lunes, 17 de diciembre de 2012

Violencia engendra violencia



“La oscuridad engendra la violencia,
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen”.
Rosario Castellanos

La violencia es una bestia enorme en las esquinas de las calles. Desplaza su cuerpo por las sombras —como sombra misma— con la insolencia que le otorga el anonimato. Multiplica sus sonidos con facilidad asombrosa, inundando el oído de personas entumecidas. Se desnuda para mostrarse ante la gente que pasa con un gesto de horror por el miedo a quedar como polvo sobre las calles. En ocasiones, se detiene cerca de los postes que encumbran un rayo de luz, en esquinas de calles desoladas y desiertas, en espera del paso tambaleante de algún incauto que sucumba en los laberintos de sus fauces. Y ataca y muerde y escupe y huye. Y uno siente la nostalgia de tiempos mejores en el pasado. Y uno no puede acostumbrarse al estropicio de los sentidos y de los actos porque no es lógico vivir con estas invasiones. 

Desde épocas antiguas, a la violencia se le reconoce por su habilidad para ocultarse entre matorrales, su destreza para mimetizarse en paisajes coloridos como si fuera el color de los colores, el rencor mayúsculo del rencor, la invisibilidad de la invisibilidad, perra callejera con su sexo hinchado para perpetuarse en los pantanos del fornicio y el desenfreno. 

Hoy, como nunca antes en las páginas de la historia, la violencia se despoja de su ropa para trazar figuras irreconocibles por las calles, geometría del absurdo que se delimita con polvo blanco. Exhibe su descarada desnudez con insistencia, provoca desconfianza en gente tranquila que se niega a celebrarse como en tiempos anteriores, cuando uno podía caminar por las aceras sin el temor de ser suculencia ante paladares perversos, cuando uno podía contar historias de horror entre amigos sin sentir la intensidad del horror mismo, por anteponerse la naturaleza de la ficción. Hoy nos asustamos con la sonoridad irrepetible de nuestras propias palabras, con nuestros propios cuentos manchados con la tinta de la duda. 

No hay marchas por la paz dirigidas por grandes líderes, ni justos reclamos, ni pliegos petitorios que contengan su trayectoria vertiginosa por las avenidas principales de las ciudades. No hay gobierno suficiente que extirpe su ordinariez ni le inculque buenos modales ni palabras exquisitas. No hay festivales literarios que aligeren el peso de la muerte porque muchos ciudadanos hemos sido alcanzados por la lengua venenosa que se esconde dentro de sus fauces: la violencia engendra violencia, bestia enorme que hace lo que hace para satisfacer sus instintos, para festejarse en su desequilibro, para quedar aletargada sobre palabras hediondas, manchadas con el sudor de entidades perversas. 

Imagen: Ramiro Rodríguez

No hay comentarios.:

Publicar un comentario