miércoles, 24 de agosto de 2011

Los espejos múltiples de Borges

Entrar en el universo literario de un escritor con el objeto de fragmentar los componentes del texto que produce, palparlos con la insolencia de la opinión subjetiva y emitir un juicio individual de acuerdo con la apreciación estética de quien entra sin permiso a una propiedad privada destinada al mundo, puede ser una aventura temeraria.

En los libros de Jorge Luis Borges (Argentina 1899 – Suiza 1986) es más temeraria la aventura dada la complejidad retórica-estética de su obra. Durante el proceso deslumbrante de asimilación y escrutinio del libro de prosa y verso El hacedor (1960), me vi en la necesidad personal de continuar con un segundo libro de poesía, El otro, el mismo (1964) el cual, de igual manera que el anterior, me sedujo por su lenguaje y perfección estilística, por su limpieza en el texto y la concisión de la idea. No conforme con estos dos libros, los cuales ya habían despertado inquietudes críticas con referencia a algunos sistemas de imágenes, me vi sorprendido en las páginas poéticas de Elogio de la sombra (1969), el cual me convence —o me vence— para continuar con un último libro de poemas, El oro de los tigres (1972). Las cuatro obras son tan distintas en su propuesta poética como semejantes. Pareciera que me contradigo de contradicciones, que veo en el libro lo que no veo, que digo algo que nada dice. Habrá que leer para creer.

Ya había explorado la narrativa de Borges: algunos relatos incluidos en El Aleph (1949) y otros en Ficciones (1956) formaban parte de mi experiencia como lector de autores hispanos, mis favoritos.

Sin embargo, mis intereses personales y mi práctica más recurrente en cuanto a creación literaria me condujeron a la poesía. Borges tiene, al igual que otros poetas, reincidencia en algunas palabras; es decir, elementos de uso frecuente en las páginas de los cuatro libros inicialmente mencionados, tales como sombra, noche, laberinto, espada, tiempo, luna, reflejo, sueño, entre otros elementos.

Estas reflexiones giran en torno al espejo —o a los espejos, dicho de una manera más precisa: en la obra borgiana hay espejos múltiples por disímiles. El autor encuentra diversas simbologías en la figura común del espejo.

En El hacedor, Borges —o dicho mejor, la voz poética— habla no del espejo en su carácter singular, sino de los espejos:

“Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos” (192)

Por un lado, la aversión contundente y explícita hacia los espejos, como propósito firme de negar la imagen que se devuelve. Por otro, la representación visual del reflejo —ambas palabras relacionadas por su rima consonante en casi todos los poemas incluidos en los cuatro libros—, aquella multiplicación de imágenes tangibles que habitan el espacio real, la prolongación-repetición de personas y objetos del universo. En otras palabras, el espejo es la duplicación de las entidades reales. En el mismo poema dice:

“ese rostro que mira y es mirado” (192)

El espejo es el objeto que el ser humano ve y en el que se ve. El hombre se asoma al espejo y ve el reflejo de aquél que es: se concibe como elemento concreto que le da identidad y forma en el espacio que ocupa en el universo. Aquí la definición de la identidad juega un papel prominente. ¿Quiénes somos? ¿Qué materia milagrosa nos compone? ¿Hay algo más debajo de la piel que nos ilumine dentro de la iluminación? ¿De qué manera miramos y nos miran? Una serie de interrogantes que nos asaltan después de leer el fragmento anterior. Más adelante, en el mismo poema, la voz poética dice:

“Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro.” (193)

En esta declaración se afirma que no se está completamente solo, sino que hay alguien más en la habitación que concede compañía. Aun con el padecimiento de la ausencia física, hay presencia, y esta presencia se denuncia en la superficie plana del espejo. Aunque al inicio de este poema se declara el “horror de los espejos”, es posible observar que en el entorno físico la soledad no existe, que el reflejo devuelve la figura de aquél que acompaña nuestros pasos de manera permanente. En el espejo hay otro: la fiel repetición de un elemento real. Algo similar se presenta en otro poema, pero en éste la persona reflejada no es quien habla, sino alguien más:

“aquella otra dama del espejo” (195)

