jueves, 3 de febrero de 2011

Compadre


(Imagen: Un pedazo de cielo, Ramiro Rodríguez)

I

Con su callada tristeza
cerró sus ojos, compadre,
como una estrella apagada
en el rostro de la tarde.
Mientras el sueño se fija
en las hojas de los árboles,
nosotros quedamos mudos
en el vientre de los mares.
Con su sencilla hermosura
cerró sus labios, compadre,
como una guitarra limpia
en las palabras del aire.
Ella duerme en los arroyos,
en las alas de las aves,
en los acordes desnudos
de sonidos musicales.
Con su silencio de diosas
cerró la puerta, compadre,
en la mudanza del cuerpo
cuando duermen las deidades.
El aroma de las nueces
permanece en los rituales,
como una huella profunda
en los mitos de la carne.


II

Nada más es de decirse
que acostumbrarse, compadre,
para no romper su vuelo
hacia mejores lugares.
Será su aliento el aliento
para consumar los planes,
la energía que transforma
las calladas soledades.
¿Quién prefiere confundirse
con las lenguas de los mártires,
si el corazón nos conmueve
para llenarnos de aves?
¿Quién prefiere corromperse,
de recuerdos olvidarse,
si al recordar vive el hombre
con la intensidad del aire?
El recuerdo es otro modo
de seguir siendo, compadre,
es de hablarse otra manera,
otra acción de resguardarse.
El amor es para siempre
cuando los ojos renacen,
cuando las palabras quedan
en la piel como tatuajes.
En la sangre se concentra
el aliento que nos hace
continuar por los caminos
en los labios del instante.

De Poemas a propósito (ALJA, 2012)

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