viernes, 22 de abril de 2011

Elvira amanece


"Elvira poseída, tocada por el arcángel de la poesía"
Alfredo Ávalos

Elvira, la mujer que pide a Dios,
la que canta, la que se esconde entre las ramas,
la que amanece dispersa
en las notas musicales del viento,
cierra los ojos, se estremece, estremece,
Elvira que mueve y me conmueve.

Rodeada por los dioses de la música,
Elvira se confunde con la noche.

Así aquella noche, Elvira amanece,
cierra sus ojos, se oculta, luego aparece,
Elvira la noche, la luna que duerme,
las manos piadosas, las uñas,
palabras vibrantes que se enredan en los cuerpos,
aquella noche, por Dios, amanece Elvira.

De El ritual de la tierra (ALJA, 2012)

domingo, 17 de abril de 2011

Somos inocentes


Nos declaramos inocentes. Colocamos nuestros índices en posición horizontal para despojarnos de la inmundicia que cubre nuestros actos. Los errores se agolpan en la sangre con el nerviosismo lógico del agua que hierve y nos hacen alzar el brazo para culpar al que pasa frente a nuestros ojos. Somos débiles para encarar la ira de nuestros temores. 

Víctimas siempre; jamás victimarios. Los mexicanos nos asomamos en el espejo turbio de nuestras acciones para encontrar el origen falso de los errores. Concluimos que somos la unción de la inocencia sobre la frente. Si tropezamos y caemos con toda nuestra humanidad sobre la tierra, la culpa es de la piedra. Si bebemos una taza de café y nos quemamos la lengua, es culpa de quien lo sirve. Si nuestro país naufraga en las aguas turbias de la violencia, la culpa es del país vecino. Nos dispersamos en la traición por el estigma de la Malinche, dicen algunos. Los espejos muestran lo que el ciego no contempla.

Los siglos no denuncian lo contrario. Desde tiempos remotos disculpamos nuestros errores con alevosía en la figura de los otros. La inocencia nos abandera. Caminamos con el pendón que nos transforma en mártires y surcamos las calles de ciudades abstractas, buscando la compasión ajena, convocando a la comprensión y la empatía colectiva. Las aberraciones no son iniciativa de quienes poblamos esta patria. Somos drogadictos por culpa de quienes expenden la droga, por distorsión conductual de quienes la cultivan.

Malos a causa de la maldad de otros. Nuestra ruindad se origina en la ebriedad de los dioses. Las malas acciones germinan, como semillas que prometen un fruto venenoso, en las imprecaciones de aquéllos que nos acosan, bajo la lengua de aquéllos que nos maldicen. Malos por alguna maldición que, sobre nuestra inocencia, pronuncia la noche.

¿Y si somos buenos? Es así por iniciativa propia. Jamás por la voluntad de otros. No culpamos ni a nuestros padres por nuestros aciertos. Las alas de ángel brotan en nuestras espaldas por méritos propios, por talento individual y habilidad extraordinaria. Somos imágenes únicas en el fondo de todos los espejos.

Por esto nos declaramos inocentes ante los ojos del mundo.


Imagen: Ramiro Rodríguez

viernes, 8 de abril de 2011

"No puedo amarte" Bécquer y la mujer ideal


Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) es tal vez el romántico más grande de la España del siglo XIX. De su libro Rimas (1871) he memorizado el poema XI de tanto leerlo, un poema en donde las características temáticas de la época están, inclusive, hasta en los intersticios de las palabras.

El romántico es un individuo muy individuo; es decir, aislado de los demás, incomprendido hasta por los de su propia casa, triste como una noche sin luna, melancólico hasta las lágrimas. El romántico se centra en su sentimiento, se concentra en las agujas de su "yo" interior, en su propio eje de simetría. Descubre que el mundo gira alrededor de su individualidad. Ahí la posible explicación de su destierro social voluntario. Bécquer es, en su poesía al menos, un hombre solitario como la generalidad de los románticos. Idealiza el amor, le atribuye características imposibles, lo busca donde sabe que no puede encontrarlo. Teniendo diversas opciones al alcance de sus manos, prefiere aquélla que se oculta como entidad transparente en los ramajes dispersos de la abstracción y la inexistencia.

“—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión;”

La mujer morena se abre como un fruto para desatar los caballos de la gula. Se ofrece con la calidez del cuerpo. Se materializa frente a los ojos del hombre. No es nada más una fuente constante de sensibilidad, una ebullición de inteligencia. También es carne; también, erotismo. Se manifiesta como una trampa sublime para tentar al pecador más desorbitado hasta hacerlo sucumbir en las dulces mareas, controladas por la intensidad con que se mueve la carne.

“de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas? —No es a ti, no.”

La primera mujer, la morena, no es sólo cuerpo: tiene alma, piensa, siente y propone la unificación de las cualidades para lograr la culminación exitosa de la pertenencia. Pero el hombre romántico no busca el ardor, no busca la sensualidad ni la piel morena que promete el aroma exquisito de la pasión. La respuesta es categórica: no es la mujer que él dibuja en las noches de bosques, de lluvia intensa y de lagos que guardan una luna invisible.

“—Mi frente es pálida; mis trenzas, de oro;
puedo brindarte dichas sin fin;”

Aparece luego esta mujer hermosa, de piel blanca y de cabello rubio; aquélla que, conociéndose, habla sobre sus capacidades amatorias para hacer feliz al hombre que la escucha sin escucharla.

“yo de ternura guardo un tesoro;
¿A mí me llamas? —No; no es a ti.”

Pero el hombre se muestra indiferente. Tampoco ella tiene los atributos extraordinarios que él busca para consumarse, para perpetuarse. Ni siquiera la ternura que puede ofrecerle la mujer que pasa mostrándole su pecho abierto es razón suficiente para asegurar su completitud. Otra vez el hombre romántico desdeña la posibilidad. No es ella a quien llama.

“Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;”

Hacia el final del poema aparece una mujer revestida de sueño, abstracta; de tan invisible, desnuda; aquélla que, siendo, no es; la que se desdibuja en los límites entre la claridad del alba y la agonía de la noche. Esta mujer es un imposible y, al ser imposible, no existe. Hay barcas tripuladas por fantasmas: barcas a la deriva.

“soy incorpórea, soy intangible;
no puedo amarte. —¡Oh, ven; ven tú!” *

El romántico confirma su voluntad en estos versos. Esta mujer no tiene estructura. No puede tocársele porque en pocas palabras no tiene cuerpo. Y por si fuera poco, no puede amar, debido a su presencia no física; es decir, a su ausencia. Pero el hombre romántico se alegra, se celebra en el gozo del imposible. Deja su indiferencia para implorarle que se presente; para consumarse, como entidad, en el sueño.

En la voz masculina del Poema XI, Gustavo Adolfo Bécquer representa al hombre romántico, aquél en quien el amor no se extiende abarcándolo todo, sino que se contrae hasta adquirir categoría de punto minúsculo en el espacio.

Imagen: Wikipedia
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* Bécquer, Gustavo Adolfo. Rimas y Leyendas. Editorial Alba. 2001, España. P. 34.

miércoles, 6 de abril de 2011

Las dos



Tía Queta es hermosa
Marla otro rostro de tía Queta
           otro vapor en la mirada
           bálsamo único

sencillas / suaves / transparentes 
las dos aquéllas 
las que esperan la llegada de la lluvia
inundación de aves

habitan las letras de mi nombre
diosas en el limbo de las palabras
                 hablan con los ojos
                 resucitan

Marla aquí / allá / en todas partes
Marla luna en la memoria
tía Queta mi madre / mi novia / mi amiga 
mi sombra / tía Queta mi tía

las dos aquí / en el espejo
las dos de vidrio en tierras del norte
         yo contando las letras
                       de sus nombres

para pensarlas sólo abrir los ojos
un parpadeo minúsculo / tocar el viento 
beberme la tarde

abrir el pecho para salirme / para pensarlas 
para pintar sonrisas abiertas
dispersión de almendras en sus miradas
                detrás de sus labios nieve

tía Queta es hermosa
Marla otro rostro de tía Queta

dulces / diáfanas / cristalinas
como el agua dulce de los ríos / dulce / dulce
las dos bajan de la Sierra Madre
                   follaje de árboles

las dos me habitan
como tatuajes húmedos en la tierra 
como polvo en el viento

De El ritual de la tierra (ALJA, 2012)