El espejo es el conducto, el canal de transportación visual, para encontrarse con la persona que se es. Tal vez, la persona que no se es. Es decir, otra. En el poema “Susana Soca”, la mujer se asoma al espejo y encuentra a otra que no es, pero que tiene semejanza con aquélla que se posiciona frente al cristal de la duplicación. El espejo no sólo devuelve la imagen de la persona que se mira en él, sino que puede devolver la imagen de otra persona distinta. En otro poema, el espejo no devuelve la imagen del mismo ni del otro, sino la imagen de nadie:

“Alabada sea la infinita
urdimbre de los efectos y de las causas
que antes de mostrarme el espejo
en que no veré a nadie o veré a otro
me concede esta pura contemplación” (217)

La contemplación es un estado de observación concreta y detenida donde quien contempla aprehende los elementos visibles del objeto contemplado. El espejo también simboliza la posibilidad de que alguien que es no sea: el espejo no muestra a nadie; y si muestra a alguien, muestra a otro, a alguien distinto, a una entidad destinada a la contemplación. El estado anímico de quien contempla, su experiencia de vida, el fracaso o la decepción, pueden ser causantes de la ausencia de identidad; inclusive, ausencia de cuerpo físico. La posibilidad radica en no ser o ser otro distinto al que se contempla en el reflejo. En otro poema, Borges vuelve a la duplicación:

“sobre esa piedra gris que se duplica
continuamente en el borroso espejo” (219)

El espejo es la representación viva de la duplicación, la prueba fehaciente de la repetición concreta de imágenes. Aunque en ciertos textos el espejo no devuelve el reflejo de nada ni de nadie, en otros devuelve la réplica exacta de aquél que se enfrenta a su superficie. El vocablo “borroso” declara, sin embargo, que la imagen devuelta no tiene la nitidez del elemento duplicado. En otras palabras, la identidad de las cosas y las personas se ubica en un punto intermedio entre la realidad y la irrealidad, el cuerpo y el no-cuerpo. En el siguiente fragmento, la réplica es fiel y exacta:

“¿Por qué duplicas, misterioso hermano,
el menor movimiento de mi mano? (510)

En el poema “Al espejo”, Borges lo personifica y reincide en la duplicación del elemento real con aquel elemento delineado en el reflejo, en la repetición de rostros y movimientos. La expresión “menor movimiento” alude a la nitidez reflejada, a la duplicación absoluta de aquel elemento que se ubica frente al espejo, en este caso la mano. En el siguiente texto, la voz poética dice:

“A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara” (221)

El espejo es también un detallado escaparate hacia otra dimensión que nos deja ver al otro yo que nos puebla, al alter ego. Aunque el espejo duplica el cuerpo de manera exacta, es posible que exista diferencia en pensamiento o en acción. En este fragmento, se establece una dualidad entre arte-hombre, paralelismo que —elementos, por naturaleza convergentes, pero distintos entre sí— puede mostrar la correspondencia entre un elemento y otro. Los seres humanos recurrimos al espejo con cierta frecuencia para encontrar las respuestas que desconocemos; en otras palabras, el espejo es una herramienta para conocernos y reconocernos, para construir un puente sólido de diálogo con nosotros mismos. También puede tener una función no deseada en ciertos momentos:

“En vano quiero distraerme del cuerpo
y del desvelo de un espejo incesante” (237)

El espejo puede ser un vigilante nocturno. En el insomnio que padece, el hombre ve al espejo sobre la pared como un constante persecutor, espía que persigue al hombre para enfrentarlo, conciencia que lo acecha como una manifestación estatuaria del alter ego. Mientras que puede ser una herramienta para establecer diálogo consigo mismo, otras veces puede ser compañía indeseada, no requerida, dado el estado anímico de la persona que padece insomnio. En otro poema encontramos:

“Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano” (257)

En este fragmento, el espejo es el símbolo humano de quien aguarda el regreso de otro que nunca regresará, espacio vacío que espera la llegada de alguien que ya no es alguien, sino nadie. La ausencia de personas que antes fueron presencia, la soledad que nos queda después del despojo definitivo —llámesele ruptura, abandono o muerte— se acentúa al momento de asomarnos al espejo y ver la soledad que nos acompaña de manera permanente como una sombra detrás de nosotros. Pero, ¿qué hay detrás de los espejos?:

