domingo, 17 de abril de 2011

Somos inocentes


Nos declaramos inocentes. Colocamos nuestros índices en posición horizontal para despojarnos de la inmundicia que cubre nuestros actos. Los errores se agolpan en la sangre con el nerviosismo lógico del agua que hierve y nos hacen alzar el brazo para culpar al que pasa frente a nuestros ojos. Somos débiles para encarar la ira de nuestros temores. 

Víctimas siempre; jamás victimarios. Los mexicanos nos asomamos en el espejo turbio de nuestras acciones para encontrar el origen falso de los errores. Concluimos que somos la unción de la inocencia sobre la frente. Si tropezamos y caemos con toda nuestra humanidad sobre la tierra, la culpa es de la piedra. Si bebemos una taza de café y nos quemamos la lengua, es culpa de quien lo sirve. Si nuestro país naufraga en las aguas turbias de la violencia, la culpa es del país vecino. Nos dispersamos en la traición por el estigma de la Malinche, dicen algunos. Los espejos muestran lo que el ciego no contempla.

Los siglos no denuncian lo contrario. Desde tiempos remotos disculpamos nuestros errores con alevosía en la figura de los otros. La inocencia nos abandera. Caminamos con el pendón que nos transforma en mártires y surcamos las calles de ciudades abstractas, buscando la compasión ajena, convocando a la comprensión y la empatía colectiva. Las aberraciones no son iniciativa de quienes poblamos esta patria. Somos drogadictos por culpa de quienes expenden la droga, por distorsión conductual de quienes la cultivan.

Malos a causa de la maldad de otros. Nuestra ruindad se origina en la ebriedad de los dioses. Las malas acciones germinan, como semillas que prometen un fruto venenoso, en las imprecaciones de aquéllos que nos acosan, bajo la lengua de aquéllos que nos maldicen. Malos por alguna maldición que, sobre nuestra inocencia, pronuncia la noche.

¿Y si somos buenos? Es así por iniciativa propia. Jamás por la voluntad de otros. No culpamos ni a nuestros padres por nuestros aciertos. Las alas de ángel brotan en nuestras espaldas por méritos propios, por talento individual y habilidad extraordinaria. Somos imágenes únicas en el fondo de todos los espejos.

Por esto nos declaramos inocentes ante los ojos del mundo.


Imagen: Ramiro Rodríguez

2 comentarios:

  1. Tan es así que hasta nuestra propia inocencia nos corrompe....saludos mi Amigo! como siempre tan acertado.

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  2. Yo no tengo la culpa de escribir lo que escribí. Bien mexicano el pelao.

    Un abrazo, Ruth.

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