lunes, 18 de enero de 2016

La mierda y sus variantes


La primera vez que vi la escultura El Pensador de Auguste Rodin me pareció ridícula; estaba segura de que se hallaba sentado sobre el inodoro, concentrado en expulsar un vulgar mojón”.
Rosario Ferré, Las puertas del placer.

Desde la niñez, nuestros padres nos prohíben que hablemos de la “mierda” por ser una palabra insolente, majadera, escatológica. El uso de este vocablo, o cualquiera de sus sonoras variantes, es motivo suficiente para engendrar el reproche y, en casos muy extremos, el uso del cinturón del padre sobre las nalgas del pequeño. Pero a mayor prohibición, mayor el interés por pronunciarla: la palabra vedada. Si los hijos la dicen frente a los padres, éstos reaccionan como si implicara mancharse con ella la ropa y la conciencia.

Las variantes de “mierda” son muchas, aunque con algunas diferencias entre sí para acentuar características y definir modalidades, así como su impacto fonológico entre las muchedumbres. Términos admisibles por decentes pudieran ser: caca, popó, el dos; con una gota mayor de vulgaridad: mierda, cagada, miscua, cagarruta; términos formales y de uso científico: excremento, deyección, defecación, deposición, excreción, evacuación, detrito, materia fecal, heces fecales; variantes de acuerdo a su forma y presentación física: mojón, diarrea. En la voz del pueblo, al “mojón” también se le encuentra parentesco visual con el “tiburón” o “tiburoncillo”, de acuerdo al tamaño que lo caracteriza. A la “diarrea” también se le denomina “seguidillo”, “chorro”, “chorrillo” o “corre-que-te-alcanza”, en un afán por encontrarle analogía con sus manifestaciones o consecuencias.

Recuerdo que, durante mi infancia, escuchaba a la vecina del 19 gritarle a su hijo de tres años con todo el poder de su voz: “¡Juanito, ya te hiciste caca otra vez!”. Cuando me encontraba con Juanito en el patio o en la calle, dada la insistencia verbal de la madre para informarle no sólo al niño sino a todos los vecinos, el niño me parecía un mojón caminando de un lado hacia otro. Alguna vez, mi primo Arturo, de mi edad, me platicó que un autobús del transporte colectivo de su pueblo había hecho cagada a un perro por la esquina de su casa. Al no comprender el sentido de la frase con precisión, me imaginaba al desventurado perro saliendo por el tubo de escape del vehículo. Después me reía ante la imposibilidad del acontecimiento.

El idioma evoluciona al paso de los años. Nacen nuevas formas o variantes coloquiales para representar la crudeza del vocablo, de acuerdo a la educación de la familia. Es común escuchar que alguna mujer graciosa se disculpe entre personas con las que tiene confianza y les diga: “ahorita vengo, voy a po-polvearme (o a pi-pintarme)”, en vez de decirles: “voy a defecar” o “voy a cagar”, o lo que es más inverosímil “voy a expulsar algunos mojones”. No necesitamos ser tan específicos con la información que les proporcionamos a nuestros semejantes, según la sabia opinión de nuestros padres. No me imagino al Presidente de México ofreciendo esa disculpa en plena rueda de prensa o en una transmisión en vivo por cadena nacional; sería de mal gusto, según la sabia opinión de nuestros padres.

Entre amigotes o cuatachos es muy común el uso del verbo “cagar”, en vez de “defecar”. “No mames”, dirán ellos cuando se les ofrezca, como justificación por nuestra tardanza a la fiesta, la frase “llegué tarde porque me andaba defecando”. Así nacen expresiones metafóricas como “la cagaste, carnalito”, para indicar que alguien cometió un error terrible, tal vez irreparable o de muy difícil reparación; “la vives cagando”, frase que muestra reincidencia para tropezar con la misma piedra; “le dieron una cagada”, para señalar el reproche paterno o algún susto por su actitud pretenciosa. A veces, cuando cometemos grandes errores en donde involucramos la culpa de los amigos, o cuando el error y la torpeza se repiten una y otra vez dada la falta de prudencia, la gente con la que tenemos confianza nos dice “eres un caga palos”. Y de ahí la imagen no tan retórica “te pusieron como palo de gallinero” (todo cagado). Cuando alguien se ríe durante un tiempo prolongado, en referencia a una situación cómica o humorística, o cuando alguien recibe un susto tremendo como consecuencia de sus torpes acciones, se dice que “se cagó de risa (o de susto)”, según la ocasión. El regaño de los padres como consecuencia de malpensadas acciones, la reprimenda o la llamada de atención, origina entre amigos expresiones como “te cagaron tus padres”. O cuando alguien habla mal de otra persona, se dice que “le está tirando caca”. Por otra parte, el parecido físico entre madre e hija, padre e hijo, da pie a expresiones como “estás cagado a tu padre”.

En fin, algunas personas atenúan la estridencia de la palabra “mierda” y sus derivados, con expresiones graciosas o humorísticas que se utilizan para suavizar el lenguaje y evitar la caída en la bruma escatológica. Pero, a final de cuentas, todos cagamos: yo cago, tú cagas, caga el rico, caga el pobre, el indigente o la reina de Inglaterra, y hasta en baños públicos se aprecia la retórica poética de: 
     “Caga feliz,
     caga contento;
     pero, no chingues,
     cágate adentro”.


Imagen: caca.zoy.org

4 comentarios:

  1. Después de algunos intentos de liberarme de las manos férreas de los alemanes Alz y Heimer, logré mi cometido y recuerdo un verso vernáculo muy conocido en mi época de adolescente, que dice:

    Hay que cagar
    pero cagar con dulzura,
    porque cuando la cagada es dura
    todo se te va en pujar.

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    1. Ahí está otra manifestación (anti)poética del tema que nos ocupa. Saludos, Francisco.

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  2. Siempre la misma miercoles con distinto olor!

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    1. La misma miércoles de siempre, mi estimado Bob. Saludos.

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