de quien ama tienen un objetivo: encontrar correspondencia. Es común que se diga bajo sábanas húmedas que las acciones de quien ama son acciones desinteresadas, actos que no pretenden recibir a cambio abundante analogía. Ella ofrece su apoyo generoso con la esperanza de encontrar similitud cuando lo necesite. Dice la voz femenina en el primer terceto:

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:

Ella declara que aquél no debe sentirse seguro de haber logrado la imposición del pendón en la cima, en señal de conquista. El tirano es quien conquista, el que pone el pie sobre el cuello del conquistado como señal inequívoca de autoridad y poderío. El tirano es quien gobierna con la pestilencia inconfundible del cinismo, no sólo la tierra que posee mediante la fuerza, sino el cálido cuerpo que se postra a sus pies, disperso, vencido, como símbolo absoluto de sumisión. El último verso del primer terceto se une con el primero del último:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía

El engaño, propósito central de quien se sabe dominante, viene a ser segundo término en esta historia de amor no correspondido. “Forma fantástica” por ser fantasía, sombra sobre paredes intangibles, ilusión que define un rostro y luego se disipa, hechizo, ficción, como la misma voz femenina comenta en los versos anteriores a éste. Al final dice:

poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Para ella es de menor importancia ser objeto de burla, proyecto a quien se le destina el engaño, partícula minúscula que se arroja al abandono, aunque todas las acciones duelan y postren y humillen. La mujer concluye diciendo que en su pensamiento, laberinto interno donde confluyen los aromas delicados del amor, él habita. Resulta benéfico el amor de la persona que ama sin encontrar alguna vez correspondencia. Su espíritu se engrandece, vive, se fortalece y triunfa, aunque no haya un espejo amplio que devuelva la imagen amorosa que se envía.

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Poema incluido en el Tomo I Lírica Personal Obras Completas de Sor Juana Inés de la Cruz (FCE, México, D. F., 1988). Página 287.

Imagen: Wikipedia

domingo, 6 de noviembre de 2011

La imagen de la no-metáfora


Las voces de principios del siglo XX se escuchan como murmullos lejanos, como bisbiseos desbocados, por el pasillo principal del ITEC Center en Brownsville, Texas. Alrededor de cien imágenes del Archivo Casasola son tatuajes temporales en las paredes del edificio de la Universidad de Texas en Brownsville. Ahí están las oficinas del Consulado de México en Brownsville, dirigidas por el Sr. Cónsul Rodolfo Quilantán Arenas, quien se dio al trabajo de organizar la exhibición parcial del acervo fotográfico de Agustín Víctor Casasola (1874-1938), uno de los fotógrafos documentalistas más importantes que ha dado México.

Las voces de la Revolución Mexicana, conjunción de tonalidades en blanco y negro, convergencia de rostros memorables y otros anónimos que han logrado permanecer a través de la lente profesional del fotógrafo, imágenes donde el tiempo pareciera nunca haber existido, como si aquellas figuras jamás hubieran sido cuerpos. Y sin embargo…


Imágenes que muestran el México de la clase alta, la de los profesionistas y la gente de poder económico. El México que muestra a sus personajes destacados en la ciudad de noche. Imágenes de campesinos y soldaderas, la humildad y la sencillez del pueblo, de nadadores y rostros que hoy son recordados en las páginas perpetuas de la crónica: Francisco I Madero, Emiliano Zapata, Pancho Villa, así como personajes singulares: Diego Rivera, Julio Antonio Mella, Tina Modotti, Amado Nervo, entre otros rostros del arte y la cultura.

La exposición estará disponible durante el mes de noviembre de 2011. Si tiene la oportunidad, no la desaproveche. No es frecuente regresarnos a un pasado, tal vez que muchos no vivimos, pero del cual somos herederos. La imagen desnuda, la imagen de la no-metáfora.

Imágenes: Archivo Casasola

martes, 1 de noviembre de 2011

Mis muertos


Cargo a mis muertos como flores rojas entre mis brazos, como burbuja que crece al paso vertiginoso de los años. Cargo a mis muertos con el sudor en mi frente como señal impuesta por Dios para caminar por las tierras del mundo.

