Reencontrarse es
mirarse en el espejo y ver que hay gente que nunca se olvida, actos que navegan en
aguas tranquilas, miradas y voces que siempre permanecen sobre la lengua, sin
importar el transcurso vertiginoso de los años. El brillo de mis ojos se
refleja en el brillo de otros, en palabras que se pronuncian con la sinceridad indiscutible
de treinta años, en sonrisas y carcajadas que se fundan en una forma nueva de
alegrarse por las cosas que nos entrega la vida en bandeja de oro.
Verse después de
lluvias y sequías es abrirse en el vientre del sueño, empolvarse de memorias en
paredes sensibles que rescatan rostros tatuados sobre piedra. Las miradas son
las mismas, las palabras que abundan sobre la mesa, la celebración impostergable
de la vida. Nos volvemos animales que guardan en su cerebro el camino correcto para
regresar al origen. El génesis, el inicio de violines antes de abrir el telón, la inauguración de las personas que
somos en un espacio por el que se transita sólo una vez en este breve suspiro llamado universo.
Ardemos como fuego en el momento de idealizarnos, en el instante de vernos desnudos
a través de la palabra. La sinceridad es el fruto del amor que prevalece durante nuestro
momento en la Tierra.
Los espejos que
abundan dentro de nosotros nos muestran aquellos árboles que fuimos, los
árboles que somos en este ambiente de pájaros e insectos volando sobre nueces y
semillas. Sabemos que nuestros nombres permanecen para siempre en el recuerdo
de otros, en páginas blancas que se tocaron durante la adolescencia y se
llenaron de letras interminables. Somos la generación que se distingue por su
consistencia de oro, la generación que traza caminos únicos bajo la vigilancia de los
años.

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