sábado, 26 de noviembre de 2011

El tiempo y sus connotaciones en Contra Reloj


El tiempo y sus connotaciones en Contra reloj de Graciela González Blackaller

Ya sean manecillas o arena, caminamos Contra reloj. Nuestros pasos se confunden entre los millones de sonidos que nos unen o que nos apartan en definitiva. Nos desplazamos por la vida con aquella necesidad de llegar a lugares desconocidos, con esa urgencia para tocar rostros que se disipan en cuanto sienten los surcos de nuestras huellas digitales. Nos emparentamos con el tiempo porque por nuestras venas corre la esencia de las cosas.
Releer Contra reloj es en poco —o mucho— esto que acabo de mencionar. Las imágenes literarias, instantáneas que alguna vez llegaron a mi entendimiento después de su lectura y que se ocultaron en los resquicios de la memoria, resurgen para estacionarse sobre mi mesa con el objeto de analizarlas y hablar sobre ellas, desmenuzarlas en ritual de reflexión, palparlas en el universo infinito de las posibilidades y reconocer la suavidad que las conforma.
Adela Graciela González Blackaller (1922-2011), originaria de Saltillo, Coahuila; tamaulipeca por devoción, publicó Contra reloj en 1989. Esta colección de poemas nos ofrece la oportunidad de conocer la perspectiva de la autora sobre el tiempo, tema no novedoso, pero tratado de una manera particular, emparentado con la estética literaria de éste y aquel tiempo, el de la retórica versal tradicionalista y la propuesta literaria contemporánea. Todos tenemos algo que decir en referencia al tiempo y la voz poética en este libro dice:
Por venganza
arrojé lejos el yugo del tiempo (pág. 1)
El tiempo puede ser enemigo implacable, oculto detrás de las cosas que nos circundan, entidad que se manifiesta con su simbología indeseada y esclaviza y empobrece y disminuye. En el poema “Contra reloj”, ella se deshace del reloj, aquel objeto que nos recuerda que somos temporales, breves en este espacio al que llegamos de manera súbita para sostener la trayectoria del tiempo. Aunque el reloj ya no está al alcance de los ojos, está el tiempo, sombra que nos acompaña a dondequiera que vamos. En el poema “El naranjero pasó” dice:
El tiempo que pasa es cómplice activo
y en sus alas lleva la loción que usabas (pág. 10)
Aquí el tiempo se materializa, cobra consistencia y visibilidad. Ya no es sólo aquel concepto de carácter intangible e inodoro que está con nosotros en todo momento mientras se vive. En este texto, el tiempo es “cómplice” de nuestras acciones y nuestros rumbos, tiene “alas” y es portador del aroma de alguien que debe ser importante para la voz poética. Muchas veces la sola idea puede evocar el olor y el sabor de las cosas. Basta recordárseles para hacer acto de presencia sin que exista la presencia misma. En el poema “¿Dónde estás?” dice:
El círculo se va reduciendo
concéntricamente (pág. 19)
En esta imagen, donde se habla de la reducción, se establece una analogía con el transcurso del tiempo. El poema presenta una propuesta temática en donde la presencia de una persona se agota al paso del tiempo, es decir, se llega a la ausencia y se le reconoce y se le palpa y se le asimila. Las ausencias condicionan el rumbo de nuestros pasos, la agilidad de nuestras acciones y el efecto de las palabras que pronunciamos. Es decir, las ausencias nos inundan de presencias nuevas que determinan la grandeza o pequeñez de nuestra humanidad. Más adelante, en el poema “Mañana” enuncia:
Mañana está bien. Ahora no,
                                      estoy cansada. (pág. 21)
Esta posposición de las acciones, esta postergación de los actos para darle paso a asuntos prioritarios. El cansancio que se sugiere en estos versos es el desgano que produce el aburrimiento, el hastío que vibra ante la mismidad y la reincidencia. El poema propone la ausencia del objeto amado, pero la voz poética no quiere caer en lo mismo: no quiere reincidir en el mismo tema. Recordar a alguien que fue —y que ya no es— puede ser un proceso de martirio y flagelación. El cuerpo y el alma no desean someterse a la lesión perpetua de pensar en lo que no se tiene. Aunque en el poema se le concede lugar protagónico a la evasión, la verdad es que el recuerdo de la persona ausente la desbanca por tener raíces profundas, cimientos que se alzaron con convicción y que son difíciles de derrumbar: la falacia neorromántica del no quiero que en realidad es quiero. En el poema “La sociedad acecha” la voz poética anuncia:
Es casi un hecho
que me suicide mañana,
hoy no puedo, (pág. 48)
Aquí también aparece esta convicción para posponer ciertos eventos, dado que hay prioridades. O este deseo de que haya prioridades ante asuntos cuyo trato es preferible posponer, dada la naturaleza emocional que le acompaña. Para qué sufrir hoy; mejor sufro mañana. En este poema, ella recurre al humorismo para señalar una serie de diligencias que deben de concluirse antes de recurrir a su propósito inicial. Ese humorismo se confunde con ironía, o viceversa, ya que en el cuerpo narrativo del texto poético así se observa. En el poema “Martes de octubre” señala:
Si a través de los años has sido
el matiz, la gota de rocío, (pág. 24)
El transcurso irreversible de los años, el desprendimiento constante y puntual de las hojas del calendario para indicar la fugacidad que nos cimbra, el matiz que somos, “la gota de rocío” que tiene breve humedad, mientras el sol lo permita. En este poema se habla sobre la brevedad, el lapso minúsculo entre aquello que fue y ya no es. También la brevedad que somos en este engranaje llamado vida. El poema es un culto a lo efímero, al suspiro que apenas termina y desaparece para siempre, dejando apenas memoria de lo que fue. En el poema “A otro nivel miro tu ausencia” la voz poética dice:
Escucho tu voz, pegada a mi oído
en la intangible anatomía
                            de lo eterno. (pág. 26)
La eternidad es el alargamiento del tiempo, el intenso deseo de darle perpetuidad a los actos. Aquí el tiempo ya no es símbolo y constancia de lo efímero, ya no es propuesta de fugacidad en los eventos ni en las palabras ni en los rostros, sino una alegoría cíclica de aquello que se conserva para siempre: la eternidad. El poema propone la completitud después de haber caminado por los senderos laberínticos de la vida, la correspondencia en el amor que rompe con las barreras que construyen los albañiles abstractos al servicio del tiempo. En el poema “Las seis de la tarde” declara:
Llueve,
voy penetrando al futuro
                         por la puerta
de los años perdidos (pág. 29)
La lluvia, elemento natural que nos transporta sin remedio a la elegía, simbología de lágrimas y elementos análogos. Mientras que en algunos giros retóricos de diversos textos literarios la lluvia simboliza la continuidad de la vida, en otros la lluvia es sinónimo de tristeza y de lamento, postura anímica de padecimiento interior. El poema alude a los recuerdos que lastiman de tanto recordarse. El recuerdo, espacio interior que nos trae rostros, contornos bien definidos, aromas concretos; el recuerdo, líquido que permanece y que sobrevive a ese transcurso paulatino del tiempo que se nos presenta en Contra reloj. En el poema “El beso”, la voz poética dice:
ya que después de ese beso
¡nunca seremos los mismos! (pág. 43)
Las acciones humanas cambian el rumbo de los pasos, la dirección de las palabras y la línea constante de las decisiones. Un beso puede lograr que las direcciones se encuentren o se desencuentren, que se navegue en el mismo sentido o en sentidos opuestos. En este poema, el beso de la persona amada prolonga los instantes del encuentro; es decir, alarga su consistencia natural y su vértigo, fortalece su rumbo fijo y sus raíces. Más adelante, en el poema “La sociedad acecha” puede leerse:
y darle cuerda al reloj
que me regaló mi abuelo. (pág. 49)
El reloj, mecanismo que determina nuestras actividades de manera rigurosa. El reloj, objeto que debe continuar su marcha puntual para ser quienes somos. Este reloj del texto necesita el impulso humano para que no se detenga y se atrofie la lectura exacta del tiempo. De este modo nosotros necesitamos del impulso humano para continuar viviendo, para que la respiración continúe con su ritmo habitual. La voz poética establece esta analogía entre el reloj y la persona, indicando que ambos elementos requieren del estímulo de otros para continuar con la encomienda en los senderos múltiples de la vida. En el poema “Veinte siglos de amor y una canción desesperada”, título que nos lleva de inmediato a los nombres de Alfonsina Storni (1) y Pablo Neruda (2), la voz poética dice:
Veinte siglos de amor; veinte siglos de voces
que apagadas están, (pág. 63)
Las voces se apagan al transcurso de los años, se atenúa la sonoridad —aunque nunca se llega al olvido— ya que el recuerdo prevalece intacto. La imagen hiperbólica de los “Veinte siglos” muestra la devoción por aquello que perdura, las convicciones individuales que prevalecen en los actos y que superan las barreras del tiempo. La brevedad ya no es aquí una constante. Ahora la constante es la perdurabilidad de los acontecimientos.
Graciela González Blackaller nos ofrece un acercamiento concreto, casi tangible, a las diversas connotaciones del tiempo, un atisbo meticuloso a sus derivados, un contacto físico con sus insinuaciones. La percepción del tiempo en las vidas humanas no es el mismo. Mientras que para algunos el tiempo tiene cierta definición —dependiendo de la experiencia personal—, otros la perciben de manera distinta, aunque al final el efecto sea el mismo. Un tema que muchos poetas han tratado a lo largo de los siglos, pero que no deja de interesarnos dada su estrecha relación con nuestros actos.




