sábado, 26 de febrero de 2011

El Rito de Anthony Hopkins


Sin ser un experto en cinematografía, me atrevo a hablar de Anthony Hopkins, uno de los más destacados actores británicos. En mi juicio, el mejor, porque la verdad es que no conozco muchos otros. Pero he visto muchas películas a lo largo y ancho de mis cuarenta y cuatro, y estoy convencido que este hombre es un actor de primer nivel.

Lo vi por primera vez como Hannibal Lecter en la película The silence of the lambs, en 1991. Ahora sé que su carrera como actor se inició veintitrés años atrás, en 1968. En la película de aquel hombre-caníbal, Hopkins obtuvo el mayor reconocimiento de la academia norteamericana como mejor actor, al lado de la excelente actriz Jodie Foster. A pesar de ser un asesino, el personaje de Hannibal Lecter atrapó mi atención y mi entendimiento dio origen a un sentimiento de empatía ante las razones que lo llevaron a ser quien era. Los seres humanos somos producto de quienes nos rodean.

Más tarde, en 1997, lo vi en la película Amistad, una historia sobre la comercialización humana para someter al africano a la esclavitud en América. Hopkins entonces tuvo un papel menor donde no pudo desplazarse como lo hizo en aquella ocasión de The silence of the lambs.

Al siguiente año, en 1998, lo vi en The mask of Zorro, donde interpretó a este personaje, benefactor del pueblo. Ese mismo año lo vi en la película Meet Joe Black, al lado de Claire Forlani y Brad Pitt, donde interpreta el personaje de William (Bill) Parrish. En esta película, sin ser una de las mejores del año, Hopkins tiene un desempeño actoral extraordinario como un hombre que sabe que pronto morirá y tendrá que despedirse de su familia, en especial, de su hija Susan (Forlani). Aquí el talento histriónico del actor es destacado y la película pasa a ser una de mis favoritas con permanencia fija.

En 2001 tuve el privilegio de volver a ver al Dr. Lecter en Hannibal. Sabiendo que podría volver a encontrármelo en el cine, compré el libro de Thomas Harris y lo leí antes de la versión fílmica. Cuando anunciaron el estreno de la película, me encontré con una historia conocida pero actuada con la vocación de este actor extraordinario. Esta ocasión vi a un Dr. Lecter más compasivo, enfermizamente enamorado de Clarice Starling, interpretada por la hermosa y talentosa actriz Julianne Moore.

En 2002 lo vi una vez más en Red Dragon. Con una intervención menor en tiempo de pantalla, Hannibal siguió acaparando mi atención por encima de Will Graham, personaje interpretado por Edward Norton. Aquí Hannibal Lecter está, dentro de su violencia y actitud humana terribles, más interesado en colaborar con el cuerpo policiaco para detener al asesino serial de familias completas.

En The wolfman, cuyo estreno fue en 2008, Anthony Hopkins interpreta a Sir John Talbot. Su actuación es destacada, al igual que la del protagonista Benicio Del Toro, en esta historia clásica de la literatura.

Ahora, The rite (Juay De Rito, según Joaquín López Dóriga) está en la pantalla grande. Estoy esperando a que den las ocho de la noche para ir a la sala a lo que, con certeza, será otra oportunidad para disfrutar de una buena historia y una extraordinaria actuación.

Imagen: collider.com

lunes, 14 de febrero de 2011

Los amigos


Los amigos son para celebrar a Dios,
para renovarse en trayectos del mundo,
puntos equidistantes al ojo del mediodía,
bipartismo indisoluble de idea y cadencia,
jaguares en dominio histórico de la selva
en playas mitológicas de la isla de Calipso.
Y en una tarde de nostalgia,
un abrazo de confianza entre árboles,
varios sorbos de aire húmedo
para recrearse en gravitación de gaviotas.
El aroma de poemas al agua se invoca
ante el contacto benéfico de las manos.
Y pueden disiparse versos hambrientos
en los renglones ásperos de la crónica,
pero la noción de hallarse ante el espejo
dibuja teoremas que engrandecen al sol.

De Cosmogonía de la palabra (ALJA, 2008)

jueves, 3 de febrero de 2011

Compadre


(Imagen: Un pedazo de cielo, Ramiro Rodríguez)

I

Con su callada tristeza
cerró sus ojos, compadre,
como una estrella apagada
en el rostro de la tarde.
Mientras el sueño se fija
en las hojas de los árboles,
nosotros quedamos mudos
en el vientre de los mares.
Con su sencilla hermosura
cerró sus labios, compadre,
como una guitarra limpia
en las palabras del aire.
Ella duerme en los arroyos,
en las alas de las aves,
en los acordes desnudos
de sonidos musicales.
Con su silencio de diosas
cerró la puerta, compadre,
en la mudanza del cuerpo
cuando duermen las deidades.
El aroma de las nueces
permanece en los rituales,
como una huella profunda
en los mitos de la carne.


II

Nada más es de decirse
que acostumbrarse, compadre,
para no romper su vuelo
hacia mejores lugares.
Será su aliento el aliento
para consumar los planes,
la energía que transforma
las calladas soledades.
¿Quién prefiere confundirse
con las lenguas de los mártires,
si el corazón nos conmueve
para llenarnos de aves?
¿Quién prefiere corromperse,
de recuerdos olvidarse,
si al recordar vive el hombre
con la intensidad del aire?
El recuerdo es otro modo
de seguir siendo, compadre,
es de hablarse otra manera,
otra acción de resguardarse.
El amor es para siempre
cuando los ojos renacen,
cuando las palabras quedan
en la piel como tatuajes.
En la sangre se concentra
el aliento que nos hace
continuar por los caminos
en los labios del instante.

De Poemas a propósito (ALJA, 2012)