jueves, 12 de enero de 2012

Reencuentro



Reencontrarse es mirarse en el espejo y ver que hay gente que nunca se olvida, actos que navegan en aguas tranquilas, miradas y voces que siempre permanecen sobre la lengua, sin importar el transcurso vertiginoso de los años. El brillo de mis ojos se refleja en el brillo de otros, en palabras que se pronuncian con la sinceridad indiscutible de treinta años, en sonrisas y carcajadas que se fundan en una forma nueva de alegrarse por las cosas que nos entrega la vida en bandeja de oro.

Verse después de lluvias y sequías es abrirse en el vientre del sueño, empolvarse de memorias en paredes sensibles que rescatan rostros tatuados sobre piedra. Las miradas son las mismas, las palabras que abundan sobre la mesa, la celebración impostergable de la vida. Nos volvemos animales que guardan en su cerebro el camino correcto para regresar al origen. El génesis, el inicio de violines antes de abrir el telón, la inauguración de las personas que somos en un espacio por el que se transita sólo una vez  en este breve suspiro llamado universo. Ardemos como fuego en el momento de idealizarnos, en el instante de vernos desnudos a través de la palabra. La sinceridad es el fruto del amor que prevalece durante nuestro momento en la Tierra.

Los espejos que abundan dentro de nosotros nos muestran aquellos árboles que fuimos, los árboles que somos en este ambiente de pájaros e insectos volando sobre nueces y semillas. Sabemos que nuestros nombres permanecen para siempre en el recuerdo de otros, en páginas blancas que se tocaron durante la adolescencia y se llenaron de letras interminables. Somos la generación que se distingue por su consistencia de oro, la generación que traza caminos únicos bajo la vigilancia de los años.

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