Mis muertos son memoria en mis soledades, pan sobre la mesa cuando el hambre entra a mi cuerpo con su violencia de siglos, espejos donde me veo en algún futuro incierto, símbolos de compañía cuando el cansancio me vence por las noches.

Mis muertos tienen nombres múltiples, luminosos, sonoros como sonido de violines: María Socorro Martínez Garza, Luciano Rodríguez Rodríguez, Ramiro Rodríguez Martínez, Luciano Rodríguez Martínez, María del Socorro Rodríguez Martínez, María Garza Cisneros, Enrique Martínez Santana, Humberto Martínez Garza, Armando Martínez Garza, Héctor Martínez Garza, René Villarreal, Eleazar Benavides Guerra, Arturo Martínez Echazarreta, Cristina Indira Garza Rodríguez, Rosa Elva Paz Treviño.

Mis muertos son míos porque me cuestan un poco de mi vida conforme experimento su ausencia. Al morirse ellos, también se muere un poco uno. Algo de nosotros se llevan dentro de sus ataúdes. Algo escondido entre sus manos.

Mis muertos, en realidad, no están muertos: viven mientras vivo.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El arte de NoraIliana


Trazos, colores y formas, herramientas del artista para abrirse al mundo, para desollarse y permitir que la gente que pasa contemple su interior en un proceso de comunión y comunicación permanente. El artista es un ser fuera de lo ordinario: es extraordinario. Mira las cosas de una manera distinta a la manera de las personas que conformamos las multitudes. Tiene una percepción distinta de las cosas. Sus manifestaciones sensoriales son las mismas que las del resto de la gente. Pero las del artista están más agudizadas: ve lo que otros no; huele lo que otros no; toca lo que otros no; escucha sonidos imperceptibles para otros y su lengua identifica los sabores que se transforman en trazos, colores y formas.
NoraIliana Esparza Mandujano (México D. F., 1967) es una artista en cuyas venas corre la pintura, el talento y la religiosidad para alcanzar sus objetivos. En poco tiempo ha demostrado su auténtica vocación para el arte pictórico. 
En algunas de sus obras está presente el colorido infinito detrás de los ojos, la percepción humana de una realidad que se fragmenta en diminutas partículas de colores diversos y contrastantes, brochazos lívidos e impetuosos, que convergen en una imagen objetiva de los elementos que nos circundan al caminar por el mundo. Por momentos, la realidad que se presenta frente a los ojos se distorsiona hasta alcanzar la calidad de abstracta. Aquí la voluntad sin fronteras de la artista, el antojo estético de manejar la técnica a su arbitrio y presentarnos un resultado distinto, una imagen única.
El erotismo es otra de las constantes en algunos de sus cuadros. La sensualidad como sustancia inherente al individuo, el cuerpo y las pasiones como una bandera roja sobre la completitud humana. Aquí que la obra nos presenta momentos que son nuestros, dada la universalidad del tema.
Elementos de la naturaleza que se enfrentan en un duelo para determinar la supremacía de su belleza, que se confrontan para evocar espacios en una especie de déjà vu, para transportarnos a lugares desconocidos por conocidos. El mar, el lago, la luna, las flores, el cuerpo: elementos que vibran también en la creación poética. Aquí la interdependencia de las bellas artes, el complemento entre la pintura y la poesía, naturaleza de NoraIliana Esparza Mandujano.
Acercarse al arte visual de esta mujer de talento extraordinario es acercarse a un espacio íntimo, un entorno silencioso pero lleno de sonidos, un lago inmenso lleno de peces que nos esperan para alimentarnos, una luna neorromántica que nos persigue a través de los siglos, una oportunidad de admirar la belleza interna y externa de una mujer muy mujer a través del arte como medio de expresión humana.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Ofrenda patriótica


Yo te ofrezco, Patria, el laurel presente,
la vertiente que me habla de una diosa,
yo te ofrezco la estancia majestuosa
en la empresa audaz del adolescente.

