martes, 31 de julio de 2012

Monólogo de Pepe el Romano


Por las calles empedradas de mi vieja España, como sombra que roba pasiones de mujeres enlutadas, ahogado de recuerdos en los ángulos de la memoria, erosionando relieves de culpas interiores, manifestaciones de flagelo, de esta predación en la casa de las Alba, arrastro la conciencia de años que plasman huellas infinitas en aras del suicidio.
Jamás mostré mi rostro de dioses a la maledicencia porque aún guardaba un poco de vergüenza. Jamás opté por la confrontación, por una guerra civil innecesaria, para enunciar la predilección de mis labios.
Pensé que la tradición favorecería mi condición de hombre, que la libertad para elegir —aun dos lunas cada noche— era mía. Pero jamás con la desgracia como premio a mi conducta, jamás con la muerte respirando a mis espaldas con su aliento putrefacto, jamás con la encomienda de partir el corazón, impío mi nombre, para arrojarlo como polvo en las lenguas del desierto.
No era tal mi ambición para encontrarme en la humedad de dos bocas, para escabullirme en palabras con diversas tonalidades.
El hombre no comprende la magnitud de sus errores hasta que una parvada de cuervos desciende para posarse sobre los techos de las casas.
El rumbo de los actos se definió una noche en que el lamento de la muerte merodeaba. Yo sólo quise encadenarme en la prisión estoica de una estrella luminosa llamada Adela, desenraizarme en su cabello abundante, castaño como sus ojos de gacela, incomprensible de laberintos únicos, ser sorprendido por el crepúsculo matutino a su lado, levantando los frutos de cosechas extraordinarias.
No, no era para mí la condecoración de su boca, no la suavidad en el fondo de sus brazos, no el calor inolvidable entre sus manos ni en los parajes de su cuerpo, no la piel quemándose como se queman los arbustos secos bajo el látigo iracundo de solares rayos.
Llegué a olvidarme de mi palabra dada al compromiso, a sepultar la voz de Angustias bajo la lápida de algún cementerio, a ignorar la existencia de sus labios en espera de mis dádivas.
El hombre puede olvidar las letras de su propio nombre cuando el calor del fuego se aloja dentro de su casa, sin permiso. Ah, la obsesión por despertar a la vida, la devoción por arar la tierra, la libertad de la conciencia para darle al amor entrada, la torpe decisión de nadar en un río de corrientes encontradas, sin cavilar en desenlaces que padecen aguas turbias.
Pero poco dura la clandestinidad de los actos, poco el tránsito del descaro hacia territorios prohibidos, poco la inmersión a la ceguera del descuido. El castigo desciende como fuego desde el cielo hasta los párpados, nos hunde en el fango absurdo de las malas decisiones, nos deja con las manos cubiertas de manchas como recordatorio constante del pecado.
Después de robarle besos bajo postigos de ventanas cómplices, de crear conciencia libertaria al pronunciar palabras de amor sin la mínima posibilidad de realización, Adela huyó a las sombras de puertas falsas, al escuchar en labios de Bernarda que mis palabras morían junto a mi cuerpo. Entró al túnel silencioso por donde huyen aquellos rostros a quienes se les seca cada gota de su sangre tras exponerla al fuego de la pasión y el desenfreno.
Pobre alondra de canto interrumpido, de alas rotas, herida de muerte ante las palabras terribles de su madre.
He aquí el fuego que atormenta mis manos sin ser cadáver, el infierno que me enreda en las ramas de un árbol negro y que me hacen evadir el rostro en todos los espejos.
Por las calles empedradas de mi vieja España, como sombra que roba pasiones de mujeres enlutadas, náufrago de recuerdos, espectro de contornos diluidos, arrastro una cruz de culpa hacia un calvario de polvo.

De Ventanas siderales (ALJA, 2013)

2 comentarios:

  1. Magistral!
    Ramiro:no cabe duda del narador-poeta que hay en ti, tienes una forma muy particular que invitar al lector a continuar navegando en tus lineas. Puedo decir que este es un monólogo-poético con mucha creatividad y sensibilidad.

    Saludos poeta.
    María G.

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  2. Gracias por su comentario, María G.
    Saludos.

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