“Como del otro lado del espejo
se entregó solitario a su complejo
destino de inventor de pesadillas” (290)

Al hacer alusión al reverso del espejo, la voz poética se refiere a la oscuridad que mancha todo son su ceguera crónica, a la soledad del individuo que es más individuo que nunca, al no-reflejo que simboliza ausencia, extinción, vacío. Mientras el espejo duplica imágenes, repite elementos (aunque en dirección opuesta), el lado posterior representa la contraparte de estos conceptos. Si en algunas ocasiones, el espejo devuelve soledad, el reverso no es otra cosa más que la soledad misma, la oscuridad permanente en la que se ahoga esa soledad. En otro texto, la voz poética dice:

“Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.” (305)

El espejo es aquí una ventana abierta a la perpetuidad, a la repetición infinita de los objetos y las personas que se reflejan en su superficie. Además, no sólo se habla de un reflejo, sino de múltiples, dada la evolución constante que dicta sobre las personas el tiempo. El transcurso paulatino de los momentos queda grabado en la superficie de los espejos. Lo avalan los rostros diversos que permanecen en la memoria de aquél que vio el reflejo de la imagen amada. Otro texto propone:

“ese reflejo
de sueños en el sueño de otro espejo” (308)

El juego de palabras es un recurso altamente ingenioso en este fragmento. Las palabras son materia dúctil que el poeta modela para crear y recrear conceptos e ideas, pretextos para reconocerse en su impacto lingüístico, movimientos sintácticos trazados con el propósito de presentar la singularidad del poema. El sueño es la manifestación intangible del subconsciente, la vibración temporal que se expande en el cerebro cuando el cuerpo descansa. El espejo no es sólo repetición, sino repetición de la repetición. En el espejo se muestra el reflejo del reflejo. En el siguiente fragmento, la voz poética dice:

“pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra
y que el día deforma en sus espejos” (318)

En el poema “El sueño”, incluido en El otro, el mismo, se habla de los espejos del día. Aquí el espejo se emparienta con la naturaleza de la luz, la luminosidad que llega con la aparición del sol. El día nos muestra una serie de reflejos que terminan con aquéllos creados por las sombras de la noche. La noche también reúne sus espejos. El ciclo día-noche donde ésta es vencida por la luz que llega con aquél. El sueño termina asimismo con la luminosidad de los espejos que se manifiestan durante el día. Luego, en otro poema incluido en el libro Elogio de la sombra, dice:

“creyéndolas de un hombre, no espejos
oscuros del Espíritu” (355)

El espejo abandona su luminosidad natural para representar con su oscuridad atípica la maldad del hombre. Se apagan los reflejos luminosos que se engendran con el día y quedan los reflejos oscuros que desembocan en la sombra. Los espejos oscuros designan conductas varias en el hombre: el recelo, la envidia, el odio, entre otros elementos relacionados con la maldad y otros vicios humanos. Los espejos oscuros existen, según la perspectiva del poeta, y éstos se relacionan con la conducta humana negativa. Más adelante, en el soneto “Ricardo Güiraldes”, el poeta dice:

“Como en el puro sueño de un espejo
(tú eres la realidad, yo su reflejo)” (366)

La voz poética habla de él —de Güiraldes— al principio del poema; y luego, con él, hacia el final. De este diálogo directo entre escritor-escritor, creado dentro del texto, Borges se presenta a sí mismo como el reflejo y relaciona a Güiraldes con el espejo. En otras palabras, Jorge Luis Borges exalta a Ricardo Güiraldes como paradigma para su desempeño literario. Muchos escritores hablan en su obra literaria de aquéllos a quienes admiran, aquéllos que de alguna u otra manera han influenciado las letras del escritor cronológicamente posterior. En otro poema dice:

“En este libro estás, que es el espejo
de cada rostro que sobre él se inclina” (374)

Aquí se relaciona al lector con el libro a través del paralelismo, al lector que —al leer— encuentra en las páginas a otras personas semejantes a él. Como un espejo, el libro presenta el rostro de aquél que lo lee. En un libro se presenta la visión individual del autor, pero es frecuente que el lector se identifique con las vivencias y visiones personales de otros. Ahí la universalidad del libro que se relaciona con el espejo. En otro poema se aprecia:

“El ilusorio ayer es un recinto
de figuras inmóviles de cera
o de reminiscencias literarias
que el tiempo irá perdiendo en sus espejos” (463)

Para Borges, el tiempo es una entidad llena de espejos, y cada uno de ellos, diversas etapas del pasado. En este poema, los espejos son los diversos rostros de las horas y los minutos. Acerca de ellos, es posible reflexionar en las etapas pretéritas de una vida humana. El tiempo tiene sus peldaños, sus eslabones, y en cada uno de ellos, se presentan rostros conocidos, miradas vistas alguna vez, cuerpos de personas que forman parte concreta de cierto punto en el pasado. Pero el ayer es ilusorio; poco a poco las imágenes se irán perdiendo en los espejos del tiempo. El poeta insiste en la propuesta de un libro anterior:

“El espejo que no repite a nadie
cuando la casa se ha quedado sola” (481)

Mientras que en algunos poemas el espejo es símbolo indiscutible de repetición, de duplicación de objetos y personas, en otros —como en el poema “Cosas” del libro El oro de los tigres— el espejo es la vaciedad, la no-repetición. Cuando la casa queda sola, sin cuerpos deambulando por los espacios disponibles, el espejo no tiene a nadie que repetir. Desde luego, están los objetos, pero en este caso particular la soledad infiere la ausencia de personas, no de objetos ni de mobiliario ni de colores. ¿Qué es un espejo que no refleja a las personas? ¿Qué, uno que no refleja el movimiento? Después, en otro poema, dice:

“El espejo inventivo de los sueños” (490)

El espejo es también un espacio en el cual se refleja el mundo enigmático de los sueños, esos paréntesis nocturnos de quietud donde el cuerpo muere durante un tercio del día. En su superficie (la del espejo) se refleja el cosmos que sólo puede ser concebido en las ventanas múltiples de los sueños. El sueño se inunda con los aromas y el vaho de la irrealidad, de los objetos y las personas no tangibles que abundan en burbujas creadas por el subconsciente. El sueño es un espejo creado por el subconsciente durante la muerte momentánea del hombre. La voz poética dice en otro texto:

“El rostro que el espejo le devuelve
guarda el aplomo que antes era suyo” (500)

Otra posibilidad en la simbología del espejo es una ventana de imágenes ilusorias que se le presentan al entendimiento humano. Cuando el hombre se acerca al espejo, la imagen devuelta puede ser una de tiempos pasados, de juventud ida y de instantes mejores. El hombre ve lo que quiere ver al asomarse al espejo, pero el espejo contribuye a presentar una imagen que no es, sino que fue; ahí la ilusión creada por el pensamiento del hombre y por la ilusión temporal de los espejos. En un texto más, la voz poética dice:

“Símbolo de una noche que fue mía,
sea tu vago espejo esta elegía” (513)

La vaguedad es símbolo de vaciedad, de desocupación. El adjetivo “vago” atribuido a la figura del espejo le adjudica una relación absoluta con la vacancia, con la ausencia dentro de la memoria, con la contraparte del recuerdo; es decir, el olvido. La vaguedad del espejo es una partícula diminuta de lo que ya no es, la sequedad que permanece en la quietud de una copa vacía. Aquí el espejo simboliza, no sólo lo que fue, sino lo que queda de lo que fue; es decir, la vaciedad.

En El hacedor; El otro, el mismo; Elogio de la sombra y El oro de los tigres, Jorge Luis Borges frecuenta la figura enigmática del espejo para simbolizar las múltiples connotaciones que presenta el objeto, los diversos significados que le atribuye desde su personal forma de entender la realidad caótica que lo circunda. Un mundo de simbolismo, de significados complejos que se concatenan con la percepción humana, sin duda, una manera efectiva de conocer más, no sólo al escritor que enaltece las letras hispanas, sino al hombre extraordinario que percibe y siente lo que tantos otros hombres.


Bibliografía
Borges, Jorge Luis. Obras completas II. EMECÉ Editores España, 1996.

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