Te ofrezco, Patria, la sombra inocente
de infantes que se inventan en tu prosa,
la noción que se cumple y que se goza
en la memoria intensa de mi gente.

Yo te ofrezco, Patria, el filial aliento
al posarme en la conquista del viento,
al saberme fruto de tu indulgencia.

Y yo te ofrezco, Patria, mis abrazos
porque al hacerlo se estremecen lazos
en la canción feliz de mi ascendencia.

De Moros en la costa (Obra selecta 1992-2002) (ALJA, 2012)

sábado, 27 de agosto de 2011

Semana de palabras


Una semana muy benéfica para las letras del noreste tamaulipeco y el sur de Texas. El pasado martes 23 de agosto, en punto de las 7 p.m., se llevó al cabo el encuentro de escritores “PreTextos para conocer a Borges” en la Casa de la Cultura de Reynosa, Tamaulipas. Ahí se dieron cita varios escritores para presentar su obra y hablar sobre la obra del escritor argentino Jorge Luis Borges. El anfitrión, Víctor González Treviño, dio la bienvenida y presentó a los escritores invitados: Angye Beltrán, Juan Antonio González, José Ángel Solorio, Érika Said Izaguirre, Asenat Velázquez, Joaquín Peña Arana, Conchita Hinojosa, Alejandro Rosales y a quien esto escribe. También se presentaron lecturas con la obra de Borges en las voces de Beatriz Rocha y Damián González. Al final del programa se ofreció un ambigú para todos los asistentes y una cena para los escritores de Reynosa, Río Bravo, McAllen, Brownsville y Matamoros.
El miércoles 24 de agosto, a las 6:30 de la tarde, el Ateneo Literario José Arrese presentó el IV Recital Literario “Voces desde el Casamata”, en esta ocasión rindiendo homenaje póstumo a la escritora michoacana-tamaulipeca Celia Esperanza Charles de Pérez. El evento tuvo lugar en la Sala María del Pilar del Museo Casamata. Asistieron algunos miembros de la familia Pérez Charles y personas destacadas en el arte y la cultura matamorenses como las profesoras Marta Rita Prince Aguilera, Rosaura Dávila de Cuéllar y Mary Ventura, así como Monseñor Roberto Ramírez Hernández y la Sra. Elba Macluf Lajud. Esa noche leyeron obra personal Ruth Martínez Meraz, Joaquín Peña Arana, Conchita Hinojosa, Juan Antonio González y quien esto escribe. Para concluir el programa, Monseñor Ramírez presentó una semblanza de la autora y los participantes, una lectura de la obra de Celia Esperanza incluida en los libros Esperanza El mundo poético Vol. 1 y 2. Al final, el Ateneo Literario José Arrese ofreció un ambigú y vino para los asistentes.
El viernes 26 de agosto, acudimos al “V Viernes de Lectura” convocado por el Consulado de México en Brownsville encabezado por el Sr. Cónsul Rodolfo Quilantán Arenas. La lectura inició en punto de las 6:30 de la tarde, después de que las personas que llegaran temprano disfrutaran una taza de café. En esta lectura, convocada cada mes desde abril 2011, participaron Brenda Nettles Riojas, Travis Whitehead, Julie Corpus, Roberto De la Torre, Rossy Evelin Limá, Joaquín Peña Arana, Conchita Hinojosa, Ruth Martínez Meraz, Alejandro Cabada Fernández, Gustavo Morales y quien esto escribe. Al final de la lectura, el Sr. Cónsul tomó la palabra para invitar a los asistentes a los diversos eventos organizados por el Consulado, entre los que destaca la Primera Feria del Libro a celebrarse del 12 al 15 de octubre en el edificio del ITECC y en la cual participarán escritores con conferencias, lecturas, presentaciones de libros, entre otras actividades.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Los espejos múltiples de Borges

Entrar en el universo literario de un escritor con el objeto de fragmentar los componentes del texto que produce, palparlos con la insolencia de la opinión subjetiva y emitir un juicio individual de acuerdo con la apreciación estética de quien entra sin permiso a una propiedad privada destinada al mundo, puede ser una aventura temeraria.

En los libros de Jorge Luis Borges (Argentina 1899 – Suiza 1986) es más temeraria la aventura dada la complejidad retórica-estética de su obra. Durante el proceso deslumbrante de asimilación y escrutinio del libro de prosa y verso El hacedor (1960), me vi en la necesidad personal de continuar con un segundo libro de poesía, El otro, el mismo (1964) el cual, de igual manera que el anterior, me sedujo por su lenguaje y perfección estilística, por su limpieza en el texto y la concisión de la idea. No conforme con estos dos libros, los cuales ya habían despertado inquietudes críticas con referencia a algunos sistemas de imágenes, me vi sorprendido en las páginas poéticas de Elogio de la sombra (1969), el cual me convence —o me vence— para continuar con un último libro de poemas, El oro de los tigres (1972). Las cuatro obras son tan distintas en su propuesta poética como semejantes. Pareciera que me contradigo de contradicciones, que veo en el libro lo que no veo, que digo algo que nada dice. Habrá que leer para creer.

Ya había explorado la narrativa de Borges: algunos relatos incluidos en El Aleph (1949) y otros en Ficciones (1956) formaban parte de mi experiencia como lector de autores hispanos, mis favoritos.

Sin embargo, mis intereses personales y mi práctica más recurrente en cuanto a creación literaria me condujeron a la poesía. Borges tiene, al igual que otros poetas, reincidencia en algunas palabras; es decir, elementos de uso frecuente en las páginas de los cuatro libros inicialmente mencionados, tales como sombra, noche, laberinto, espada, tiempo, luna, reflejo, sueño, entre otros elementos.

Estas reflexiones giran en torno al espejo —o a los espejos, dicho de una manera más precisa: en la obra borgiana hay espejos múltiples por disímiles. El autor encuentra diversas simbologías en la figura común del espejo.

En El hacedor, Borges —o dicho mejor, la voz poética— habla no del espejo en su carácter singular, sino de los espejos:

“Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos” (192)

Por un lado, la aversión contundente y explícita hacia los espejos, como propósito firme de negar la imagen que se devuelve. Por otro, la representación visual del reflejo —ambas palabras relacionadas por su rima consonante en casi todos los poemas incluidos en los cuatro libros—, aquella multiplicación de imágenes tangibles que habitan el espacio real, la prolongación-repetición de personas y objetos del universo. En otras palabras, el espejo es la duplicación de las entidades reales. En el mismo poema dice:

“ese rostro que mira y es mirado” (192)

El espejo es el objeto que el ser humano ve y en el que se ve. El hombre se asoma al espejo y ve el reflejo de aquél que es: se concibe como elemento concreto que le da identidad y forma en el espacio que ocupa en el universo. Aquí la definición de la identidad juega un papel prominente. ¿Quiénes somos? ¿Qué materia milagrosa nos compone? ¿Hay algo más debajo de la piel que nos ilumine dentro de la iluminación? ¿De qué manera miramos y nos miran? Una serie de interrogantes que nos asaltan después de leer el fragmento anterior. Más adelante, en el mismo poema, la voz poética dice:

“Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro.” (193)

En esta declaración se afirma que no se está completamente solo, sino que hay alguien más en la habitación que concede compañía. Aun con el padecimiento de la ausencia física, hay presencia, y esta presencia se denuncia en la superficie plana del espejo. Aunque al inicio de este poema se declara el “horror de los espejos”, es posible observar que en el entorno físico la soledad no existe, que el reflejo devuelve la figura de aquél que acompaña nuestros pasos de manera permanente. En el espejo hay otro: la fiel repetición de un elemento real. Algo similar se presenta en otro poema, pero en éste la persona reflejada no es quien habla, sino alguien más:

“aquella otra dama del espejo” (195)

El espejo es el conducto, el canal de transportación visual, para encontrarse con la persona que se es. Tal vez, la persona que no se es. Es decir, otra. En el poema “Susana Soca”, la mujer se asoma al espejo y encuentra a otra que no es, pero que tiene semejanza con aquélla que se posiciona frente al cristal de la duplicación. El espejo no sólo devuelve la imagen de la persona que se mira en él, sino que puede devolver la imagen de otra persona distinta. En otro poema, el espejo no devuelve la imagen del mismo ni del otro, sino la imagen de nadie:

“Alabada sea la infinita
urdimbre de los efectos y de las causas
que antes de mostrarme el espejo
en que no veré a nadie o veré a otro
me concede esta pura contemplación” (217)

La contemplación es un estado de observación concreta y detenida donde quien contempla aprehende los elementos visibles del objeto contemplado. El espejo también simboliza la posibilidad de que alguien que es no sea: el espejo no muestra a nadie; y si muestra a alguien, muestra a otro, a alguien distinto, a una entidad destinada a la contemplación. El estado anímico de quien contempla, su experiencia de vida, el fracaso o la decepción, pueden ser causantes de la ausencia de identidad; inclusive, ausencia de cuerpo físico. La posibilidad radica en no ser o ser otro distinto al que se contempla en el reflejo. En otro poema, Borges vuelve a la duplicación:

“sobre esa piedra gris que se duplica
continuamente en el borroso espejo” (219)

El espejo es la representación viva de la duplicación, la prueba fehaciente de la repetición concreta de imágenes. Aunque en ciertos textos el espejo no devuelve el reflejo de nada ni de nadie, en otros devuelve la réplica exacta de aquél que se enfrenta a su superficie. El vocablo “borroso” declara, sin embargo, que la imagen devuelta no tiene la nitidez del elemento duplicado. En otras palabras, la identidad de las cosas y las personas se ubica en un punto intermedio entre la realidad y la irrealidad, el cuerpo y el no-cuerpo. En el siguiente fragmento, la réplica es fiel y exacta:

“¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
el menor movimiento de mi mano? (510)

En el poema “Al espejo”, Borges lo personifica y reincide en la duplicación del elemento real con aquel elemento delineado en el reflejo, en la repetición de rostros y movimientos. La expresión “menor movimiento” alude a la nitidez reflejada, a la duplicación absoluta de aquel elemento que se ubica frente al espejo, en este caso la mano. En el siguiente texto, la voz poética dice:

“A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara” (221)

El espejo es también un detallado escaparate hacia otra dimensión que nos deja ver al otro yo que nos puebla, al alter ego. Aunque el espejo duplica el cuerpo de manera exacta, es posible que exista diferencia en pensamiento o en acción. En este fragmento, se establece una dualidad entre arte-hombre, paralelismo que —elementos, por naturaleza convergentes, pero distintos entre sí— puede mostrar la correspondencia entre un elemento y otro. Los seres humanos recurrimos al espejo con cierta frecuencia para encontrar las respuestas que desconocemos; en otras palabras, el espejo es una herramienta para conocernos y reconocernos, para construir un puente sólido de diálogo con nosotros mismos. También puede tener una función no deseada en ciertos momentos:

“En vano quiero distraerme del cuerpo
y del desvelo de un espejo incesante” (237)

El espejo puede ser un vigilante nocturno. En el insomnio que padece, el hombre ve al espejo sobre la pared como un constante persecutor, espía que persigue al hombre para enfrentarlo, conciencia que lo acecha como una manifestación estatuaria del alter ego. Mientras que puede ser una herramienta para establecer diálogo consigo mismo, otras veces puede ser compañía indeseada, no requerida, dado el estado anímico de la persona que padece insomnio. En otro poema encontramos:

“Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano” (257)

En este fragmento, el espejo es el símbolo humano de quien aguarda el regreso de otro que nunca regresará, espacio vacío que espera la llegada de alguien que ya no es alguien, sino nadie. La ausencia de personas que antes fueron presencia, la soledad que nos queda después del despojo definitivo —llámesele ruptura, abandono o muerte— se acentúa al momento de asomarnos al espejo y ver la soledad que nos acompaña de manera permanente como una sombra detrás de nosotros. Pero, ¿qué hay detrás de los espejos?:

“Como del otro lado del espejo
se entregó solitario a su complejo
destino de inventor de pesadillas” (290)

