domingo, 24 de febrero de 2013

Gobierno, padres, magisterio


Amenecí pensando en aquel viejo libro de Español Uno de Idolina Moguel, uno de mis favoritos en la Escuela Secundaria General No. 1 Lic. y Gral. Juan José De la Garza, a la que asistí de 1978 a 1981. Recordé algunas de sus lecturas que, de tanto leerlas, las memoricé durante algún tiempo: "El terrible Marcos en la calle de San Fuego", "La olla rota", entre otras. Todavía hoy las recuerdo casi en su totalidad. Nuestros padres tenían que comprarnos esos libros para poder realizar nuestros estudios. Unos diez libros con un valor promedio de 120 pesos cada uno: Español, Matemáticas, Biología, Física, Química, Geografía, Historia, Civismo, Inglés y Educación Artística. Los estudiantes teníamos que cargar una mochila que pesaba un mundo, pero lo hacíamos sin que nos costara mayor trabajo que cargarlas, dándole el valor y la importancia invariable a cada uno de nuestros libros. 

Ahora las cosas son distintas. El gobierno les obsequia los libros a los estudiantes, hasta su dotación de cuadernos, mochilas y otros útiles escolares. Lo curioso, lo más triste del caso, es que la gran mayoría de los jóvenes no quiere leer ni escribir. La verdad es que muchos de ellos, en tercer año de secundaria, no saben ni siquiera leer ni escribir. Llevan sus mochilas casi vacías, con la única intención de que en el transporte colectivo se les cobre tarifa de estudiante. Por más que el profesor les insista para que lleven el libro de texto, se niegan a hacerlo, poniendo como pretexto cosas absurdas como la pérdida o el olvido, sin importarles quedarse fuera de la clase (que tal vez sea el objetivo de muchos de ellos) ni reprobar la asignatura. En la clase de español deben llevar un cuaderrnillo de composición literaria. Pero cuando hay composición por entregar, sólo de cinco a diez estudiantes, de treinta y cinco, lo entregan.

Más triste aún es que a los padres de familia no les interesa la situación que están viviendo sus muchachos. Si así fuera, estarían al pendiente de ellos asistiendo a las reuniones de entrega de calificaciones. A los estudiantes se les exige vestir de manera adecuada, con cierto corte de pelo, sin depilación de ceja ya no sólo en las muchachas sino también en los hombres, herencia de las modas musicales caribeñas. Luego comprendemos la realidad que viven cuando vemos a los padres con la presentación física que se les prohíbe a los estudiantes. Caramba, un cúmulo extenso de contradicciones y de inconsistencias que invaden a la educación. 

¿Y los culpables, según la sociedad y las instituciones? Los maestros, claro, sin ser mi propósito proyectarlos como procesión de mártires. ¿Así o más injusto el señalamiento? 

1 comentario:

  1. Muy cierto, la educación empieza por la casa, pero ahora dejan muy a la deriva a los hijos. Tengo 15 años y varios que iban conmigo en la secundaria ya no estudian o quedaron en escuelas que no les gustan, causando frustración y una cadena de cosas, que hasta dan ganas de llorar.

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