jueves, 1 de mayo de 2014

Espejos perfectos


Los hermanos son espejos perfectos que reflejan los rostros de mis padres; cada movimiento de sus labios, cada palabra que se gesta sobre sus lenguas, cada carcajada, muestran el origen del origen, trazan la sombra luminosa de aquellos cuerpos que prevalecen en los laberintos de la memoria.

Los hermanos vibran como polluelos de cenzontle, cantan las canciones que cantaron los labios de mis padres, unen el presente con los lazos espléndidos del pasado.

Sin temor a equivocarme, los hermanos abren sus brazos para proteger a ese que no aparece en el sepia de imágenes anteriores, a ese que existe pero no en el rectángulo de la fotografía, no en el pensamiento ni en la palabra.

La fusión de los nombres converge en nombres de dos deidades terrestres, dos cuerpos que se disipan como lluvia de septiembre en el vientre de la tierra. 

Los hermanos caminan por las calles de mis días cotidianos; cuando salgo de mi casa por las mañanas, cuando llego a mi trabajo, cuando hablo frente a un grupo de personas impacientes que esperan mis historias, ahí están ellos como células, tatuados sobre mis párpados, abiertos como campanas en iglesias, grafito amable en paredes de casas habitadas, follaje de árboles en el vientre del verano.

¿Cómo no percibir la presencia de mis padres? ¿Cómo pensar que los padres se ausentan cuando llega la hora de las despedidas?

Los hermanos —aunque todos mayores— son las sílabas de mis hijos, las gesticulaciones de mis padres, son mis dientes y mis dedos, mis neuronas, mi discurso. 

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