Al hacer alusión al reverso del espejo, la voz poética se refiere a la oscuridad que mancha todo son su ceguera crónica, a la soledad del individuo que es más individuo que nunca, al no-reflejo que simboliza ausencia, extinción, vacío. Mientras el espejo duplica imágenes, repite elementos (aunque en dirección opuesta), el lado posterior representa la contraparte de estos conceptos. Si en algunas ocasiones, el espejo devuelve soledad, el reverso no es otra cosa más que la soledad misma, la oscuridad permanente en la que se ahoga esa soledad. En otro texto, la voz poética dice:

“Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.” (305)

El espejo es aquí una ventana abierta a la perpetuidad, a la repetición infinita de los objetos y las personas que se reflejan en su superficie. Además, no sólo se habla de un reflejo, sino de múltiples, dada la evolución constante que dicta sobre las personas el tiempo. El transcurso paulatino de los momentos queda grabado en la superficie de los espejos. Lo avalan los rostros diversos que permanecen en la memoria de aquél que vio el reflejo de la imagen amada. Otro texto propone:

“ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo” (308)

El juego de palabras es un recurso altamente ingenioso en este fragmento. Las palabras son materia dúctil que el poeta modela para crear y recrear conceptos e ideas, pretextos para reconocerse en su impacto lingüístico, movimientos sintácticos trazados con el propósito de presentar la singularidad del poema. El sueño es la manifestación intangible del subconsciente, la vibración temporal que se expande en el cerebro cuando el cuerpo descansa. El espejo no es sólo repetición, sino repetición de la repetición. En el espejo se muestra el reflejo del reflejo. En el siguiente fragmento, la voz poética dice:

“pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra
y que el día deforma en sus espejos” (318)

En el poema “El sueño”, incluido en El otro, el mismo, se habla de los espejos del día. Aquí el espejo se emparienta con la naturaleza de la luz, la luminosidad que llega con la aparición del sol. El día nos muestra una serie de reflejos que terminan con aquéllos creados por las sombras de la noche. La noche también reúne sus espejos. El ciclo día-noche donde ésta es vencida por la luz que llega con aquél. El sueño termina asimismo con la luminosidad de los espejos que se manifiestan durante el día. Luego, en otro poema incluido en el libro Elogio de la sombra, dice:

“creyéndolas de un hombre, no espejos
oscuros del Espíritu” (355)

El espejo abandona su luminosidad natural para representar con su oscuridad atípica la maldad del hombre. Se apagan los reflejos luminosos que se engendran con el día y quedan los reflejos oscuros que desembocan en la sombra. Los espejos oscuros designan conductas varias en el hombre: el recelo, la envidia, el odio, entre otros elementos relacionados con la maldad y otros vicios humanos. Los espejos oscuros existen, según la perspectiva del poeta, y éstos se relacionan con la conducta humana negativa. Más adelante, en el soneto “Ricardo Güiraldes”, el poeta dice:

“Como en el puro sueño de un espejo
(tú eres la realidad, yo su reflejo)” (366)

La voz poética habla de él —de Güiraldes— al principio del poema; y luego, con él, hacia el final. De este diálogo directo entre escritor-escritor, creado dentro del texto, Borges se presenta a sí mismo como el reflejo y relaciona a Güiraldes con el espejo. En otras palabras, Jorge Luis Borges exalta a Ricardo Güiraldes como paradigma para su desempeño literario. Muchos escritores hablan en su obra literaria de aquéllos a quienes admiran, aquéllos que de alguna u otra manera han influenciado las letras del escritor cronológicamente posterior. En otro poema dice:

“En este libro estás, que es el espejo
de cada rostro que sobre él se inclina” (374)

Aquí se relaciona al lector con el libro a través del paralelismo, al lector que —al leer— encuentra en las páginas a otras personas semejantes a él. Como un espejo, el libro presenta el rostro de aquél que lo lee. En un libro se presenta la visión individual del autor, pero es frecuente que el lector se identifique con las vivencias y visiones personales de otros. Ahí la universalidad del libro que se relaciona con el espejo. En otro poema se aprecia:

