domingo, 17 de enero de 2016

¿Franqueza o prudencia?


Las grandes muchedumbres guardan en sus entrañas la franqueza ostentosa de gente que navega de puerto en puerto, gente que alza en sus barcas notorios pendones de verdad disfrazada de saeta. Hay gente que detesta la mentira. Y para aniquilarla de su entorno la arroja a la picota del escarnio para que la gente pase y le escupa el rostro. Luego levanta la franqueza en el asta más alta, la eleva para indicar al resto del mundo aquello a lo que debe rendirse reverencia y pleitesía.

Hay gente cuya carta de presentación es la franqueza. Hablar con las palabras desnudas, aventarlas a la persona de manera directa, sin ligera variante en el rumbo hasta alcanzar su objetivo. Palabras exactas, palabras desnudas, aunque hieran la carne del receptor, aunque lastimen la piel y la conciencia de aquél que las recibe. Para la persona que habla con franqueza no es válido disfrazar las palabras; es innecesario revestirlas de prudencia para evitar la colocación del dedo en donde yacen las heridas de quien padece los errores o la incorrección. Las palabras se convierten en flechas envenenadas cuando hieren.

Una cosa es alzar el pendón de la franqueza como símbolo de conducta irreprochable. Otra, adoptar el pendón de la prudencia. Quien habla con la verdad, siempre observando la oportunidad de no dañar a quien recibe las palabras, es prudente. Quien habla con la verdad, sin importarle el efecto catastrófico en quien recibe el señalamiento, es franco. Existen maneras de comunicar las verdades, procedimientos respetuosos para informarle a alguien lo que deba informársele. Dicen que callar una verdad es mentirle a quien se le oculta. Pero, ¿con qué autoridad debe la persona determinar si otra debe o no conocer cierta información? Ahí el dilema.

Imagen: Ramiro Rodríguez

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