lunes, 17 de enero de 2011

Lo que no mata, fortalece


“Lo que no mata, fortalece” (1), le dije a mi amigo, después de perder a la mujer de su vida. Cuando intentaba darle el consuelo que todos los seres humanos necesitamos ante circunstancias parecidas, le pregunté si había escuchado alguna vez aquella frase que guarda una verdad contundente. Me contestó que sí. Cuando alguien se nos muere, le dije mientras me contagiaba su lluvia personal, sentimos que nos abate el dolor, que nos pisotea el cuerpo hasta quedar inmóviles en el suelo, con el rostro lamiendo la tierra mientras el sonido se desvanece y la luz se transofrma en sombra. La pérdida del ser amado nos inunda con el golpe impío de la vaciedad, nos cerca con la sequía rebelde del abandono y la insolencia irreverente de la soledad que nos acosa con sus labios de fuego. Pero esa vaciedad, esa sequía, ese dolor que nos traspasa hasta hacernos perder la conciencia, pueden ser transformados en energía intensa que nos permita permanecer de pie, con el rostro sostenido en la delgada línea del horizonte, para continuar con los propósitos de nuestros pasos. Cierto es que sentimos morir también. Morimos un poco cuando un ser amado se nos muere. Me llega a la mente aquel lamento eufónico de la cantante colombiana (2) “cuando alguien se va, el que se queda sufre más”. Sí, nada más cierto. El que queda en la tierra con aquel hoyo inmenso en el centro del pecho, padece más la melancolía, se desintegra, se vuelve polvo que se asienta con levedad sobre las cosas. Es difícil superar la infinitud del dolor, librar su bofetada eterna que nos recuerda lo efímero que puede ser nuestra presencia en los caminos de la vida. Pero no podemos caer para siempre, no es posible quedarnos estáticos sobre las piedras, con el desgano vacío en la superficie de la lengua, preguntando “por qué” al que pasa. Hay cosas que no tienen una explicación lógica para nuestro entendimiento. No se es culpable de la muerte de alguien más si no hay propósito y dolo para provocarle la muerte. Hay que saber decir adiós a quien inicia el regreso hacia el origen, cederle la partida a quien da el paso hacia adelante, aunque cuando alcemos la mano para despedirnos sintamos que nuestros dedos se secan.


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(1) Pensamiento del filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzche.
(2) Verso del tema “La despedida” de Shakira Mebarak.


Imagen: Ramiro Rodríguez

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