“El ilusorio ayer es un recinto
de figuras inmóviles de cera
o de reminiscencias literarias
que el tiempo irá perdiendo en sus espejos” (463)

Para Borges, el tiempo es una entidad llena de espejos, y cada uno de ellos, diversas etapas del pasado. En este poema, los espejos son los diversos rostros de las horas y los minutos. Acerca de ellos, es posible reflexionar en las etapas pretéritas de una vida humana. El tiempo tiene sus peldaños, sus eslabones, y en cada uno de ellos, se presentan rostros conocidos, miradas vistas alguna vez, cuerpos de personas que forman parte concreta de cierto punto en el pasado. Pero el ayer es ilusorio; poco a poco las imágenes se irán perdiendo en los espejos del tiempo. El poeta insiste en la propuesta de un libro anterior:

“El espejo que no repite a nadie
cuando la casa se ha quedado sola” (481)

Mientras que en algunos poemas el espejo es símbolo indiscutible de repetición, de duplicación de objetos y personas, en otros —como en el poema “Cosas” del libro El oro de los tigres— el espejo es la vaciedad, la no-repetición. Cuando la casa queda sola, sin cuerpos deambulando por los espacios disponibles, el espejo no tiene a nadie que repetir. Desde luego, están los objetos, pero en este caso particular la soledad infiere la ausencia de personas, no de objetos ni de mobiliario ni de colores. ¿Qué es un espejo que no refleja a las personas? ¿Qué, uno que no refleja el movimiento? Después, en otro poema, dice:

“El espejo inventivo de los sueños” (490)

El espejo es también un espacio en el cual se refleja el mundo enigmático de los sueños, esos paréntesis nocturnos de quietud donde el cuerpo muere durante un tercio del día. En su superficie (la del espejo) se refleja el cosmos que sólo puede ser concebido en las ventanas múltiples de los sueños. El sueño se inunda con los aromas y el vaho de la irrealidad, de los objetos y las personas no tangibles que abundan en burbujas creadas por el subconsciente. El sueño es un espejo creado por el subconsciente durante la muerte momentánea del hombre. La voz poética dice en otro texto:

“El rostro que el espejo le devuelve
guarda el aplomo que antes era suyo” (500)

Otra posibilidad en la simbología del espejo es una ventana de imágenes ilusorias que se le presentan al entendimiento humano. Cuando el hombre se acerca al espejo, la imagen devuelta puede ser una de tiempos pasados, de juventud ida y de instantes mejores. El hombre ve lo que quiere ver al asomarse al espejo, pero el espejo contribuye a presentar una imagen que no es, sino que fue; ahí la ilusión creada por el pensamiento del hombre y por la ilusión temporal de los espejos. En un texto más, la voz poética dice:

“Símbolo de una noche que fue mía,
sea tu vago espejo esta elegía” (513)

La vaguedad es símbolo de vaciedad, de desocupación. El adjetivo “vago” atribuido a la figura del espejo le adjudica una relación absoluta con la vacancia, con la ausencia dentro de la memoria, con la contraparte del recuerdo; es decir, el olvido. La vaguedad del espejo es una partícula diminuta de lo que ya no es, la sequedad que permanece en la quietud de una copa vacía. Aquí el espejo simboliza, no sólo lo que fue, sino lo que queda de lo que fue; es decir, la vaciedad.

En El hacedor; El otro, el mismo; Elogio de la sombra y El oro de los tigres, Jorge Luis Borges frecuenta la figura enigmática del espejo para simbolizar las múltiples connotaciones que presenta el objeto, los diversos significados que le atribuye desde su personal forma de entender la realidad caótica que lo circunda. Un mundo de simbolismo, de significados complejos que se concatenan con la percepción humana, sin duda, una manera efectiva de conocer más, no sólo al escritor que enaltece las letras hispanas, sino al hombre extraordinario que percibe y siente lo que tantos otros hombres.


Bibliografía
Borges, Jorge Luis. Obras completas II. EMECÉ Editores España, 1996.