viernes, 8 de abril de 2011

"No puedo amarte" Bécquer y la mujer ideal


Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) es tal vez el romántico más grande de la España del siglo XIX. De su libro Rimas (1871) he memorizado el poema XI de tanto leerlo, un poema en donde las características temáticas de la época están, inclusive, hasta en los intersticios de las palabras.

El romántico es un individuo muy individuo; es decir, aislado de los demás, incomprendido hasta por los de su propia casa, triste como una noche sin luna, melancólico hasta las lágrimas. El romántico se centra en su sentimiento, se concentra en las agujas de su "yo" interior, en su propio eje de simetría. Descubre que el mundo gira alrededor de su individualidad. Ahí la posible explicación de su destierro social voluntario. Bécquer es, en su poesía al menos, un hombre solitario como la generalidad de los románticos. Idealiza el amor, le atribuye características imposibles, lo busca donde sabe que no puede encontrarlo. Teniendo diversas opciones al alcance de sus manos, prefiere aquélla que se oculta como entidad transparente en los ramajes dispersos de la abstracción y la inexistencia.

“—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión;”

La mujer morena se abre como un fruto para desatar los caballos de la gula. Se ofrece con la calidez del cuerpo. Se materializa frente a los ojos del hombre. No es nada más una fuente constante de sensibilidad, una ebullición de inteligencia. También es carne; también, erotismo. Se manifiesta como una trampa sublime para tentar al pecador más desorbitado hasta hacerlo sucumbir en las dulces mareas, controladas por la intensidad con que se mueve la carne.

“de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas? —No es a ti, no.”

La primera mujer, la morena, no es sólo cuerpo: tiene alma, piensa, siente y propone la unificación de las cualidades para lograr la culminación exitosa de la pertenencia. Pero el hombre romántico no busca el ardor, no busca la sensualidad ni la piel morena que promete el aroma exquisito de la pasión. La respuesta es categórica: no es la mujer que él dibuja en las noches de bosques, de lluvia intensa y de lagos que guardan una luna invisible.

“—Mi frente es pálida; mis trenzas, de oro;
puedo brindarte dichas sin fin;”

Aparece luego esta mujer hermosa, de piel blanca y de cabello rubio; aquélla que, conociéndose, habla sobre sus capacidades amatorias para hacer feliz al hombre que la escucha sin escucharla.

“yo de ternura guardo un tesoro;
¿A mí me llamas? —No; no es a ti.”

Pero el hombre se muestra indiferente. Tampoco ella tiene los atributos extraordinarios que él busca para consumarse, para perpetuarse. Ni siquiera la ternura que puede ofrecerle la mujer que pasa mostrándole su pecho abierto es razón suficiente para asegurar su completitud. Otra vez el hombre romántico desdeña la posibilidad. No es ella a quien llama.

“Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;”

Hacia el final del poema aparece una mujer revestida de sueño, abstracta; de tan invisible, desnuda; aquélla que, siendo, no es; la que se desdibuja en los límites entre la claridad del alba y la agonía de la noche. Esta mujer es un imposible y, al ser imposible, no existe. Hay barcas tripuladas por fantasmas: barcas a la deriva.

“soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. —¡Oh, ven; ven tú!” *

El romántico confirma su voluntad en estos versos. Esta mujer no tiene estructura. No puede tocársele porque en pocas palabras no tiene cuerpo. Y por si fuera poco, no puede amar, debido a su presencia no física; es decir, a su ausencia. Pero el hombre romántico se alegra, se celebra en el gozo del imposible. Deja su indiferencia para implorarle que se presente; para consumarse, como entidad, en el sueño.

En la voz masculina del Poema XI, Gustavo Adolfo Bécquer representa al hombre romántico, aquél en quien el amor no se extiende abarcándolo todo, sino que se contrae hasta adquirir categoría de punto minúsculo en el espacio.

Imagen: Wikipedia
____________________________
* Bécquer, Gustavo Adolfo. Rimas y Leyendas. Editorial Alba. 2001, España. P. 34.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario