sábado, 6 de junio de 2015

Ruptura



Siempre fuimos dos palabras diferentes. 

A ella le gustaba la limonada en agua mineral; a mí, el café con crema y poco azúcar. Sin embargo, logramos adaptarnos uno al otro, sin mayor problema. Las diferencias enriquecieron hábitos, costumbres. Llegamos a la conclusión de que había más coincidencias que desacuerdos, más miradas a los ojos que discusiones. Habíamos encontrado un modo efectivo para conservar el matrimonio, no sólo por los hijos sino por la necesidad de reconocernos en el espejo de nuestros ojos.

Pero llegó, sin anunciarse, la demolición.

La amargura cercenó nuestras lenguas, clausuró párpados. Después de tantos años el aire se volvió más espeso; el agua, polvo. Cada vez fue más difícil tocarnos por las noches, desgastar los labios en un intento para aniquilar la sed natural del cuerpo. Empezamos a olvidar las letras de nuestros nombres, el color de los ojos, los puntos débiles de nuestra anatomía. La mismidad fue colocada en un altar prominente al momento de hundirnos en el sueño. El matrimonio es eso, un ciclo que termina, el perímetro de una circunferencia cuyo pi puede disparar su valor exacto para perder la cercanía de un extremo en relación con el otro.

Siempre fuimos dos palabras diferentes. Pero nunca se notaron tanto las diferencias como esa tarde en que nos despedimos uno del otro, para siempre.

De Estropicio interior (ALJA Ediciones, 2014)