(1) Alfonsina Storni es autora del poema “Veinte siglos”
(2) Pablo Neruda es autor del libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada.


Bibliografía:
González Blackaller, Graciela. Contra reloj (ITC) México, 1989.
Neruda, Pablo. Poesías selectas 1920-1952 (RODESA) España, 2001.
Storni, Alfonsina. Obra poética completa (SELA) Argentina, 1968.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Detente, sombra...

Comentario del Poema 165 (Soneto)
“Que contiene una fantasía contenta con amor decente”.


Catorce escaleras de ritmo en el umbral de la palabra, catorce escaleras de cadencia al momento de subirlas y bajarlas en el ajetreo eufónico de la lectura en voz alta. Luego once escalones en cada escalera, once huellas humanas que quedan para siempre como tatuajes en los resquicios laberínticos de la memoria. El soneto es una joya de la versificación española. Cuando se construye con perfección formal, con ingenio lingüístico, con aplomo sintáctico y la lírica explosión de la poesía, entonces se enfrenta uno con la verdadera obra de arte.

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) es la Décima Musa. Sin duda, la poeta de mayor importancia en la historia de las letras mexicanas. Entre romances, endechas, redondillas, décimas y otras formas métricas, destacan sus sonetos. Muchos de ellos, los más populares ahora y representativos del entonces barroco mexicano. Nacida un 12 de noviembre, hoy hace 360 años, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana sigue siendo el centro medular del arte literario mexicano.

Uno de sus sonetos más destacados, tal vez uno de los más leídos por la población escolar hispanoamericana y por los críticos severos del arte literario mexicano, el texto lírico número 165 con, más que un título, una conservadora explicación de su contenido, dice en su primer cuarteto:

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,

La sombra se emparienta con la noche, con aquella sensación de vaciedad que nos queda después de haber tenido un cuerpo ajeno vibrando entre brazos, junto al cuerpo propio. Sombra que esquiva presencias, sombra que se esconde entre muebles o relojes o arbustos, en búsqueda constante de un sitio para ser nada más que sombra. Esa sombra es hechizo, embrujo en el que el cuerpo se hunde para abandonarse en el naufragio. El hechizo, aunque enceguece, cumple con su propuesta de consumación y entrega. Dice luego la voz femenina en el resto del primer cuarteto:

bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

La ilusión de completitud invade a aquélla que arroja sus ojos a la sombra. La ilusión por la que se muere, aun en estado de plenitud. Pero esa ilusión es eso: ilusión, fantasía que nunca será realidad dada su naturaleza, ficción por la que se padece esterilidad en la vida. Hay fantasías que colman el espíritu, fantasías que sustituyen los horrores gráficos de la soledad y sus dientes de acero, fantasías que buscan las extremidades corpóreas para herir con locura hasta desangrar el cuerpo. En muchas personas, la ilusión puede ser motivo para entender la vida. Dice la voz femenina en el segundo cuarteto:

Si al imagen de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,

La mujer declara ser el soporte de aquél a quien ama, declara ser punto de apoyo para aquél que necesita no sentirse solo. El apoyo es genuino, total, absoluto, “obediente acero” donde el hombre puede encubrirse cuando desee encontrar esa cavidad donde resguardarse de flechas o espadas que intenten herirle, no el cuerpo, sino lo que está más allá y es susceptible de ser lastimado. Pero el reclamo lívido surge después con la intensidad del amor no correspondido, aquél que queda solo, desamparado, luego de haberle resguardado de la soledad y el desamparo:

¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Un dulce reclamo, en ningún momento violento. Reclamo donde la voz femenina se envuelve en la pesadumbre de sentirse no correspondida. La persona que ama espera universos nuevos de la persona amada. Las acciones propias de quien ama tienen un objetivo: encontrar correspondencia. Es común que se diga bajo sábanas húmedas que las acciones de quien ama son acciones desinteresadas, actos que no pretenden recibir a cambio abundante analogía. Ella ofrece su apoyo generoso con la esperanza de encontrar similitud cuando lo necesite. Dice la voz femenina en el primer terceto:

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:

Ella declara que aquél no debe sentirse seguro de haber logrado la imposición del pendón en la cima, en señal de conquista. El tirano es quien conquista, el que pone el pie sobre el cuello del conquistado como señal inequívoca de autoridad y poderío. El tirano es quien gobierna con la pestilencia inconfundible del cinismo, no sólo la tierra que posee mediante la fuerza, sino el cálido cuerpo que se postra a sus pies, disperso, vencido, como símbolo absoluto de sumisión. El último verso del primer terceto se une con el primero del último:

que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía

El engaño, propósito central de quien se sabe dominante, viene a ser segundo término en esta historia de amor no correspondido. “Forma fantástica” por ser fantasía, sombra sobre paredes intangibles, ilusión que define un rostro y luego se disipa, hechizo, ficción, como la misma voz femenina comenta en los versos anteriores a éste. Al final dice:

poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

Para ella es de menor importancia ser objeto de burla, proyecto a quien se le destina el engaño, partícula minúscula que se arroja al abandono, aunque todas las acciones duelan y postren y humillen. La mujer concluye diciendo que en su pensamiento, laberinto interno donde confluyen los aromas delicados del amor, él habita. Resulta benéfico el amor de la persona que ama sin encontrar alguna vez correspondencia. Su espíritu se engrandece, vive, se fortalece y triunfa, aunque no haya un espejo amplio que devuelva la imagen amorosa que se envía.

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Poema incluido en el Tomo I Lírica Personal Obras Completas de Sor Juana Inés de la Cruz (FCE, México, D. F., 1988). Página 287.

Imagen: Wikipedia

domingo, 6 de noviembre de 2011

La imagen de la no-metáfora


Las voces de principios del siglo XX se escuchan como murmullos lejanos, como bisbiseos desbocados, por el pasillo principal del ITEC Center en Brownsville, Texas. Alrededor de cien imágenes del Archivo Casasola son tatuajes temporales en las paredes del edificio de la Universidad de Texas en Brownsville. Ahí están las oficinas del Consulado de México en Brownsville, dirigidas por el Sr. Cónsul Rodolfo Quilantán Arenas, quien se dio al trabajo de organizar la exhibición parcial del acervo fotográfico de Agustín Víctor Casasola (1874-1938), uno de los fotógrafos documentalistas más importantes que ha dado México.

Las voces de la Revolución Mexicana, conjunción de tonalidades en blanco y negro, convergencia de rostros memorables y otros anónimos que han logrado permanecer a través de la lente profesional del fotógrafo, imágenes donde el tiempo pareciera nunca haber existido, como si aquellas figuras jamás hubieran sido cuerpos. Y sin embargo…


Imágenes que muestran el México de la clase alta, la de los profesionistas y la gente de poder económico. El México que muestra a sus personajes destacados en la ciudad de noche. Imágenes de campesinos y soldaderas, la humildad y la sencillez del pueblo, de nadadores y rostros que hoy son recordados en las páginas perpetuas de la crónica: Francisco I Madero, Emiliano Zapata, Pancho Villa, así como personajes singulares: Diego Rivera, Julio Antonio Mella, Tina Modotti, Amado Nervo, entre otros rostros del arte y la cultura.

La exposición estará disponible durante el mes de noviembre de 2011. Si tiene la oportunidad, no la desaproveche. No es frecuente regresarnos a un pasado, tal vez que muchos no vivimos, pero del cual somos herederos. La imagen desnuda, la imagen de la no-metáfora.

Imágenes: Archivo Casasola

martes, 1 de noviembre de 2011

Mis muertos


Cargo a mis muertos como flores rojas entre mis brazos, como burbuja que crece al paso vertiginoso de los años. Cargo a mis muertos con el sudor en mi frente como señal impuesta por Dios para caminar por las tierras del mundo.

Mis muertos son memoria en mis soledades, pan sobre la mesa cuando el hambre entra a mi cuerpo con su violencia de siglos, espejos donde me veo en algún futuro incierto, símbolos de compañía cuando el cansancio me vence por las noches.

Mis muertos tienen nombres múltiples, luminosos, sonoros como sonido de violines: María Socorro Martínez Garza, Luciano Rodríguez Rodríguez, Ramiro Rodríguez Martínez, Luciano Rodríguez Martínez, María del Socorro Rodríguez Martínez, María Garza Cisneros, Enrique Martínez Santana, Humberto Martínez Garza, Armando Martínez Garza, Héctor Martínez Garza, René Villarreal, Eleazar Benavides Guerra, Arturo Martínez Echazarreta, Cristina Indira Garza Rodríguez, Rosa Elva Paz Treviño.

Mis muertos son míos porque me cuestan un poco de mi vida conforme experimento su ausencia. Al morirse ellos, también se muere un poco uno. Algo de nosotros se llevan dentro de sus ataúdes. Algo escondido entre sus manos.

Mis muertos, en realidad, no están muertos: viven mientras vivo.