domingo, 3 de septiembre de 2017

Entre monjas y sacerdotes


Cuando entramos por aquel enorme portón metálico a la Casa de Retiros Espirituales, ya sabíamos las cosas que nos esperaban. Llegamos a Puente Grande en autobús, después de doce horas de camino. Hicimos un breve recorrido por el centro de Guadalajara. Comimos. Caminamos un poco para reactivar el sistema digestivo, entorpecido por el viaje. Cuando uno llega a cierta edad las cosas ya no son como antes; es decir, los años pesan; el cuerpo lo resiente. Llegamos cansados de ir sentados por tantas horas. Luego nos cansamos de caminar. Benditos los elegidos. Todo fuera por salir durante la Semana Santa, eso sí, con gastos pagados, a los ejercicios espirituales a los que nos mandaban cada año las Hermanas del Divino Pastor. El Colegio Don Bosco era buen lugar para ejercer la docencia. 

Me gustaba ser maestro de secundaria. Lo que no me gustaba mucho que digamos era que las religiosas quisieran que le entrara al sacerdocio. Administraban el sistema educativo de uno de los colegios más importantes de Matamoros. A mis veinticuatro años, soltero, todavía guardaban la esperanza de que aceptara el ejercicio sacerdotal. La hermana Isabel insistía, casi llegaba al borde de la súplica, para convencerme de ser, no sólo mentor en el aula, sino sacerdote. Muchas veces le dije que respetaba el sacerdocio pero que faltaba la vocación. Me gustaba ayudar al prójimo, orientar a los estudiantes, asistir a los servicios religiosos que ahí se ofrecían, pero así, como asistente. Nunca tuve interés para dirigir misas ni escuchar confesiones ni visitar a los enfermos. La hermana Isabel tenía persistencia, no terquedad, persistencia. A la terquedad se le relaciona con la obsesión y el impulso. Persistente. Comprobó que yo también tenía persistencia, tal vez terquedad, porque para mí sí era obsesión no ser sacerdote.

Me gustaban los retiros religiosos. Además de acercarme al objetivo —sacarme los demonios, al menos por unos días— tenía la oportunidad para establecer mejor comunicación con mis compañeros maestros. Las Hermanas del Divino Pastor sabían bien que el dinero invertido en esos ejercicios era eso, una inversión. Había cohesión en el cuerpo docente, resultado del afecto y la comunicación, la experiencia colectiva que podía experimentarse al acercarnos a la iglesia. 

Después de entrar a la Casa de Retiros Espirituales, nos dirigimos a unas pequeñas habitaciones donde sólo había una cama individual, una mesa y una silla. El edificio era como un hotel, pero sin lujos ni comodidades. Más bien, modesto. Dos hombres habían ido por nosotros a Guadalajara para llevarnos hasta Puente Grande. Me tocó una habitación junto a la de Abraham, en el edificio sur. A unos pasos más allá estaba el cubículo de Xavier y al final, el de César. Los tres eran profesores de historia. Yo era el único profesor de inglés. Abraham era evangelista, pero siempre fue respetuoso del catolicismo y las religiosas eras respetuosas de la religión de Abraham. Tanto, que a él se le invitó a un retiro católico. La verdad es que Abraham jamás habló mal del catolicismo, ni siquiera por ser maestro de historia. Decía que si le escarbábamos tantito a la historia de la iglesia católica saldría una bandada enorme de murciélagos. Fue lo más atrevido que le escuché. 

Había organización en la Casa de Retiros. Leímos el reglamento sobre la pared. Decía que las personas en retiro no debían hablar ni en voz alta ni en voz baja; sólo estaba permitida la meditación, el apartamiento. El silencio era factor importante para que la misión del retiro se cumpliera. Nuestro edificio era para uso exclusivo de los hombres. Las maestras ocuparon las habitaciones del edificio norte. Después de dejar la maleta, sacar la ropa para extenderla sobre la cama, fuimos a la Capilla de la Casa, donde se ofrecería la misa de bienvenida. Al salir de misa nos dirigimos al comedor para la cena. En el camino, apenas pudimos contener las carcajadas. Primero, la emoción de estar juntos en este momento. Luego, las anécdotas de Abraham. Nos recordó el momento frente al Parque Fundidora, cuando pasábamos por Monterrey. Después de leer el letrero que decía “Cocina”, Abraham preguntó, casi en secreto, que ahí qué cocinaban. Con risas ahogadas, recordé a Conchita preguntando por la enorme construcción en la entrada de Monterrey. Abraham le contestó que era el Parque Fundidora. “Y ahí, ¿qué funden?”, preguntó ella con la espontaneidad de siempre. “Focos”, le dijo con la seriedad del sacerdote que jamás sería.

Ya en el comedor, las profesoras venían con nosotros. Por hablar en voz alta, a Conchita le llamó la atención una religiosa que era una especie de prefecta en la Casa. Irma Laura, Xavier y César, supieron respetar las reglas que con certeza Conchita no había leído. Cenamos juntos, en silencio, con unas ganas de bromear que no podíamos ocultar con la mirada. Fuimos jovencitos de catorce o quince años, como nuestros alumnos en el Colegio Don Bosco de Matamoros.

Imagen: Youtube.

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