viernes, 7 de octubre de 2016

De Pasión de Eneas


EN EL NOMBRE DE ENEAS
  
En el nombre de Eneas vuélvete viento,
cúbrete con alas que se extienden en la noche
y enciéndete de palabras en el fuego.

En el nombre de Eneas concédeme el vino,
sofócame en silencios para naufragar sin vuelta,
para confundir aliento con vaho.

En el nombre de Eneas no perturbes mis manos,
no me contemples con el descaro de la noche:
podrías verte partícula inolvidable.

En el nombre de Eneas denúnciate sin miedo
en los ojos verdes de la selva,
denúnciame con júbilo en espacios abiertos
y prolóngate en el cuerpo.


CUATRO ESLABONES

I

Tú enciendes mi lámpara, sólo tú en el verbo,
mi lámpara se enciende en la devoción,
tú que me encuentras disperso sobre la arena,
molusco agónico fuera del sueño.

Sólo tú en la memoria de los templos,
en la humedad de la lengua,
en raíces profundas de árboles centenarios,
tú en el nombre de los vientos.

Eres fuego de antorchas en playas dormidas,
llama del Cirio Pascual que se enciende siempre,
incendio épico de Roma.

Vienes del mito griego con desnudez de ave,
remontas tu cuerpo a las leyendas del Ramayana,
círculo de hierbas benéficas
en contubernio con bestias e insectos. 

Desciendes de dioses en las puertas de los siglos, 
diosa que llega al mundo de aguas romanas.

Surges como deidad de pirámides milenarias,
te cubres el rostro con el velo inconfundible
del cuerpo intacto.

En cambio yo, que te amo en los labios del aire,
yo, que me fragmento desde el origen,
yo, que me asombro en la concepción del hombre,
yo —tránsfuga de todos los criterios,
no sé si soy Adán, simbología bíblica del origen,
Héctor,  domador de caballos,
Eneas en playas solitarias —huyendo de Dido,
Ulises de Ítaca pensando en la tierra de su patria,
Rama buscando a Sita,
Caín con sangre entre sus manos.

No sé quién soy yo.
Después de tantos años navegando a la deriva,
no sé quién soy yo. —¿Quién soy yo?

Tal vez Eneas que te aguarda en vientos y nubes,
Eneas mi carne de piedra en primavera.


II

Barca que navega sin amenaza de tormenta,
mares que nos contienen en la sal de sus lenguas,
arena cálida en el centro de los años.

Aguas profundas de un mar mediterráneo,
abrazo interminable que rodea la isla de Calipso,
ligereza de sal en marea alta.

Cuando llueve,
cuando el mar inunda espacios de tierra seca,
cuando nuestros nombres se tiñen de estío,
navegamos huesos adentro,
nos protege el fuego de las pirámides de Egipto,
nos salvan del naufragio las deidades.

Somos inmunes a la insolencia,
repelemos el castigo inminente del diluvio,
arraigamos el aliento que se pulveriza
en rostros petrificados.

Nos llega una herencia de amor completo,
no la falacia de porciones ni partículas breves
ni fragmentos ni mitades.

No hay venganza de dioses dormidos
en habitaciones que absorben los espejos.


III

Desoíste la advertencia para evadir la sal,
olvidaste que Eneas también muere como criatura
en el reino creado por deidades abstractas.

No se cuentan estrellas en las lenguas del sol
ni se atrapan insectos con los párpados,
no se pronuncian palabras contra los dioses
para no herirles el ego ni el rostro.

Hojas que expiran en el ciclo anual de los ojos
—hojas que se deshidratan en la tierra—,
enmudecen su verdor para dar paso a otros aromas:
árboles viejos que se desnudan de follaje.

Lamentos que yacen en la dispersión,
sablazos que cimbran la estructura del verbo,
bisbiseos que se encadenan en la crónica,
alfombran calles vacías con golpes aletargados:
inicia un proceso de muerte prematura.

Sin queja, Eneas padece su condena a la palabra,
paga su pecado en la cruz después del homicidio.

No hay salvación para su culpa legendaria:
se vuelve dolencia, furia, asco, impertinencia.


IV

Tiempo de olvido: el olvido es el olvido
y el tiempo nunca vuelve a ser el mismo tiempo.
Mis ramas naufragan en el bálsamo del viento.

Eneas lapida su nombre sin ofrecerse tregua,
arroja sus cinco letras al oleaje,
se disipa su cuerpo en las lenguas del sol,
enmudece el fuego que se enciende de ocio
y se enceguece el mundo.

Es el umbral del invierno,
hielo que tritura lenguas en el vientre del mar,
hielo que extermina aromas en el cuerpo.

Las hojas —antes verdes— caen, caen, caen,
caen al suelo en lenta procesión,
pies que ya no celebran sus huellas en la arena,
olas inmóviles que se tatúan en la mirada,
trazos en el rostro febril del óleo.

No hay recuerdo en tierras sin contienda,
no memoria de palabras vivas en la perpetuidad,
no resquicio de luz que entre por ventanas abiertas,
no partícula minúscula de remembranza.

Hoy eres sombra que se pierde en la mañana,
silencio en rincones aislados de brillo,
hoy cadena perdida en caminos que se disipan:
pernoctación de mi inconsciencia.

 De Pasión de Eneas (ALJA, 2012) 

3 comentarios:

  1. Así llegó a la página en Facebook:

    "Ramiro. Quiero concretar que existe una conexión entre el valor de Eneas y la mujer. Quizás alguna conexión mítica o mística. Tú dices si he percibido algo similar al mensaje que intentas proyectar. Espero esté cerca.

    Sino de todas formas está interesante el concepto en que lo desarrollaste porque me hace pensar que pueden ser muchas cosas. Excelente Ramiro. ��"

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    Respuestas
    1. Pasión de Eneas alude al viaje de este héroe troyano rumbo a la fundación de Roma y su experiencia con Dido. No es un recuento de la historia sino una adaptación al yo contemporáneo. Gracias por la lectura y el comentario acertado, Mike.

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    2. Pasión de Eneas alude al viaje de este héroe troyano rumbo a la fundación de Roma y su experiencia con Dido. No es un recuento de la historia sino una adaptación al yo contemporáneo. Gracias por la lectura y el comentario acertado, Mike.

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